Santo Domingo: una conversación con el tiempo

Ensayos sobre la ciudad y la civilización

IX. La ciudad y el tiempo
Al cabo de más de cinco siglos, Santo Domingo continúa cambiando sin haber dejado de ser reconocible. Sobre las primeras calles se levantaron murallas y fortalezas; después, iglesias, conventos, casas y parques. Más tarde aparecieron las avenidas, los puentes, los túneles, los elevados, las estaciones del Metro y las torres que extendieron la ciudad mucho más allá de sus antiguos límites. Cada época modificó la anterior y dejó sobre ella una señal, sin borrar por completo lo recibido.

Tal vez esa sea la condición más profunda de Santo Domingo: su historia está en la manera en que unas épocas se han depositado sobre otras. La ciudad puede leerse como un manuscrito corregido muchas veces: debajo de una escritura quedan fragmentos de las anteriores. La calle contemporánea pasa por encima de la antigua; el edificio nuevo se levanta junto a una casa de otro tiempo; el automóvil atraviesa espacios que alguna vez fueron recorridos a pie, a caballo o en carruaje.

El río Ozama es la primera gran referencia de esa continuidad. Allí comenzó la historia urbana de Santo Domingo. El asentamiento inicial estuvo en su margen oriental y, en 1502, Nicolás de Ovando ordenó el traslado de la ciudad a la margen occidental, donde estableció el trazado que habría de convertirse en uno de los modelos urbanos más influyentes de América. Desde entonces, el río ha acompañado la vida de la ciudad como frontera, puerto, vía de comunicación y paisaje. Ha separado sus márgenes y, al mismo tiempo, las ha obligado a encontrarse.

Quizá por eso el Ozama sea algo más que un accidente geográfico. Es una especie de reloj de agua de Santo Domingo. Mientras sus aguas siguen hacia el mar Caribe, la ciudad cambia de escala, de materiales, de velocidades y de habitantes. A su alrededor se levantaron fortificaciones, muelles, barrios, puentes y nuevas vías. La ciudad creció junto al río hasta desbordarlo, pero el río permaneció allí, indiferente.

Desde la Ciudad Colonial puede comprenderse mejor esa relación entre tiempo y espacio. El antiguo trazado conserva buena parte de su estructura y continúa siendo un espacio vivo. No es solamente el vestigio de una ciudad desaparecida, sino una parte de la ciudad que todavía se habita. Sus calles y plazas conviven con comercios, viviendas y actividades cotidianas. El pasado no está encerrado allí: circula.

Pero basta avanzar hacia Gazcue para que el tiempo cambie de ritmo. Aparecen otros árboles, otras proporciones, otras casas. Más adelante, las avenidas adquieren otra escala y la ciudad comienza a hablar el lenguaje de la expansión metropolitana. Después llegan los grandes corredores de tránsito, los edificios de oficinas, los centros comerciales y las torres residenciales. Son momentos diferentes de una misma ciudad.

Esa superposición constituye una de las singularidades de Santo Domingo. Su identidad no depende de haber conservado intacta una imagen del pasado, sino de haber acumulado imágenes distintas sin que unas hayan eliminado enteramente a las otras. La Ciudad Colonial, Gazcue, los barrios tradicionales, las grandes avenidas y la arquitectura vertical forman una continuidad imperfecta, pero reconocible.

En una época en que muchas capitales empiezan a parecerse, esa diversidad posee un valor que no siempre sabemos apreciar. Las torres, los materiales y los centros comerciales pueden repetirse. Lo que no puede repetirse es la historia que produjo a Santo Domingo. Está en la relación entre sus calles y el río, entre el río y el mar, entre las murallas y las avenidas, entre las casas antiguas y los edificios que aparecen cada año.

Por eso modernizar una ciudad no significa reemplazarla. Significa añadirle nuevas posibilidades sin destruir aquello que todavía puede hablar. Hay edificios que deben preservarse y otros cuya desaparición puede ser inevitable; calles que necesitan cambiar de función y otras cuya escala tiene valor. Hay infraestructuras que resuelven problemas reales y otras que, concebidas sin una visión de conjunto, terminan creando problemas nuevos. La ciudad obliga a elegir, y cada elección deja una consecuencia.

