“En Cuba, la desidia se ha ido convirtiendo en una reacción casi cotidiana”

Padura presentó en la FIL de Guadalajara su más reciente obra “Morir en la arena” y esta semana recibirá otro Doctorado Honoris Causa. En Cuba no se publica nada sobre él, ni de él.

El más importante escritor cubano vivo, Leonardo Padura, muy leído en República Dominicana, donde ha descansado y ha creado, habla desde Guadalajara, México, con elCaribe sobre literatura y la Cuba de hoy.

¿Cómo le ha ido a tu novela “Morir en la arena”?
Esta novela salió el 25 de agosto, en España y la primera presentación la hicimos en la Fundación Telefónica el 1 de septiembre en Madrid y aparte de ahí comenzamos con una serie de presentaciones en España. Estuve en 12 ciudades y asistí a alrededor de 80 entrevistas y me fue muy bien, estuve después a mediados de octubre en la feria de Montería, Colombia, donde presenté también la novela, pero una edición especial que se hizo para un Club de Lectura de Colombia. Estuve en Toledo haciendo la presentación en el Festival Cibra. Y ahora empezamos una gira en Panamá, en Guatemala, estuve ya en Chiapas. Ayer la presentación fue a sala llena y terminaré aquí en la feria con la recepción del Doctorado Honoris Causa que me concede la Universidad Autónoma de Guadalajara. Es el cuarto Doctorado Honoris Causa que recibo: tres de ellos en México (uno de la UNAM; este de Guadalajara y el otro de la Universidad Autónoma Juárez) y tengo uno de la Pontificia Universidad Católica de Perú, cuatro doctorados… y ninguno de Cuba.

Si te vas a vivir a otro país ¿preferirías México?
México es muy importante para mi trabajo desde el principio. Aquí en México salió en 1991, -precisamente aquí en Guadalajara, en una pequeña colección de la Universidad Autónoma de Guadalajara, que ahora me da ahora el Doctorado Honoris Causa-, se publicó mi novela “Pasado perfecto”, que es la primera de la serie de Conde, yo la había presentado en un concurso en Cuba. Los tres jurados en aquel momento me dijeron que la novela iba a ser el premio, pero que el día anterior les tocaron a la puerta y un señor les dijo que no podía ser. Y la novela se publicó aquí en Guadalajara. He tenido una relación muy larga con México y una cosa que me pasó fue que en mi primera visita a México en 1989, le pedí a un amigo cubano mexicano que me llevara a Coyoacán, porque yo quería ir a la casa de Trotsky, mi información sobre él era muy limitada. Podría encontrar un par de libros que no decían mucho sobre Troski y, si decían, decían lo peor, pero yo tenía no sé por qué, un interés sobre esa figura y fui a la casa de Trotsky en Coyoacán y realmente para mí fue una conmoción. Pasó algo históricamente muy curioso. Fui allí a la casa de Coyoacán alrededor del 20 de octubre de 1989, 15 días después cayó el muro de Berlín y creo que nadie se imaginaba, 15 días antes, que eso iba a pasar y yo estaba en un lugar donde comenzó a caer una de las piedras del muro de Berlín. Porque el asesinato de Trotsky fue uno de los puntos de no retorno de la perversión de esa utopía igualitaria, social, política, que se había intentado fundar. México y es una de mis segundas patrias: México y España.

