Bolívar de carne y hueso (2 de 3)

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Simón Bolívar y Simón Rodríguez en el Aventino.

El gran venezolano Simón Rodríguez (erudito, pedagogo, ácrata) se tropieza en el París de 1804 con un joven caraqueño (viudo, aristócrata) de quien fuese tutor un decenio atrás. A los veintiún años, aquel rico mantuano trotamundos, con toque de chapeau y soltura en retozos de baile, rompía corazones entre las luces y las sedas de los salones parisinos. Era Simón Bolívar.

Juntos viajan a Milán en 1805 y presencian la coronación de Napoleón Bonaparte como rey de Italia. El 15 de agosto de 1805, en Roma, ascienden los dos Simones al cerro Aventino. Erguido ante el horizonte, expresa Bolívar: “Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Cabrían las dudas: ¿En qué medida el dionisíaco furor de Simón Rodríguez transforma en potencia indetenible aquel romanticismo, idílico y afrancesado, de su antiguo discípulo ¿Con qué pujanza el pensamiento libertario del tutor aflora ileso en el éxtasis patriótico de Bolívar?

Ocho años tras la arenga del Aventino, Caracas proclama a Simón Bolívar como el Libertador. A los cuarenta y tres años, en la cumbre del poder, “amenaza con sobrevivirse y negar su destino de héroe solar”. A los cuarenta y siete, el hombre de la gloria y los tormentos, el Señor de la Palabra, el renegado esencial de un evangelio nacido en el filo de su espada, agoniza en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, Colombia. Banal e iracundo en aquel camastro. Trivialmente solo a la una de la tarde del diecisiete de diciembre de 1830, cuando la luz escapa de sus ojos retintos.

Hispanoamérica, como toda religión honorable, se funda sobre el ocaso y el tormento de su Padre Fundador. (PDM)

Bolívar de carne y hueso (fragmentos)
por Francisco Herrera Luque

Lo perenne de Bolívar
Lo más notorio y constante en el Libertador es el fulgor de su mirada […] “Sus dos principales distintivos --escribe Páez-- consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de sus ojos” […] A causa de esa ventana abierta a su cambiante afectividad, que va del tedio a la irritabilidad para caer en la melancolía, y saltar a la euforia, la concentración estudiosa o la abstracción ausente, no hay pintor que sea capaz de plasmarle su expresión. No hay dos retratos del Libertador, en su abundante iconografía, donde uno se parezca al otro. Hay cuadros, incluso realizados por consagrados pintores, donde es irreconocible su fisonomía.

Cuando la tristeza lo abatía, no había mirada más dolorosa que la suya, ni que mostrara con más diafanidad lo que puede hacer de un hombre la melancolía, el otro gran sentimiento hacia donde se polariza aquella afectividad mutante, pródiga y apasionada […] Su gesticulación y mímica, al igual que la expresión de sus ojos, es cambiante. De pronto aparece hierático, como un dios antiguo, en su silla presidencial de San Carlos o en el Palacio de los Virreyes o, vocifera, grita y gesticula con entusiasmo, indignación o alegría […] Las sillas no logran retenerlo [..] El Libertador no resiste el apoltronamiento ni para firmar. Según estudios grafológicos, la mayor parte de los documentos que llevan su rúbrica fueron firmados de pie […] En aquellas dilatadas cabalgatas que duraban meses y donde perecieron, del sólo cansancio, miles de hombres, solía tomar, con riesgo para su vida, la delantera. Seguido apenas por un puñado de edecanes, fustigaba su bestia para adentrarse en tierra incógnita, mientras el grueso del ejército quedaba en lontananza.

Era puntual con el sueño. A la hora señalada para dormir, nada ni nadie era capaz de retenerlo […] A las cuatro de la mañana estaba en pie soltando las amarras de su inquietud [..] “En las marchas –observa Páez—se le veía inquieto y procuraba distraer su impaciencia con canciones patriotas”.

El Señor de la Palabra

Su voz no era grave ni solemne; por el contrario, aguda, juvenil, si se quiere, estridente y chillona; y en particular, cuando montaba en cólera. Era, sin embargo, un gran orador. Por el histrionismo que lo caracterizaba y el fuego de sus convicciones era capaz de comunicar su entusiasmo tanto al palurdo como al más docto humanista […] Además de gran escritor, fue dueño de la palabra. Pero donde su genio se recrecía para asomarse imponente era al negociar. Más que persuadir, embelesaba, seducía, se apoderaba de su interlocutor para insuflarle sus creencias, la bondad de sus procedimientos, la conveniencia de sus medidas, lo inevitable de sus vaticinios; la necesidad impostergable de llegar a un acuerdo con un mínimun de concesiones por su parte […] Podía ser amable, afable, cálido, gracioso y llano hasta hacer que su interlocutor se sintiera a sus anchas. Bolívar era un seductor de talla descomunal. Conocía a perfección los resortes del alma humana; era un maestro consumado en el arte de mover a la acción opuesta a recios contrincantes; de inclinar la balanza a su favor, incluso en las circunstancias más adversas, como sucedió con Camilo Torres y Petión.