El urbanismo es, por tanto, algo más que cálculo y construcción. Es una manera de intervenir en el tiempo. Una avenida puede acercar barrios que durante décadas estuvieron separados, pero también fragmentar comunidades. Un puente puede reducir distancias y modificar la estructura económica de una zona. Un parque puede convertirse en lugar de encuentro o terminar como espacio residual. La recuperación de un edificio puede devolverle a un barrio una parte de su memoria; su demolición puede hacer que una esquina pierda para siempre el significado que tuvo para varias generaciones.

Santo Domingo necesita nuevas infraestructuras, mejores sistemas de transporte, espacios públicos de calidad y soluciones capaces de responder a su crecimiento. Pero ninguna de esas necesidades debería plantearse como si la ciudad comenzara hoy. Todo proyecto entra en contacto con una ciudad que ya existe, con memoria, hábitos, paisajes, heridas y afectos.

De ahí que el progreso no pueda medirse solamente por lo que se añade. También debe medirse por lo que se consigue conservar mientras se transforma. Una ciudad puede crecer y empobrecerse al mismo tiempo: multiplicar edificios y mejorar infraestructuras mientras pierde árboles, espacios de encuentro o fragmentos significativos de su paisaje. Puede ganar velocidad y perder lugares donde detenerse. Puede hacerse más eficiente para circular y menos amable para vivir.

Mirar esa transformación obliga a pensar en una escala temporal distinta de la que suelen utilizar los gobiernos. Una administración tiene un período; una infraestructura puede durar décadas; una decisión puede afectar a generaciones. La ciudad, en cambio, no obedece a esos calendarios.

Una obra pública tiene una fecha de inauguración. Santo Domingo no. La ciudad comenzó antes que nosotros y continuará después. Lo que hoy parece definitivo será mañana parte de una historia que otros reinterpretarán. Lo que hoy parece secundario puede convertirse, con el tiempo, en una de las pocas huellas de nuestra época. En las calles que atravesamos todos los días no solamente se mueve el presente. También permanece el pasado y comienza a insinuarse el futuro.

El Ozama, indiferente a nuestras obras, continúa llevando hacia el Caribe las aguas que vieron crecer la primera Santo Domingo. Nada permanece exactamente igual, pero tampoco nada desaparece por completo. La ciudad transforma lo que recibe y, al transformarlo, lo convierte en otra cosa. Su continuidad no consiste en permanecer idéntica, sino en conservar suficiente memoria para que el cambio no se convierta en pérdida absoluta.

Santo Domingo ha sobrevivido porque ha sabido cambiar. La Ciudad Colonial permanece junto a la ciudad moderna; el trazado antiguo convive con la infraestructura contemporánea; el río continúa frente a edificios que sus primeros habitantes jamás pudieron imaginar. Esa coexistencia no siempre es armoniosa, pero constituye su realidad.

El desafío consiste ahora en no romper esa continuidad. No se trata de convertir Santo Domingo en un museo ni de impedir que crezca. Tampoco de aceptar cualquier transformación en nombre del progreso. Se trata de comprender que cada intervención escribe sobre una página que ya contiene otras escrituras.

Algún día nosotros también seremos parte de esa página. Quienes habiten Santo Domingo dentro de cincuenta o cien años caminarán por las calles que hoy estamos modificando. Utilizarán los puentes que construimos, atravesarán los parques que decidamos conservar y vivirán entre los edificios que hoy levantamos. Contemplarán el Ozama desde una ciudad que todavía no podemos imaginar.

No podrán preguntarnos por qué hicimos una cosa y no otra. La respuesta estará allí, delante de ellos, convertida en paisaje. Quizá entonces comprendan que la historia de una ciudad no consiste solamente en lo que sus habitantes construyen, sino también en aquello que deciden preservar. Santo Domingo seguirá escribiendo su historia cuando nosotros hayamos dejado de hacerlo.

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