Papeles del ayer

Abarrotada, por todas partes asediada, vivió la noche del pasado viernes la Casa de Teatro. Aquel enjambre de sentimentales ocupaba los rincones, las salas y los pasillos del tabernáculo que Freddy Ginebra construyera (hace ya 40 años) en la Arzobispo Meriño 110. Manos y brazos levantados dentro del vocerío, manos y brazos gesticulando en el caldero de una noche con 30 grados centígrados a la luz de la luna.

Se acercaba la hora de Carlos Luis presentar un recital con la música de Joan Manuel Serrat. Era una vieja fantasía de este admirable guitarrista, compositor y cantante cubano/dominicano. Porque su devoción hacia el gran Serrat era igual de intensa que de antigua. Él escuchó a Joan Manuel por primera vez en La Habana; y su inmediata influencia lo hizo elegir, como oficio para la eternidad, la música y el canto.

Carlos me pidió unas palabras, a modo de introducción de su concierto. Además del afecto que abrigo hacia él, mi admiración por el Serrat de los años primeros (ese que trotaba en las orillas del mar Mediterráneo, llena la boca de un nombre con sabor a hierba) me condujo a redactar una breve presentación del recital.

Ha transcurrido mucho tiempo (era la fecha en que se amontonaban años cortos e incontables quimeras) desde cuando supe la noticia del mozalbete catalán enamorado de la humanidad y de la vida. Él pronunciaba alegatos de amor y de justicia, que no eran sino instancias de lluvia y de albedrío. Tenían sus palabras la claridad de un mar íntimo y cerrado. A este chaval embelesado y sutil todos lo llamaban Serrat, Joan Manuel Serrat. En aquella hora nos subyugaban su pasión y las señales de un canto que florecía por encima de todas las incertidumbres. Y era esa música esencia y doctrina, además de evangelio poético. Un himno generoso y redentor, en el instante en que se apagaban las tutelares deidades del pasado.

Años más tarde, conocí a un joven cubano, vástago también de catalanes, a quien juzgué, desde la emoción inicial, como uno de los mejores guitarristas de América. A él, a ese chico cubano, todos lo llamaban Carlos Luis. Y en aquel tiempo uno podía sentir cómo nacía de sus manos el arduo misterio de la armonía de Marta Valdés y de César Portillo de la Luz, de José Antonio Méndez y de Adolfo Guzmán.

Pero también Carlos se asomaba, con destreza impar, al contrapunto de Sindo Garay y al encumbrado cielo poético de Manuel Troncoso.

Ahora y aquí, en esta sala propicia, tendremos un encuentro (o quizá un reencuentro) de Carlos Luis con Serrat. De un Joan Manuel transterrado a la Casa de Teatro de Freddy Ginebra. Acaso de un Serrat aggiornado y ennoblecido por el expresivo virtuosismo de Carlos Luis. Digamos que será la concurrencia de dos lejanos cómplices, que se envuelven y abrazan en el apasionado trayecto de un arte sin confines.

Derramados frente a nosotros, ellos dos, en un discurso de lirismo incontenible.

En suma, que habremos de ser esta noche los testigos del apretón de manos entre dos zagales de la vetusta Catalunya –cercanos y separados, distantes y simultáneos en este regocijo de espejismos– quienes provocarán aquí la resurrección de muchos sueños. Y que al concluir esta fiesta (entre impalpables banderolas: verdes, rojas y amarillas), créanme, nos habrán cocido lenta y dulcemente el corazón: palmo a palmo, vuelta y vuelta…


Casa de Teatro
Santo Domingo, República Dominicana
4 de julio de 2014

Posted in Apuntes de Infraestructura

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