Doctor Rafael M. Moscoso Puello

Foto sin fecha de Moscoso Puello publicada en elCaribe al momento de su muerte.
Naturalista dominicano y primero en realizar investigaciones completas sobre la flora nacional. -1874-1951-

Al cumplirse en este mes 146 años del nacimiento de este prominente intelectual y científico, estimamos un acto de justica resaltar la labor realizada por este gran hombre que consagró toda su vida a la ciencia. Moscoso Puello nació en la ciudad de Santo Domingo el 17 de febrero de 1874, en la calle Padre Billini No.48; fueron sus padres los señores: Juan Elías Moscoso y Sinforosa Puello. A la edad de 10 años ingresó a la escuela preparatoria y dos años después se inscribió en la Escuela Normal, que dirigía el educador Eugenio María de Hostos. En el año 1889, cuando apenas tenía quince años, recibió el título de maestro normalista. Al estudiar en este tipo de escuela, tuvo la oportunidad de iniciarse en la investigación, dirigiendo los experimentos de Química en los cursos prácticos, debido a que el director de la Escuela observó su inquietud en el área de investigación, sobre todo por las Ciencias Naturales. Trabajó junto a eminentes maestros como Félix Evaristo Mejía y otros. Desde temprana edad nació en él la pasión por las ciencias naturales, especialmente por la botánica. Sus herborizaciones, recolección de plantas silvestres, comenzaron en el año 1887 en los alrededores de esta capital y más tarde en el Cibao, especialmente en las inmediaciones de San José de las Matas; el material recogido le sirvió para publicar su primera obra titulada “Las familias vegetales representadas en la Flora de Santo Domingo”, en abril de 1897.

En 1901, estando don Rafael en San José de las Matas, fue a visitarle don Francisco Henríquez y Carvajal, quien en ese momento colaboraba con el presidente Juan Isidro Jimenes; esta visita fue para ofrecer al joven naturalista una beca para enviarlo a ampliar sus estudios en Ciencias en la Escuela Politécnica de París, Francia. Para esa época escribía su Geografía y estaba haciendo apuntes para una Flora extensa de la República Dominicana, razones que lo movieron a declinar tan merecida como generosa proposición.

Muchos de los escritos del doctor Moscoso han permanecido inéditos, entre ellos una geografía de la isla, ciencia a la cual le dedicó muchos años de su vida. Se interesó además por la meteorología, publicando en agosto de 1937 un folleto titulado “Los ciclones”.

La destacada labor científica del doctor Moscoso Puello trascendió las fronteras de su país, ya que fue miembro de varias sociedades internacionales como son la Sociedad Astronómica de Francia, de la Real Sociedad de Historia Natural de España, corresponsal del Museo de Historia Natural de París, de la Sociedad Cubana de Botánica, y del Museo de Historia Natural de España, entre otras.

Recibió el título de “Doctor Honoris Causa” otorgado por la Universidad de Santo Domingo, hoy UASD, en reconocimiento a sus meritorias investigaciones. El Herbario de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, fundado en 1973, y organizado por el Dr. Richard Lowden, botánico y profesor titular de la PUCMM, lleva su nombre en honor a este destacado científico dominicano. El Jardín Botánico Nacional, inaugurado el 15 de agosto de 1976, lleva su nombre como homenaje póstumo al primer botánico dominicano que escribió un catálogo sobre la flora de la Isla Española en 1943. Así como también la Revista Botánica, denominada en su honor Moscosoa, órgano de difusión de ese parque.

Sus escritos y obras

Con estilo muy peculiar, este gran profesional dejó un gran legado a través de sus escritos. Con apenas 23 años, en abril 1897 publicó “Las familias vegetales representadas en la Flora de Santo Domingo”, primer trabajo sobre nuestra Flora.

El 15 de enero de 1931, a raíz de la muerte del botánico sueco, Erik Leonard Ekman, gran amigo suyo, escribió un trabajo biográfico sobre el fenecido, publicado en el periódico La Información. En mayo de 1934, apareció en La Información un artículo biográfico sobre el distinguido viajero, médico y botánico italiano Carlos José Bertero, quien visitó nuestro país el año 1819. El 15 de Febrero de 1935, con motivo de la muy sentida muerte de su maestro y amigo, doctor Don Francisco Henríquez y Carvajal, acaecida en Santiago de Cuba, aparece en el “Listín Diario” una verdadera apología al eminente patriota, jurista y médico dominicano. El 25 de agosto de 1937, se editó su interesantísimo folleto sobre los Ciclones.

En 1941, la Universidad de Santo Domingo editó una interesante monografía titulada “Las Cactáceas de la Flora de Santo Domingo”; esta fue la primera publicación del autor después que fue nombrado director del Instituto Botánico. El 30 de enero de 1943, ve la luz en Nueva York su trabajo cumbre titulado “Catalogus Florae Domingensis”. En 1945 fue editada por esta universidad, como publicación del Instituto Botánico, su extensa monografía sobre las “Palmas Dominicanas”. Dejó varios manuscritos inconclusos entre los que se encuentran: Las Bases de la Taxonomía (conceptos del Género y de la Especie); Desarrollo Histórico de la Nomenclatura Botánica; Botánica Sistemática. Notas Taxonómicas; Herbario. Colección y preservación de plantas; Herborización y preparación de ejemplares; Clasificaciones Botánicas; Fundación de la Botánica Moderna; Mutación y Notas.

Casó con la señora Lucila Cordero, con la cual procreó 8 hijos: Junio, René, Juan Manuel, Mercedes, Rafael, Felipe, María y Servio Moscoso Cordero. Tras larga y fatal enfermedad, a la edad de 77 años, el 12 de octubre de 1951, se apagó para siempre su vida. El acto de sepelio de este gran hombre contó con la presencia de una gran cantidad de personas representativas de distintas esferas de la sociedad dominicana. Su cadáver fue llevado a la Universidad de Santo Domingo, de la cual fue profesor y donde varios catedráticos montaron guardia de honor junto al féretro, y el profesor Andrés Avelino tuvo a su cargo el panegírico. Un bello césped de “Dichondra repens” cubre su tumba a manera de viviente sudario y una palmera de nuestras lomas, “la Bactris plumeriana”, especie que él había admirado tanto, yergue majestuosa a su lado. Con su muerte, el país perdió uno de sus hijos más preclaros y la ciencia le reservó un puesto en la inmortalidad.

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