Pocos hay que conozcan tan bien la Cuba de hoy como tú. ¿Cuánto pones tú de dolor personal en tus libros?
Muy pronto, con las primeras novelas de Conde, me di cuenta de que tenía una posibilidad -sin tener plena conciencia de ella-, que es escribir una crónica posible de la vida cubana contemporánea, pero siempre desde la perspectiva de mi generación. Nuestra generación tiene unas características muy especiales dentro de la revolución cubana de este de estos años, porque es la que crece con con la revolución, vive en la revolución y participa inevitablemente de todo el proceso porque, bueno, fuimos estudiantes, fuimos trabajadores, comenzamos a escribir y participamos de todo eso. Y esa esa crónica pues la he ido desarrollando a largo de de mis libros, con mirada muy diversas, porque a veces me he ido fuera de Cuba para hablar de Cuba, como es el caso de la novela “El hombre que amaba a los perros”. Ahora con “Morir en la arena”, un poco voy otra vez y doy otro golpe en el mismo yunque, que es la realidad cubana vista desde este presente tan complicado que existe. Una novela mía anterior, por ejemplo “Polvo en el viento”, en la que hablo de la diáspora de nuestra generación, fue una novela para mí muy dolorosa, porque mientras la escribía fui dándome cuenta de de cuántos perdía cada persona que, buscando ganar algo salía de su lugar de origen. Milan Kundera dijo algo muy cierto: “Nadie se va del sitio en que feliz” y la gente se ha ido de Cuba por muchas razones. Y eso ha sido muy doloroso. Esta novela “Morir en la arena” habla de una experiencia que estoy viendo -afortunadamente no es mi experiencia personal-, porque gracias a mis libros tengo una economía que me salva de esas dificultades que está viviendo mi gente de mi barrio, mis compañeros de estudio. Los veo, converso con ellos y es dolorosa la realidad. Pero a la vez esta es una novela que habla mucho de la redención. Creo que escribir esas novelas es redentor, no sólo para mí, sino para ellos mismos, porque al final de esta novela, un personaje que es escritor dice que escribiendo de la vida de estas personas, es como si el día que mueras no mueres del todo, sino que hay una memoria de qué cosas les ocurrieron, qué cosas pasaron, qué cosas vivieron en su historia, en su vida en Cuba.

Rodolfo es un personaje que representa a alguien también de nuestra generación que estuvo en la guerra de Angola. ¿Tú estuviste en Angola?
R. Yo estuve en Angola un año como periodista. Pero el personaje, Rodolfo, tiene una experiencia militar en Angola, que lo marca, lo traumatiza y lo marca para el resto de su vida. Yo tuve la la suerte de que mi estancia en Angola fue como civil, pero siendo periodista civil al lado de mi cama, yo tenía un fusil AK soviético y cuatro cargadores. Y en el momento en que hubiera una situación militarmente complicada, pues me tenía que sumar como reserva del ejército. Años después escribí una una crónica que titulé “El año del medio”, porque yo todo ese año lo viví con miedo. Para mí la violencia es una manifestación completamente ajena a mi carácter y mucho más una violencia que implique tener que incluso agredir a otras personas. Puedo tener en algún momento, como cualquier individuo, una salida verbal violenta, porque hay algo que te molesta, que te incomoda, pero no soy una persona capaz de agredir. En una guerra tienes que hacerlo, porque agredes o te agreden, o matas o te matan. Y eso le pasó a Rodolfo. Esa es una experiencia que pudieron haber vivido muchos de los cubanos que estuvieron militarmente en Angola. Recuerda que entre civiles y militares se calcula que 300.000 cubanos pasaron por Angola en esos 14 años, de la guerra más larga de la historia de Cuba.

En tus novelas hay, por lo general, dos elementos esenciales: uno es la amistad y el otro el barrio. ¿Qué queda de esos dos elementos principales en Cuba hoy?
Mi libro anterior, que se llama “Ir a La Habana” habla mucho de este sentido de la pertenencia y del espacio físico espiritual, cultural, de la ciudad de la que yo me fui apropiando desde mi esencia inicial y más duradera, que es la de haber nacido y vivido en un barrio de La Habana, que se llama Mantilla. Vivo ahí todavía. Yo nací ahí en el 55 y en esa casa murió mi padre, ahí vive mi madre, en el patio de esa casa están enterrados todos los perros que yo he tenido en mi vida. Entonces es un lugar al que yo siempre regreso. Y Mario Conde, por ejemplo, es un personaje que vive en un barrio que no se dice nunca cómo se llama, pero cualquiera que conozca Mantilla y recorra las miradas de Mario Conde, lo va a identificar. Mi sentido de la patria es mi casa de Mantilla, esa es mi patria.

