Eduardo López era Espartaco

Eduardo López.
Rememorando una época en la cual los héroes eran todos de cartón, pero protagonizaban inimaginables aventuras

Santiago, igual que muchos de nuestros pueblos, siempre ha tenido sus personajes que se convierten en símbolos, héroes, payasos…admirados u odiados.

De esta ciudad se podría hacer una larga lista como lo haría Fyodor Dotoyesvky.

Cada personaje existe en un espacio con su historia que lleva como Atlas, con su mundo a cuesta y que Scott convirtió en bacalao.

En mi adolescencia el Atlas era múltiple pero el que más se lo cogió en serio fue Eduardo López, quizás de tanto leer el mismo anuncio en la contraportada de los muñequitos que venían de Los Estados Unidos y que él vendía.

Sí, Charles Atlas convirtió a una legión de jovencitos acomplejados por su flaca apariencia y que se llevaron del fornido comerciante para adquirir los folletos instructivos que con tan solo “15 minutos al día” se opacaría la vergüenza de no tener músculos como Espartaco. Y Eduardo “cayó en el gancho” aunque en ese entonces no se usara esa expresión que a él le encajó, porque el gancho se refiere a los que colgaban en las carnicerías para presentar pedazos enormes de músculo comestible, fuese porcino, vacuno o berrido.

Eduardo se tomó tan a pecho su papel que hizo crecer ambos, su pecho y los papeles. Estos, que eran más bien como el cuerpo teórico, difundían a los cinco vientos las ideas del bien sobre el mal encarnado en todos los superhéroes que desfilaban por su “librería” colocada en la entrada principal del Mercado Modelo adelantándose a la “suerte” que hizo millonario a su vecino Gabino, no por su bandoneón, sino leyendo el futuro a analfabetos campesinos que ingenuamente le pedían les leyeran “su suerte” en la lista de los lunes donde los billetes y quinielas premiados se pelaban.

Eduardo “El Fuertú” lo leía todo: Superman contra el malo Lex Luthor, Tarzán montado en su Tantor yendo hasta las lejanas tierras de Pa-ul-Don en el África profunda en contra de traficantes de colmillos de elefantes; Gene Autry el soso vaquero de la guitarra y su caballo Campeón para perseguir tuhanes, pillos y forajidos; Roy Rogers y su simpática Dale Evans junto a Tigre el caballo que no hablaba por vergüenza y respeto a Ed que ya tenía su programa de TV; el Llanero Solitario, aunque siempre acompañado por Toro contra ladrones de minas y otros vaqueros como el Hopalong Cassidy con su cara de López Obrador. Santo “el enmascarado de plata” que vino desde México donde existían miles de Eduardo luchando contra momias, pinches ladrones, extraterrestres; Chanoc y su viejo amigo Tsekú Baloyán como un Iván García cualquiera y en alguna playa de Acapulco o Veracruz; las novelas de Corín Tellado que le llenaron la mente a las niñas de una filosofía reducida a quedarse en su rol de mujer objeto; las novelitas de vaqueros que tenían héroes no repetidos y anónimos y requerían de un tipo de lector más literario que visual; los interminables animales que buscaron animalizar a sus jóvenes lectores desde Donald, Pájaro Loco, Mickey y Tribilín; los sosos Periquita, Daniel el Travieso, Picapiedra, El Lagarto Guancho, Porky, Tom y Jerry, Correcamino.

La imaginación no paraba porque había una maquinaria detrás para producir. Así también seguía Eduardo leyendo a Turok “el guerrero de piedra” en un valle prehistórico con tribus salvajes que los perseguían inagotablemente; la legión de héroes maravillosos dirigidos por la Mujer Maravilla y Los Cuatro Fantásticos. Tampoco faltó algún héroe que fuera mas justiciero de la cuenta y que quisiera imponer el orden en el universo desde sus naves magníficamente equipadas y que uno leyéndola, vivía con la preocupación de “dónde es que van a encontrar una bomba de gasolina cuando se le acabe la que lleva”. Y así, interminablemente, Eduardo se quedaba dormido leyendo las aventuras de Espartaco en su afán por liberar a los esclavos del Coliseo Romano, de sus galeras remeras o de las catacumbas.

