Muros

Cuando uno levanta muros está volviendo a la Edad Media. Si no encuentras ninguna otra forma de resolver los problemas humanos, estás dando marcha atrás en el tiempo.
JOSÉ SARAMAGO

Allá

Mister Trump expresó: “Quiero construir un muro que sea impenetrable, físico, alto, poderoso, bello”. Es obvio que el mandatario norteamericano hablaba de una nueva pared de 1,609 kilómetros, destinada a extender los 1,046 kilómetros de valla fronteriza construida en los estados limítrofes de California, Arizona y Nuevo México.

Las especificaciones técnicas del Departamento de Seguridad Interior indican que se tratará “de una estructura sólida de concreto o transparente, con una altura físicamente imponente, entre 9.1 metros y 5.5 metros, soterrada dos metros para evitar los túneles, sin posibilidad de escalamiento (ni siquiera con los implementos más sofisticados), resistente a la acción prolongada con sopletes y herramientas de impacto y de corte”.

Aunque muchos ponen en duda los criterios del Departamento de Seguridad Interior. “¿Acaso piensan que un muro de 10 metros de alto no puede escalarse y que no pueden construirse túneles a una profundidad superior a los dos metros? Los túneles para el tráfico ilícito pueden llegar a tener una profundidad de hasta 21 metros”, comentó un diario de Arizona.

Ahora, la pregunta capital: ¿cuánto costaría el muro acariciado por el presidente Trump? Las opiniones se desplazan dentro de un rango muy extenso. El primero en referirse al tema fue el propio Trump, al anticipar el costo entre $10 mil y $12 mil millones de dólares (de $6.2 a $7.5 millones por kilómetro). Es obvio que, en este caso, empleaba como referencia el costo aproximado de $7.0 millones por kilómetro del muro existente.

Pero el desbordamiento apenas comenzaba. Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, pronosticó el muro en $15 mil millones; el Departamento de Seguridad Interior en $22 mil millones; el Washington Post en $25 mil millones, y el informe de los demócratas del Senado (opuestos a Trump) elevó a $70 mil millones la previsión global del proyecto ($43.5 millones por kilómetro).

Son opiniones políticas, sesgadas en ambos extremos, podrá argumentarse. De mi lado, confiaría más en el juicio técnico del MIT Technology Review que indica, como costo probable, un monto de $38 mil millones”. Una cifra de este orden ($23.6 millones por kilómetro) parecería razonable, habida cuenta de la elevación del muro, del precio de la tierra y de los múltiples obstáculos físicos presentes en la raya divisoria de México y EE. UU.

Aquí

La línea que imaginariamente nos separa de Haití corre a lo largo de 388 kilómetros. El trazo serpentea entre cordilleras, cuencas hidrográficas, abanicos aluviales, lomeríos y terrazas. Pero la frontera divide aquí dos realidades económicamente asimétricas y, al mismo tiempo, con referencias culturales distantes y diacrónicas.

El gradiente fronterizo ocasiona costos exorbitantes a nuestro país. Nadie lo duda. El espíritu nacionalista, exacerbado, fuera de sí, reclama hoy una muralla física que detenga los encubiertos flujos umbríos que traspasan la orilla dominicana. Un valladar que nos aísle del vecino tumultuoso y colérico, de ese que escupe sobre nuestra bandera y después la incendia. ¡El muro, el muro!, gritan algunos. ¡Plantaciones e industrias, hospitales y escuelas en la frontera!, claman otros. ¿De qué lado estaría la razón?

Dado que los haitianos no disponen de recursos para construir túneles profundos, con ventilación, iluminación y vías férreas, podríamos descartar ‘a priori’ el diseño de un muro de hondura excesiva. Por otra parte, y aunque la plusmarca mundial masculina de salto con garrocha es de 6.16 metros (establecida hace cuatro años por el francés Renaud Lavillenie), es improbable que una gran cantidad de vecinos pueda saltar sobre una pared con seis metros de altura. Nuestro muro, así, alcanzaría los nueve metros: tres metros soterrados y seis sobre el nivel de tierra. La pared, construida en hormigón de alta resistencia y convenientemente reforzada, necesitará un grosor aproximado (promedio) de 0.65 metros. Cada kilómetro dispondrá de un torreón para vigilancia y control. Tendremos que habilitar, al inicio, un camino paralelo al muro con el objeto de facilitar el acceso de equipos y materiales de construcción. Esta vía servirá, luego, para movilizar el personal de vigilancia y el suministro de pertrechos.