¿Crees que algún día haya un museo que se llame Museo Padura, en Mantilla?
(Risas) No sé qué pasará después cuando yo no esté. No tengo hijos y eso no hace que sea muy posible, a veces pienso, ¿qué va a pasar con todos estos libros, con todos estos papeles? En un país en el que, por ejemplo, recuerdo que hace un tiempo un intelectual cubano muy importante, Ambrosio Fornet, quiso donar a la Biblioteca Nacional parte de su biblioteca y nunca fueron a buscarla. Entonces, en un país donde la desidia se ha ido convirtiendo en una reacción casi cotidiana, es muy fácil entender por qué eso pasa también; si tú dices que sí te puedes buscar problemas, si dices que no, no tienes ninguno. Y en Cuba todo el mundo dice que no.

¿Crees que exista un daño antropológico en Cuba?
Mira, no sé si hay un daño antropológico, pero yo sí sé que psicológico, sí existe. Y hay dos reacciones muy reveladoras de lo que puede pasar. Si vas recorriendo el mundo en los lugares donde hay cubanos que han emigrado, verás que no hay ningún cubano viviendo debajo de un puente. Todos los cubanos de alguna manera aprenden a vivir en otros lugares e incluso muchos de ellos progresan en esos lugares y tienen éxito en esos lugares. Y algunas de esas personas son de las que en Cuba vivían de esa práctica nacional tan extendida, que es “vivir del invento” y de pronto entran en los códigos de los otros lugares y funcionan. Eso es una cosa muy sorprendente. Y la otra es, cómo gentes que han nacido en Cuba, se han criado en Cuba, un país donde el comercio, la propiedad privada, la posibilidad de generar riquezas ha estado perseguida, prohibida, de pronto cuando hay una pequeña ventana, esa gente salta por esa ventana y comienzan a progresar. Lo ves en en dueños de restaurantes, en dueños de pequeños negocios que hacen millones de cosas y te das cuenta de que se puede superar.

Además gran parte de la literatura cubana, está fuera…
Ese es otro tema. Qué ha pasado con la diáspora de los escritores y artistas cubanos en general, la plástica, la literatura, los actores, los bailarines… en fin, hay mucha gente que ha salido y es una dispersión tremenda que provoca entonces que nos cueste mucho trabajo tener el mapa de la actualidad de la cultura cubana.

¿Existe en Cuba vida cultural hoy?
Muy menguada, muy disminuida. Creo que esto empieza en los años 90, cuando hay un quiebre en la vida cubana. Porque los años 60 fueron unos años de una explosión creativa, los años 70 fueron unos años de represión creativa y en los 80 se volvió a recuperar esa posibilidad y había teatro, había artes plásticas, había música, los escritores publicaban sus libros. Recuerda que entregabas un libro a la editorial y demoraba cuatro años en salir, porque existía algo que se llamaba el colchón editorial, porque todos los escritores tenían sus libros institucionales y los libros salían, a veces mal diseñados, con un papel, pero existían y circulaban. Y ese mapa del que te hablaba antes, era posible tenerlo. En mi caso, hice muchos años crítica literaria, era muy importante tener ese conocimiento. A partir de los años 90, con una caída económica brutal, -pues es como dijo en una canción Pedro Luis Ferrer que “aquel proyecto bonito, precisa financiamiento”-, no hubo más para aquel proyecto bonito, prácticamente se dejó de hacer cine, se dejaron de publicar libros, los teatros no tenían electricidad y todo eso ha tenido sus altas y bajas, pero nunca ha vuelto a haber un florecimiento. Lo que sí ocurre es que hay una capacidad creativa en Cuba que es inagotable. Se van 10 músicos y de pronto surgen 15 músicos más; se van cinco artistas plásticos y de pronto aparecen ocho más. Con la danza ocurre lo mismo. Esto que te voy a decir, creo que es muy importante. Porque hay que tener en cuenta algo, que es esencial. Un gobierno es algo que ocurre en un período de tiempo y ocurre en un país, en una nación, en un estado. Pero ese país, esa nación y ese estado son supra gubernamentales, históricamente. Porque si nos vamos, por ejemplo, a un tema que para mí es muy cercano, a la figura y a la poesía de José María Heredia, que es el fundador de un sentimiento nacional, cuando no existía estado, ni gobierno cubano, él ya era cubano. Y Martí intentó fundar un Estado cubano, cuando ya existía una nación, pero que no tenía estado. Es decir: no siempre hay que asociar la vida espiritual y cultural del país con un periodo y con un gobierno determinado.