Y la historia de los viajes por los senderos de las líneas de texto se repetía como la del caballero andante que combatía molinos. Por eso renació Espartaco en una islita del Caribe militando en el 1J4 o 14 de junio junto a su hermano Bienvenido, El Rubio, que se ocupaba del puesto de la San Luis con Sol, diagonal con el Correo.

El malo de Trujillo tenía que caer y nada mejor que las oficinas del sherif Manolo para esa lucha. Pero Eduardo López no se conformó con esa oficina y creó la suya propia: El Gimnasio Espartaco de Pueblo Nuevo. Allí rellenó de cemento latas de aceite de maní conectados a pedazos de tubos para poblar de pesas modernas su arena de gladiadores. Había desde pesas con latas de leche Nido hasta las de salsa, más la lata que le daban los clientes que no querían pagarle sus cuotas.

Ver a cualquier joven de bíceps y pectorales desarrollados fuera de lo común y sus respectivas canillas nos indicaba su paso por las pesas de Espartaco, quien se desplazaba en una bicicleta negra de marca Rudge “de hembras”, quizás para acortar las distancias o para adquirir gemelos más allá de sus canillitas.

Y no era su culpa, Mister Atlas no decía por ningún lado cómo ejercitar los músculos de la tibia y el peroné, pero Eduardo tampoco leyó en su instructivo cómo evitar conseguir un corazón de mamut. Ni siquiera su gladiador más avanzado y especialista en corazones, el Doctor Josecito Jiménez Olavarrietta hijo de Josesote Jiménez el de la esquina de “más abajo” del Mercedes.

Un día, y quizás fue el mismo que Julio González le tomó la foto con su suéter negro de cuello tortuga y de moda en los James ¨Bond de Sean Connery y quizás un regalo de Josesito; él me enseñó una revista mexicana de fuertuses en que aparecía con más elegancia que el propio Charles Atlas. Su cara de adolescente orgulloso mostraba su satisfacción.

Busqué por todas las tiendas un modelo de suéter para imitarlo, pero en vano, al final, en La Elegancia de José Gutiérrez, donde queda la parada de Tamboril, me topé con uno, pero rojo que usé debajo de mi camisa Kaki en el liceo adelantándome así al uniforme chavista que luego se usó en Venezuela… yo creyéndome otro Espartaco pero en una película del Agente 007. Mis únicos molinos eran las tareas de Álgebra y Balaguer.

En varios puntos de la ciudad habían puestos de muñequitos y novelas. Los tres más destacados eran los dos señalados de los hermanos López a la que se sumó un joven muy simpático que se ponía en la San Luis con Beller (al lado de la casa que aún sigue en pie de Luis Emilio Perelló). Él mismo se autoproclamó como el verdadero Tarzán, aunque se parecía más a Andrés García, aquel actor mexicano que hizo de Chanoc en el cine.

Jorge era otro simpático vendedor que se ponía en la Duarte un poco más al norte de La Elegancia. Su especialidad era la venta de unas revistas de formato media carta a full color con las mujeres en pelota más preciosas del mundo. Sobresalían las danesas sin maquillajes, sin afeites y sin tapujos para deleite de los jóvenes tímidos sin novias y viejos verdes. Era una especie de venta clandestina que solo se podía hojear metiéndolas en otra revista legal porque comprarlas era imposible por lo caras.
Eduardo no vendía este tipo de material por moral, camarada, aunque se podía conseguir a Lorenzo y Pepita en su versión original describiendo la rutina de trabajo de oficina buscando siempre aumento del jefe y la versión pirata en blanco y negro mal dibujadas emulando a Adán y Eva, pero sin hojas de parras ni culebras.

En la plaza Valerio había otro puesto y en el Sol con 30 de marzo, en la pared del banco y otro estaba entre el bar Colón y la Curacao. Otro en la 30 de marzo con Restauración, atendido por Juan, que además tenía una paletera y padecía de parkinson.

Eduardo era el que más nos atraía por su sencillez y dispuesto a negociar siempre y porque nos hacía creer que él era en realidad el verdadero Espartaco.

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