Hay hombres que entran en la historia por la puerta grande y otros que, después de haber ayudado a construirla, terminan ingresando por una puerta lateral, como si la posteridad necesitara esconderlos para que el relato derivara más limpio. Tomás Bobadilla y Briones pertenece a esa segunda categoría.
Su vida atraviesa buena parte de los episodios decisivos de nuestra formación republicana y, sin embargo, su nombre suele aparecer acompañado de una cautela que no siempre se aplica con igual severidad a otros protagonistas. Fue conservador, funcionario colonial, participante decisivo en la separación de Haití, primer presidente de la Junta Central Gubernativa y, más tarde, colaborador de la Anexión a España. Pero fue también, al final de su vida, un anciano que protestó contra otro proyecto anexionista. La historia suele ser así de incómoda.
Nacido en Neiba en 1785, según la fecha biográfica más difundida, Bobadilla perteneció a una generación anterior a la de Duarte. No recibió formación universitaria. Se educó en el oficio de escribano y en el contacto cotidiano con el derecho y la administración. Desde 1811 desempeñó diversos cargos públicos. Su universidad fueron los expedientes, los tribunales y los archivos: la escuela donde se aprende cómo funciona realmente un Estado.
Por eso no fue un revolucionario en el sentido en que lo fueron Duarte, Sánchez y Mella. No pensaba la política desde la utopía, sino desde la experiencia de un mundo que ya conocía. Había servido a administraciones diferentes y vio cambiar las banderas sin que desaparecieran las dificultades del país. Su inteligencia era política: observaba las fuerzas en pugna, calculaba posibilidades y buscaba alianzas.
Ahí se encuentra una raíz de su distancia con Duarte. Duarte imaginó la República antes de que existiera; Bobadilla quiso saber primero si aquella República podía sobrevivir. Para el fundador de La Trinitaria, la independencia era un proyecto de soberanía, libertad y conciencia nacional. Para Bobadilla, la cuestión era más áspera. Había que romper con Haití y después defender una comunidad pequeña, sin recursos suficientes ni un ejército organizado, frente a un vecino cuya fuerza militar no podía ignorarse. De ahí su inclinación hacia la protección extranjera y sus diferencias con los trinitarios.
La divergencia, sin embargo, no debe confundirse con indiferencia ante la causa separatista. En los meses que precedieron al 27 de febrero de 1844, Bobadilla aportó experiencia política, relaciones sociales, autoridad entre los conservadores y conocimiento de la administración. La separación fue una convergencia entre quienes habían concebido la independencia y quienes podían convertirla en una operación política viable.
Bobadilla fue uno de los principales artífices de esa convergencia. Su nombre aparece unido al Manifiesto del 16 de enero de 1844, documento fundamental de la separación. En 1847 declaró ante el Tribunado: «Yo fui el autor del manifiesto del 16 de enero». La historiografía ha recogido también otras atribuciones y ha señalado la participación de Francisco del Rosario Sánchez y otros protagonistas en la elaboración y difusión del documento. Más allá de la disputa por la autoría material, Bobadilla desempeñó un papel decisivo en la formulación política de la ruptura con Haití.
Proclamada la independencia, presidió la Junta Central Gubernativa desde el 1 de marzo de 1844. Pero la alianza comenzó pronto a resquebrajarse. Bobadilla favorecía la búsqueda de protección francesa y el proyecto de ceder la península y bahía de Samaná; Duarte y sus compañeros defendían una República plenamente soberana. Eran dos concepciones del país: una temía que la República no pudiera sostenerse sola; la otra advertía que una independencia condicionada podía terminar vaciándose de sentido.
El conflicto condujo a la salida de Bobadilla de la Junta en junio de 1844 y a su acercamiento a Pedro Santana, cuyo predominio militar crecía. Durante la crisis constitucional de aquel año, la incorporación del artículo 210 concedió al presidente facultades extraordinarias mientras durase la guerra y lo eximió de responsabilidad por las medidas adoptadas en ese ámbito.
La intervención de Bobadilla en aquella disposición ha sido señalada por historiadores, aunque sus circunstancias y autoría requieren distinguir entre las distintas versiones documentales. Su significado político, en cambio, resulta inequívoco: debilitó los controles constitucionales y facilitó la concentración del poder. Reconocer los méritos de Bobadilla no obliga a esconder sus errores; explicar no equivale a justificar.
