Carne de letras

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Algunos piensan que el ejercicio de verbosidad (que muchos se obstinan en llamar literatura) ha creado por lo menos cinco esencias corpóreas que sobrepasan (y suplantan) el espacio vital de sus creadores: Don Quijote, Sancho, Don Juan, Fausto y Hamlet. (Critón, le debemos un gallo a Flaubert).

Don Quijote es el sujeto caballeresco, idealista heroico, enfermo de alma, sublime, flaco y maltrecho, producto de ocho siglos de contiendas y de sueños exaltados. Representa uno de los personajes eternos de la historia humana: el espejo del mundo fabuloso que España creó, inventándose al mismo tiempo. Don Quijote, ha dicho Ortega y Gasset, es “el vencido esencial”, el vencido sin remedio —ya desde su primera aventura—, tanto por el impulso fatal del destino como también porque no podría triunfar en sus quiméricas empresas sin dejar de ser lo que él es. “Don Quijote no ha existido en España antes de los árabes, ni cuando estaban los árabes, sino después de terminada la Reconquista. Sin los árabes, Don Quijote y Sancho Panza hubieran sido siempre un sólo hombre: un remedo de Ulises”, ha sentenciado Ángel Ganivet. Prometeo bizco, ineficaz y sibilino, que no atina en sus culminaciones; justiciero ascético y alucinado que haría decir a Simón Bolívar: “En este mundo, los tres necios más grandes hemos sido Jesucristo, Don Quijote y yo”.

Sancho, dirá Unamuno, viene a ser la otra mitad de Don Quijote, como éste es la otra mitad de aquel. Uno, el soñador indomable, excelso, deslumbrado; el otro, el aldeano sensato, materialista y prosaico. Pero Sancho y Don Quijote devienen víctimas de una fusión rara y mordaz: el rudo escudero se hace de las locuras y fantasías del ideal quijotesco; el caballero andante, de su lado, asimila porciones del sentido común que le transmite su palurdo sirviente. A través de Sancho y Don Quijote, desde el espíritu de su pueblo, Cervantes mira a lo lejos el alma de la humanidad entera.

No se puede hablar en singular de Don Juan; habrá que referirse, en plural, a los Don Juanes. Don Juan no corresponde a una época ni a un país determinado. “Don Juan no vive por Tirso, aunque le haya adivinado”, dice Valbuena Prat. El donjuanismo es la hinchazón apasionada de la sensualidad. Don Juan recibe sin cesar, pero jamás entrega nada. El Burlador de Tirso de Molina es el festivo libertino que encarna, frente a las mujeres, la potencia desenfrenada del sexo; el que no distingue entre una fámula y una princesa. “¿Quién soy? Un hombre sin nombre”, dice Don Juan a la duquesa Isabel. “¿Quién ha de ser? Un hombre y una mujer”, es la respuesta, cínica y altiva, de Don Juan al rey. En su “Don Juan Tenorio”, Zorrilla hace la apoteosis romántica del personaje, redimido por el amor de Doña Inés, que lo purifica e ilumina todo con su inocencia. Pero la fascinación que ejerce Don Juan cesa cuando éste se enamora. La redención es su final: la tumba del seductor, la caída del hechicero. Gregorio Marañón ha dicho: “Las actitudes del hombre frente al amor son siempre las mismas, y oscilan como un péndulo entre dos gestos extremos, que invariablemente se repiten: o el amor se conquista y se sublima, o el amor se regala y se profana. Estamos ahora en la fase del amor regalado. Don Juan apenas tiene razón de existir”.

Fausto, a cambio de anhelos insatisfechos, pacta con el diablo. En lucha por la posesión de su cuerpo y de su espíritu, él sobrepasa los límites de lo humano. Fausto, mediante la inteligencia, intenta subir a las alturas que Don Juan escala con el furor de su sensualidad. Fausto acaso sería la clarividencia de Don Juan, en tanto Don Juan devendría en el erotismo de Fausto. Ortega ha sentenciado: “Fausto sale en busca de su destino íntimo y anda perdido por el universo sin dar con su propia vida. Fausto quiere ser y no sabe cómo, es decir, no sabe quién ser”. Fausto no sólo simboliza una sociedad y una época; representa el espíritu humano, excitado y ambicioso, que se afana por el conocimiento de la suprema verdad. Como dice Goethe, Fausto quiere “del cielo las estrellas más hermosas, de la tierra los más sublimes deleites, y nada de lo que está próximo o lejano puede calmar la agitación profunda de su corazón”. Es el hombre que discurre a través de la ciencia y de la vida y, al final, dolorido y desalentado y desesperado, sin haber alcanzado la verdad, decide buscar la muerte. Pero el espíritu del mal no puede robarle el alma; por el esfuerzo de su trabajo ha logrado liberarse del Ángel Caído. Los coros celestiales se llevan el alma de Fausto y elevan hacia la eternidad su dilatada apetencia humana, su avidez infinita de saber, envuelta en la flaqueza miserable de sus carnes.

Hamlet es hijo del rey de Jutlandia y de la hija del rey de Dinamarca. Un hermano asesina al monarca y se casa con la reina viuda. Hamlet se finge loco. El fantasma del padre le explica la verdad. El príncipe no logra comprender cómo su madre pudo casarse con el tío fratricida. Hamlet, el melancólico, el soñador, ha de cobrar este crimen. La vacilación y la duda retrasan la venganza. El desquite, al fin, tiene lugar. La débil voluntad de Hamlet vale de poco. Es el destino ineluctable quien se impone. El desagravio está consumado. Con sus enormes titubeos, con su infinita melancolía, con la lógica fría que yace detrás de sus dudas, Hamlet es el más vivo y moderno de los mitos literarios.
Un literato ruso, Turgueneff, dividió los caracteres idealistas en dos clases que personificaban en Don Quijote y Hamlet. Llamó quijotescos a los hombres cuyos ideales los empujaban al sacrificio, y hamletianos a aquellos otros en quienes los ideales se resolvían en dudas. Invicto héroe de la indecisión, Prometeo encadenado a sus pensamientos, el buitre de la certeza muerde sin cesar la entraña de sus dilemas. Hamlet inaugura la gran enfermedad del mundo moderno —el toedium vitae, el “ser o no ser”—, la sofocante inquietud por la existencia, el impotente alarido que se deshace en la nada, en el vacío, a la espera de Godot: en la categórica inanidad del destino humano.

La literatura ha descubierto este puñado de escondidos refugios, estas cinco perfiladas facciones del alma humana: la del heroísmo fútil, la del utilitarismo zafio, la del arrebato de la masculinidad instintiva, la del “titanismo activo” y aquella de la afligida cavilación enfermiza.

¿Podría exigirse más, acaso, al alucinado silencioso que embadurna de letras una página en blanco? ¿A ese huraño embrujado que descubre la esencia misma de la vida?

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