Hablar hoy de la frontera domínico-haitiana es adentrarse en uno de los espacios más complejos, sensibles y a menudo peor comprendidos de nuestra realidad nacional. No es sólo una línea sobre un mapa, ni un dispositivo de control, ni una herencia del pasado. La frontera es, ante todo, experiencia viva. Un territorio donde confluyen paisaje, circulación humana, intercambios económicos, tensiones silenciosas y formas cotidianas de convivencia.
El libro que presentamos, La Frontera. De Capotillo a Comendador, parte de esa convicción. No reduce la frontera a consigna ni a explicación única. No la aborda desde la abstracción teórica ni desde el grito. La recorre, la observa, la documenta, la muestra tal como es, con la paciencia del reportaje y la atención del testigo.
No es casual que los autores —Gustavo Luis Moré, Ruth Herrera y Gustavo José Moré— hayan escogido como arco simbólico dos puntos extremos cargados de sentido. Capotillo, en el norte, recuerda el inicio de la Guerra de la Restauración en 1863, cuando la República Dominicana reafirmó su decisión de existir como Estado soberano. Comendador, en el suroeste, representa otra dimensión de la frontera: menos épica, más cotidiana, menos inscrita en la memoria heroica, pero profundamente reveladora de la vida diaria. Entre ambos puntos se despliega un territorio extenso y diverso que el libro recorre sin prisa y sin estridencias.
Este no es un libro de historia. Las referencias históricas aparecen únicamente para situar un lugar, un monumento o un episodio significativo. El corazón de la obra es otro. La frontera. De Capotillo a Comendador es un amplio documento gráfico y humano. Un reportaje sostenido por fotografías, planos, mapas, imágenes aéreas, el registro del camino y la presencia concreta de los espacios.
Las páginas muestran ríos, montañas, valles, bosques y llanuras secas. El Masacre, el Artibonito, pasos formales e informales, carreteras principales y caminos secundarios. Iglesias, escuelas, parques, fortalezas, puestos fronterizos, mercados y pequeños núcleos urbanos. Las imágenes y los planos aportan información precisa y, al mismo tiempo, transmiten la sensación de habitar esos lugares. El territorio no es fondo: es protagonista silencioso. Cada fotografía recuerda que la frontera es concreta, irregular, áspera a veces, y que condiciona la vida de quienes la habitan.
Junto al paisaje, el libro incorpora reportajes de lugares emblemáticos y entrevistas que constituyen uno de sus mayores aciertos. Hablan lugareños, comerciantes, transportistas, trabajadores agrícolas, sacerdotes, militares, funcionarios públicos. Voces dominicanas y haitianas que no pretenden representar una verdad total, pero que juntas construyen una visión plural y verosímil de la frontera vivida. No hay personajes idealizados ni figuras demonizadas. Hay personas que trabajan, intercambian, resuelven, se adaptan. Estas voces permiten percibir el pulso de la frontera, desde la vida cotidiana hasta episodios de relevancia local.
El lector descubre así una frontera que no se deja reducir a las categorías habituales del debate público. No es solo tensión, ni únicamente escenario de problemas. Es circulación, negociación constante, soluciones prácticas. La economía que aparece en estas páginas es híbrida y funcional: mercados binacionales, comercio de pequeña escala, transporte informal, intercambio cotidiano de bienes esenciales. El libro no celebra ni condena: sencillamente muestra, describe, sitúa.
De forma tangencial, el libro deja ver la asimetría que existe entre las dos naciones que comparten la isla. Haití, con los indicadores socioeconómicos más bajos del continente, y la República Dominicana, que ha experimentado crecimiento sostenido en las últimas décadas. Esa desigualdad no es argumento ideológico: más bien un dato de contexto que atraviesa la vida fronteriza y explica muchas de sus dinámicas.
Aunque el libro no aborda específicamente la construcción del muro fronterizo, conviene señalar que medidas de tal naturaleza procuran mantener el control migratorio y resguardar la integridad del territorio nacional. En un espacio amplio y complejo, con flujos humanos constantes y un relieve desafiante, dichas estructuras ofrecen un marco de orden que facilita la gestión de pasos fronterizos y la seguridad de las comunidades.
Uno de los méritos del libro es su tono. En un tema propenso a la exageración y al grito, los autores optan por la sobriedad. La cámara no busca impacto fácil ni imagen efectista. El texto que acompaña las fotografías es descriptivo, contenido, funcional. Ofrece claves de lectura, sitúa al lector y permite que la realidad hable por sí misma. Esa elección formal es también una postura ética.
El resultado es una obra que invita a mirar con atención, a detenerse, a comprender la frontera: no como concepto abstracto, sino como sucesión de lugares concretos y vidas específicas. El lector no recibe un discurso cerrado, sino una experiencia prolongada: casi un recorrido físico a lo largo de la línea de Capotillo a Comendador.
En un momento en que la frontera ocupa un lugar central en el debate público dominicano, este libro aporta algo cada vez más escaso: una perspectiva. No pretende ofrecer soluciones ni dictar juicios. Su valor reside en mostrar, documentar, hacer visible una realidad compleja sin deformarla.

Las fronteras no se perciben desde la distancia ni desde las palabras. Se comprenden recorriéndolas, observándolas, escuchando a quienes las habitan. Eso es lo que hace este libro, con paciencia y sobriedad. Y al hacerlo, nos recuerda que ningún límite se vuelve inteligible sin mirada atenta, y que toda aproximación responsable comienza siempre por la observación honesta.
Porque al final, las fronteras no solo delimitan territorios: muestran cómo una sociedad enfrenta sus límites, reconoce al otro y se observa a sí misma. Comprender una frontera es, en esencia, confrontar la complejidad de la vida compartida, sus tensiones y sus silencios. Y este libro nos recuerda que toda mirada que atraviesa un límite revela, con la claridad del espejo, aquello que somos y aquello que no podemos ignorar.
(*Palabras de Pedro Delgado Malagón en la puesta en circulación del libro La Frontera. De Capotillo a Comendador, patrocinado por la Fundación de Desarrollo Fronterizo.
- Fotografías del libro proporcionadas por Gustavo José Moré y el Archivo General de la Nación). l
