La Gala de Grandes Intérpretes “Margarita Copello de Rodríguez” del pasado viernes 21 de agosto en el Teatro Nacional, organizada por la Fundación Sinfonía y Amigos del Teatro Nacional, encontró su verdadero centro en la complicidad entre Nadine Sierra y Xabier Anduaga, esa mágica cosa llamada química convirtió un programa deliberadamente heterogéneo, que transitó por ópera, zarzuela y Broadway, en una sola narración musical y demostró por qué son uno de los dúos más efectivos de la escena actual del bel canto internacional.
La química fue especialmente visible, y audible, en los dúos. Desde Parigi, o cara, de La Traviata, hasta O soave fanciulla, de La Bohème, pasando por L’elisir d’amore y Tonight, de West Side Story. Hubo escucha mutua, flexibilidad y una naturalidad escénica que permitió que cada sección tuviera identidad propia. Cuando dos cantantes realmente dialogan, el público deja de percibir entradas, respiraciones o ajustes de tempo y empieza a escuchar personajes conversando. Esa fue, probablemente, la mayor virtud de la noche.
Individualmente, Anduaga confirmó por qué su nombre ocupa hoy lugar privilegiado entre los tenores de su generación. Ah! mes amis, con sus célebres nueve do agudos, ofreció el momento más atlético de la noche, y su canto mostró también lirismo, soltura y una relación muy orgánica con el repertorio de la zarzuela. Sierra, por su parte, exhibió su internacionalmente celebrada versatilidad al transitar de la intensidad verdiana a la juventud de Gounod y del brillo de la zarzuela al fraseo teatral de Broadway sin perder personalidad vocal. En ambos casos, el virtuosismo apareció subordinado al estilo.
Mención especial merece la Orquesta Sinfónica Nacional, con José Antonio Molina al podio, que respondió a ese recorrido estilístico con precisión, sensibilidad y presencia, sosteniendo sin cubrir, respirando con los solistas y con agilidad para cambiar de lenguaje cuando el programa pasó de Verdi a Donizetti o de Puccini a Bernstein, evitando que la gala se fragmentara y permitiendo que la diversidad del repertorio mantuviera una continuidad musical convincente.
Entonces llegaron los bises y la gala cambió de temperatura. Anduaga eligió Júrame, de María Grever, canción que grandes tenores como Alfredo Kraus y Plácido Domingo incorporaron durante décadas a sus recitales. Sierra respondió con O mio babbino caro, de Puccini, y ambos cerraron con O sole mio. El público, ya entregado, convirtió ese último tramo en una celebración más cercana, menos ceremonial y, por ello, la más emotiva.

Ese epílogo terminó de borrar las fronteras que el programa había cruzado durante toda la noche. De la ópera a la zarzuela, de Broadway a la canción mexicana y finalmente a Nápoles, Sierra y Anduaga demostraron que la voz lírica puede viajar por universos distintos sin perder autenticidad. La gala comenzó con personajes y terminó con dos grandes artistas frente a un público de pie y regalándole a Santo Domingo una de las noches más memorables de la escena local de este año. ¡Ovación de pie!