La erección del muro nos llevará a producir y colocar unos 4.0 millones de metros cúbicos de hormigón armado. Con tal propósito se emplearán, grosso modo, 5.7 millones de metros cúbicos de áridos procesados (grava, arena), 940 mil toneladas de acero y 2.0 millones de toneladas de cemento portland (alrededor de la mitad del volumen de cemento producido en 2017 por todas las fábricas del país). La mayor parte del trabajo tendrá lugar en territorio inhóspito, desolado, sin facilidades mínimas para emplazar las instalaciones de construcción y alojar el personal técnico y operativo. Tras un inventario de estas condiciones, es probable que el costo de construcción del muro finalice entre cuatro y cinco mil millones de dólares (de 10.3 millones a 12.9 millones por kilómetro), con un plazo previsible de ocho a diez años para concluir la obra.

Pero no debemos encubrir el daño que esta grave pared provocará en las montañas y cuencas hidrográficas fronterizas. El procesamiento industrial de 5.7 millones de metros cúbicos de áridos supondrá, como poco, la excavación y el traslado de unos nueve o diez millones de metros cúbicos de materiales arrebatados a las laderas rocosas o a los depósitos aluviales.
¿Podrán atravesar este muro los flujos de agua que viajan por la superficie y el subsuelo de las cuencas hidrográficas? Poco menos que ilimitado se entrevé el destrozo potencial a la macro cuenca del Artibonito (con 2,265 kilómetros cuadrados), que abarca las subcuencas de los ríos Macasía y Joca. Un perjuicio similar afectará la sostenibilidad de la cuenca del Masacre, en el ámbito de Dajabón. Y no será menor el impacto sobre la cuenca lacustre del lago Enriquillo. En síntesis, no conozco, y tampoco creo que existan, soluciones de ingeniería, dispositivos o instalaciones de cualquier naturaleza con capacidad para mitigar el daño irreversible que el muro provocará en la frágil ecología fronteriza.

Con todo, imaginemos ahora que ya existen los 388 kilómetros del muro. Y que los haitianos, bloqueados para el cruce terrestre, salen en botes y desembarcan en las costas de Montecristi o Pedernales. Nuestra Marina de Guerra reclama mayores recursos para controlar las decenas de yolas que, por el norte y el sur, de día y de noche, ingresan en territorio dominicano. En tal caso, alguien promoverá la idea de amurallar buena parte de los 1,575 kilómetros de nuestras costas. (Y acaso techar porciones de cielo cuando los vecinos descubran el Speed-Flying…). Sucede, sencillamente, que las murallas y los océanos devienen inútiles para atajar los reclamos del hambre. Las hambrunas del África subsahariana lanzan millares de indigentes al Mediterráneo. Desafían la olas y la vigilancia militar, se trepan por las paredes divisorias en Ceuta y Melilla…

A fin de cuentas, la realidad y el sentido común proyectan como plenamente frustratorio y fútil el muro en la frontera con Haití. La intuición y la experiencia apuntan al empleo de otros medios. Por ejemplo, en lugar de aquella inexpugnable pared de hormigón armado, pensemos en una regulada y eficazmente custodiada cinta fronteriza con industrias, hospitales y escuelas. El ejemplo está a la vista: miles de haitianos trabajan hoy de manera estable en las industrias de zona franca y en grandes plantaciones del lado dominicano. Todo esto, sin deserciones ni escapes sigilosos. Tres grandes enclaves se avizoran bajo esta iniciativa: Dajabón, Elías Piña y Pedernales. El gobierno dominicano debe proveer (la dictadura de Trujillo lo hizo, con éxito) viviendas y facilidades urbanas para los funcionarios asignados a la frontera. Será preciso, asimismo, un estímulo económico (acaso 50% de sobresueldo) al personal, civil y militar, alojado en el reverdecido ámbito medianero.

La frontera con Haití es ahora un territorio inexplicable, hostil, misterioso. Urge despojarlo de brumas y clandestinidades. Sólo si tornamos productiva y útil la línea divisora (sin muros, supersticiones ni tabúes) podremos mitigar esa involuntaria hipoteca histórica que, en todo momento, percibimos en nuestras calles y en las salas de maternidad de nuestros hospitales. Únicamente así.

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