24 Feria Internacional del Libro: se me inflama la glándula del ‘telodije’

La calle Las Damas aún temprano y con poco público, en la última mañana.
Ha llovido, es cierto, la lluvia es la mejor excusa de quien no reconoce sus errores. Han llovido críticas también

¿Qué tienen que ver Octavio Paz y Robin Cariño? Que cuando llegas al stand de la Editorial Fondo de Cultura Económica de México, está puesta la bachata “Tu cariñito mami, tu cariñito...”.

Son las 9:40 de la mañana. En el mostrador las “Cartas a Tomás Segovia”, también “Itinerario”, ambos libros de Octavio Paz. A su lado “El poeta niño”, de Homero Aridjis; “Cinco mil años de palabras”, de Carlos Prieto con prólogo de Carlos Fuentes. “… Cuando en el calor de otros brazos / te olvidé…”, sigue cantando Cariño.

“Iconografia” de Juan José Arreola. Ahora es la Banda Real que se pregunta “Quién”. Frente a la “Correspondencia inédita entre Maximiliano y Carlota”, de Konrad Ratz, (que recuerda, ah, la inolvidable novela “Noticias del Imperio”, de Fernando del Paso), venden salchichas de una marca que solo le falta el apellido Salgari (el de la saga de Sandokan, “El corsario negro”, “El Capitán Tormenta”) y también empanadas, sandwiches y palomitas sin herencias literarias. Iván Tovar -su muestra- sonríe desde una esquina y un paletero organiza sus propuestas para nada literarias.

Agoniza una feria que arrancó agonizante. La primera señal fue la ausencia del presidente, o en su defecto de la vice o de la primera dama. Y eso semánticamente tiene su cocorícamo.

El 3 de marzo, quien suscribe, escribió en este periódico: “No basta mandarse a correr para cumplir metas. Si se va a hacer que se haga bien. Que el gobierno, comenzando por el Presidente Luis Abinader, comprenda, que este evento magno de la cultura, -como casi siempre ha sido para el país-, es una vitrina de las realizaciones culturales, de los avances y de lo que falta por hacer. Lo dicta la experiencia...”.

“Fuentes que merecen toda credibilidad dijeron a elCaribe, ante nuestra indagación por el silencio sepulcral sobre el tema, que la feria va desde el 22 de mayo (peor, fue desde el 22 de abril) y que para eso se han destinado 60 millones de pesos. Cuando siempre se ha hecho con 80 millones más otros 30 a 50 que se han conseguido con patrocinios privados”.

“Con 60 millones y un equipo organizativo nuevo, sin el know how necesario para organizar este tipo de eventos, sin amarres internacionales para traerse importantes escritores, como fue tradición, y 4 millones para imprimir libros, uno de los cuales solamente cuesta un millón, organizar la feria es un despropósito, por muchas ganas que se tengan”. Y más adelante: “Las condiciones de realizar la feria en la Ciudad Colonial serían posibles si el sol que nos acompaña (o las lluvias) fuesen clementes. Si hubiesen suficientes parqueos”.

Seguía: “la fecha es demasiado rápida para poder organizar una feria que tiene una tradición de impacto cultural realmente importante. Súmele a eso, el poco dinero (nada más que 20 millones menos que lo último que se destinaba para eso) con que se cuenta.

Y luego recomendaba: “Rescatar la Feria Internacional del Libro no debe ser un objetivo medalaganario, que siga despintando -aunque con las mejores intenciones- lo que antes se hizo por desidia y mediocridad”.

“Si estuviese en manos de quien suscribe, repautaría la feria para el último trimestre del año. Duración: una semana. La realizaría en la Plaza de la Cultura. Armaría un comité organizador (público-privado para estar a tono) que busque dinero y apoyos en el sector privado y el sector público”.

“Prepararía con tiempo una buena producción cultural para entonces y ayudaría a reactivar las energías de esa masa dormida en la abulia. Y le diría: Presidente, esta va a ser la mejor feria en años, lleve el presupuesto hasta los 80 millones...”.

Para vivir, de Pablo Milanés

“¡Cuántas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien...”, sigue cantando Pablo Milanés, en Para vivir del álbum La vida no vale nada (1976).

Si de algo ha padecido esta feria es de una evidente distancia entre intelectualidad y organizadores. Entre lo soñado y la realidad. Si la intelectualidad no está conforme, no importan los millones de personas que visiten la feria. Y ese respaldo ha estado flaco. Cada vez que la ministra ha salido a responder situaciones, ha errado. Si José Chez Checo se quejó de algo en la feria es culpa de alguien de la feria, y la feria la organiza el Ministerio de Cultura. Punto. Si Mu Kien Sang se queja, igual. Si Chaljub Mejía escribe duro, no hay que hacer un armagedón de eso. Si una joven dice cuatro sandeces en la tarima pública no hay que aclarar nada.

La ministra, según fuentes, ha estado rodeada todos estos días por un cordón parecido a una cortina de hierro, prestos a responder el más mínimo tuit. Ha faltado humildad y autocrítica. Ha sobrado triunfalismo. Hoy se quejaban libreros de la ausencia ayer de la ministra bajo el agua, dándoles ánimo.

La lluvia es la mejor excusa de quienes no reconocen sus errores.
La feria ha sido un festival de improvisaciones, un vademécum de soberbia, una enciclopedia de inoportunidad.

Lejos de lo que puedan decir sus autoridades, la feria ha dejado mal parada una gestión en la cual todos hemos puesto nuestras complacencias. Porque el sector más vapuleado no ha podido estar, más desmadrado no ha podido estar, y más falto de apoyos y de respaldos no ha podido estar.

La cultura es la cenicienta, y la culpa comienza por el ministerio.
“Tu cariñito, mami, tu cariñito”, canta en segundo plano Robin Cariño.

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