¿Cómo evalúas a las nuevas generaciones de cubanos, teniendo en cuenta que en el mundo hay un proceso de desvinculación de las nuevas generaciones con el pasado?
En Cuba, de alguna forma, ocurre lo mismo. Estas generaciones nuevas son más pragmáticas y es lógico que lo sean. Porque sobre todo tienen un ejemplo que los lleva al pragmatismo, que es el fracaso de sus padres. Ven la vida a veces miserable que tienen sus padres y ellos no quieren repetir esa experiencia. Una opción fundamental de muchos de esos jóvenes es la migración. De Cuba han salido en los últimos años más de 1 millón de personas. De ese más de millón, la mayoría son jóvenes y estamos hablando de los que han podido irse, no de los que han querido irse que serían mucho más. Entonces, es una generación que, además se expresa ya, afortunadamente para ellos. Se pueden expresar por los mecanismos más universales que existen en estos momentos, que son los mecanismos digitales, virtuales, informáticos. Todos, o la mayoría de ellos, hacen sus relaciones a través de las redes sociales, participan de ellas y viven de esa manera, que es un poco el comportamiento universal. Y su mirada hacia el pasado, es una mirada casi que escéptica, te iba a decir burlona, pero no, no creo que se burlen. Es escéptica con respecto al pasado y la culpa no la tienen ellos, la culpa la tiene lo que ocurrió en ese pasado.

Pienso yo que existe una Cuba Pablo Milanés, existe una Cuba Silvio Rodríguez… Te pregunto, ¿existe una Cuba Leonardo Padura?
No lo sé, no me atrevería a afirmarlo. Yo no soy representativo de nada, no tengo partido ni militancia, ni creencias religiosas, me siento representante de una cultura, de una forma de ver la vida, de entender la vida, de hablar una lengua -porque todo eso está integrado en la literatura-, y lo que hago es que trato de ser lo más fiel posible a esa realidad. En mi literatura las verdades que yo digo pueden ser contrastadas porque la verdad es relativa. Pero lo que nunca vas a encontrar es una mentira. La mentira es absoluta, y en mi literatura no hay ninguna mentira sobre la realidad cubana.

El escritor cubano que más te influyó, ¿cuál fue?
Alejo Carpentier. Yo soy un estudioso de su obra, tengo un libro de ensayo de 600 páginas sobre lo real maravilloso. Me influye en su sentido de la concepción del mundo americano, de la pertenencia de los orígenes, de la búsqueda de las características de un contexto y sobre todo la visión de la historia, de la que el marxismo dice que es una espiral ascendente. Y a veces nos ha demostrado que es una espiral que tiene descensos y repeticiones, tiene cálculo.

¿Y José Soler Puig?
Las estructuras de Soler eran muy interesantes. Cabrera Infante hizo un uso determinado del idioma y mis contemporáneos, por contaminación. Yo pertenezco a una generación narrativa muy interesante, que no ha tenido la difusión internacional, que creo que merecería. Autores como Senel Paz, Arturo Arango, Francisco López Sacha, Reinaldo Montero, Luis Manuel García, Miguel Mejides y otros más.

¿Cuál es tu próximo proyecto literario?
Todavía no he decidido. Tengo algunas vagas ideas relacionadas con el personaje de Mario Conde, pero prefiero no pensar hasta que tenga espacio para sentarme a materializarlo. Porque si no, es un proceso de mucho sufrimiento. Y espero, ya ahora, cuando regrese a La Habana, a mediados de diciembre, poder sentarme a esbozar esa posible historia.

¡Es difícil ser un escritor de éxito!
¡Es difícil escribir! Es lo más jodido… ¡Y el éxito te pasa o no te pasa!

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