Su actitud ante la vida y la muerte

Era de una temeridad insensata, tanto en la gloria como en la pena. Nunca dio señales de preocuparse por su salud. Mantenía a distancia a los médicos y aunque los distinguía en su trato, desobedecía sus instrucciones, como lo demuestra sus prácticas de bañarse con agua helada cuando ya la tuberculosis hacía estragos […]

Uno de sus deportes favoritos era la natación, que practicaba cada vez que se le presentaba la oportunidad, aun en ríos plagados de caribes o en su gélida piscina de la Quinta en Bogotá […] En Angostura retó a un legionario a cruzar a nado el Orinoco con los brazos amarrados a la espalda […] Tánatos y Eros están siempre presentes en su existencia. Cuando ya lo dan por muerto, como sucedió en Pativilca, proclama a gritos su deseo de vivir y de triunfar, y cumple su propósito. Cuando vence a sus enemigos de la Conspiración de Septiembre, quiere morir y abandonarlo todo. Camino de Santa Marta, no cree hasta la víspera de su agonía en la inminencia de su tránsito. Confía hasta el último momento en retornar al poder, y con el auxilio de Urdaneta disolver el Congreso y restablecer por la fuerza la Gran Patria que se le ha escapado.

La esencia del Bolívar de carne y hueso

El Libertador era una naturaleza vital, cálida, resonante, carismática ante la cual nadie permanecía indiferente. Inervaba, contagiaba y seducía o provocaba frontales e irracionales rechazos por esa singularidad afectiva, tan presente y frecuente en profetas y caudillos […] Bolívar, por lo general, aunque nervioso siempre e intemperante a ratos, era afable, jovial y expansivo; llano en su lenguaje y trato, como un noble señor campesino; desposeído de afectación o de cualquiera otra gala que viniese a robustecer su jerarquía y rango. Su lenguaje cotidiano era el mismo castellano del hombre común, libre de rebuscamientos, salpicado de caraqueñismos y también de vocablos gruesos. ¿Cuán diferente es este Bolívar al que se nos ha vendido: solemne, sentencioso y grave, dejando caer sus palabras cual joyas hinchonas que recogen, codiciosos y embobados, amanuenses y tinterillos […] Lejos de ser el semidiós envarado y distante, mitad oráculo, mitad ídolo de piedra, salvo los momentos estelares que exigían solemnidad y grandeza, fue un venezolano como cualquier otro; capaz de dialogar con su jardinero sobre las hormigas que arruinaban el rosal o de susurrarle, pícaro, a su cocinera sus amoríos con el centinela.

La soledad del Libertador

Dice Heidegger que “el hombre, mientras más hombre es, más solo está”. En el Libertador se cumple a cabalidad este aserto. Sus últimos días fueron de una dolorosa soledad, donde algunos de sus acompañantes se condujeron más como guardianes que como abnegados compañeros. Es decidora y patética la anécdota del edecán que lo irrespeta en su lecho de muerte, al fumar en su presencia y recordarle los tabacos de Manuelita, cuando éste suavemente le protesta […] El sintomático proceso de soledad, que lo va envolviendo en sus últimos años, no podemos circunscribirlo a la ingratitud de todos, como se afirma con ligereza, a “la suerte del perdedor” del que todos desertan […] En los años siguientes ya no serán Ibarra, ni Soublette –como lo fueron a todo lo largo de su dilatada campaña— sus amigos íntimos. Lo serán Fergusson, Perú de la Croix y O’Leary, con quienes comparte su intimidad, desvelos y preguntas. Córdova, su fiel lugarteniente, al igual que Soublette, no sólo terminan por reaccionar en su contra, sino que acaudilla una insurrección armada, donde encuentra trágica muerte. ¿Cuál es la razón de estos hechos?
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(*) Francisco Herrera Luque (Caracas, 1927-Caracas, 1991). Médico-psiquiatra, académico, diplomático, ensayista, historiador, novelista. Autor de un celebérrimo conjunto de textos acerca de la historia venezolana, sus protagonistas y la gravitación del dominio español en Suramérica. Al imbricar la realidad con el imaginario colectivo, Herrera Luque construye una suerte de crónica real maravillosa, paralela a la historia oficial de Venezuela. Entre sus obras: Los viajeros de Indias, Los amos del valle, En la casa del pez que escupe el agua, La historia fabulada; Boves, el Urogallo; La luna de Fausto; Manuel Piar, caudillo de dos colores…

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