Y llegó 1861. La Anexión a España constituye la contradicción más grave de su trayectoria. El hombre que había contribuido a separar el país de Haití aceptaba ahora una fórmula que sacrificaba la soberanía dominicana. Colaboró con el régimen anexionista y desempeñó funciones dentro de la administración española. Su temor al desorden y su desconfianza en la capacidad nacional para sostenerse por sí misma ayudan a entender aquella conducta, pero no la absuelven.
Durante la Guerra de la Restauración, Bobadilla permaneció vinculado al orden anexionista, contrario a la causa que buscaba recuperar la soberanía. La victoria restauradora de 1865 no borró esa contradicción, aunque tampoco significó su desaparición de la vida pública. Después de restablecida la República, colaboró con el gobierno de José María Cabral, prueba de que su experiencia administrativa continuaba siendo requerida por quienes dirigían el Estado.
Los hombres cambian a veces más lentamente que las banderas, pero también pueden cambiar más profundamente que sus discursos. En los años posteriores, Bobadilla volvió a intervenir en los asuntos públicos, hasta que la crisis política lo condujo nuevamente al exilio. En 1871, desde Puerto Rico, hizo llegar al senador estadounidense Charles Sumner una carta que acompañaba la protesta de varios dominicanos contra el proyecto de anexión a los Estados Unidos promovido por Buenaventura Báez.
En aquella carta, fechada el 4 de febrero de 1871, Bobadilla evocaba la lucha del pueblo dominicano por conservar su independencia y rechazaba que su protesta pudiera confundirse con agravios personales o intereses privados. Hay en ese episodio una ironía que la historia no debería desaprovechar: quien había buscado protección extranjera cuando creyó que la República no podía sostenerse sola empleaba ahora sus últimos recursos políticos para impedir otra subordinación. Su protesta no borraba lo anterior, pero impedía reducir su vida a una sola decisión.
Tal vez ahí comience la injusticia de cierta historiografía con Bobadilla. Criticarlo era necesario; reducirlo a la caricatura del anexionista, no. La historia nacional ha preferido con frecuencia héroes de contornos nítidos, y Duarte encarna la fidelidad al ideal soberano. Frente a él, Bobadilla parecía destinado a perder. Pero una nación no se construye solamente con hombres de pensamiento puro. También intervienen quienes negocian, organizan, convencen y administran, aunque incurran en compromisos difíciles de defender.
Reconocerlo no disminuye a Duarte, Sánchez ni Mella. La independencia dominicana fue más compleja que la imagen escolar de unos cuantos patriotas avanzando juntos. Hubo liberales y conservadores, jóvenes y viejos, civiles y militares, soberanistas y partidarios de la protección extranjera. Bobadilla fue una figura central de aquella complejidad, y su trayectoria exige examen, no absolución ni destierro de la memoria.
Su patriotismo no puede medirse con la misma vara que el de Duarte. Fue más pragmático, más desconfiado y, en ocasiones, extraviado por el miedo al desorden y la confianza excesiva en las potencias extranjeras. Pero no estuvo ausente. Quien participó en la separación, presidió la primera Junta y contribuyó a formular políticamente las razones de la ruptura con Haití pertenece a la historia de la Independencia. Tampoco debe ocurrir lo contrario: sus servicios no borran sus claudicaciones.
Bobadilla fue un hombre de transición, nacido en el mundo colonial y obligado después a actuar en el nacimiento de una nación que todavía ignoraba si pudiera sobrevivir. Su inteligencia política fue grande; su sentido de la soberanía, vacilante. Su experiencia fue valiosa, pero algunas de sus decisiones contribuyeron a debilitar la República que había ayudado a fundar.
Precisamente por eso pertenece a nuestra historia. No necesitamos santos de bronce, sino hombres de carne y hueso, capaces de acertar, equivocarse, cambiar y contradecirse. Bobadilla fue uno de ellos. Su lugar no está al lado de Duarte, porque no fue Duarte; pero tampoco está fuera de la causa republicana. La historia madura pregunta quién estuvo allí, qué hizo, qué creyó y qué consecuencias dejaron sus actos. Bajo esa luz, Tomás Bobadilla deja de ser una nota incómoda al pie de la Independencia y recupera su dimensión histórica: la de uno de los hombres que, con sus luces y sus sombras, participaron en el difícil nacimiento de la República Dominicana.
Palabras en la puesta en circulación del libro
TOMÁS BOBADILLA Y BRIONES
PADRE CONFUNDADOR DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
Autor: Carlos Justo Carrión Bobadilla
