Puentes: Ciencia y Arte

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En aquel tiempo los puentes tenían nombre propio y un espíritu. Los llamaban Puente de las Brujas, Puente Colgado del Techo del Mundo, Puente de los Deseos, Puente de los Suspiros…

Acabo de leer una obra elogiable, escrita por el maestro ingeniero Reginald García Muñoz: Puentes: Ciencia y Arte. Se trata de una fervorosa meditación acerca de la teoría y la práctica, en torno a la técnica y la inteligencia de diseñar y construir esas estructuras que, desde los días de Roma, llamamos puentes. El libro, vale la pena destacarlo, aparece primorosamente ilustrado con bocetos a mano libre y fotografías de un puñado de las obras erigidas por él en las calles y carreteras de nuestro país.

Tanto como ingeniero estructural sabio, Reginald es un artista nato. Cuando joven, modelaba caretas de diablos cojuelos en La Vega. Luego inició estudios de Derecho. Más tarde volvió a la Escuela Secundaria para graduarse de Bachiller en Matemáticas.
Fue Rosacruz, observador de platillos voladores, político izquierdista, pintor de cuadros en caballete. Se graduó de Ingeniero Civil con notas sobresalientes. Salió del país a realizar una Maestría en Diseño y Cálculo Estructural. A lo largo de una carrera profesional de más de 50 años, él ha concebido centenares de estructuras para edificios y puentes. En el ámbito local de la Ingeniería y la Arquitectura, el nombre de Reginald García es un símbolo de competencia.

Un puente es una estructura capaz de soportar cargas estáticas y dinámicas, tendida sobre un obstáculo con el propósito de atravesarlo. Los puentes incluidos en este libro tienen algo en común: adaptación al entorno, sencillez estructural y perfección plástica. Digámoslo mejor: belleza. El puente de separación de rasantes de las avenidas Winston Churchill y John F. Kennedy es una valiente solución, en la que el tablero se sustenta sobre una hilera de columnas centrales, coronadas por capiteles en forma de cono truncado. El puente peatonal construido frente al Parque Olímpico está inspirado en la silueta de un esquiador, donde el apoyo representa al hombre, los cables del puente la soga de esquiar y el tablero de la estructura es el bote que tira del deportista. El repertorio de Reginald es vasto: estructuras isostáticas para la carga muerta e hiperestáticas para las cargas vivas, rótulas en forma de “mandarinas sin cáscara”, arcos biarticulados, arcos de doble curvatura, arcos con tablero inferior.

Reginald García es un ingeniero culto. Viaja mucho y lo observa todo: los puentes que se construyen en New York, los puentes de Calatrava en Sevilla, los puentes de cable atirantado de Fernández Troyano. Reginald estudia, examina y piensa. Así, su obra se instala y sobresale en un paisaje urbano que progresa y crece ante nuestros ojos atónitos.

Es muy reciente la historia de los puentes en nuestro país, digamos, alrededor de un siglo. Los primeros puentes importantes los finalizó la intervención norteamericana de 1916. Después, la dictadura trujillista consolidó el sistema vial del país y surgieron centenares de estructuras para atravesar ríos y quebradas. Nombres como Leonte Bernard Vásquez, Petrus Manzano, Mario Penzo Fondeur, Alfredo Manzano, Luis Sosa Boudré, Everaldo Roa, Horacio Ortega y Tage Holsteinson evocan la historia de los puentes dominicanos hasta el decenio de los 70. Entonces se construían plataformas con vigas o arcos de hormigón armado, retículas metálicas o estructuras colgantes. Después de los años 70, se imponen los elementos preesforzados de hormigón, y Reginald García es uno de los pioneros en este campo.

Sin perder el rigor, yo podría afirmar que el conjunto de los puentes peatonales diseñados por Reginald (varias decenas, en diferentes localidades del país) ofrecen la perspectiva de una escuela dominicana auténtica, así en lo referente a las soluciones estructurales como en lo tocante al valor estético. En este primoroso libro, no cabe duda, se formulan las premisas de un pensamiento propio, de un verdadero proyecto nacional robusto y genuino, con soluciones estructurales armónicas y cultamente elaboradas.

Puente, en latín, se decía “pontem”. Los romanos llamaban “pontífice” a quien construía un puente. Así, el “Sumo Pontífice” dirige la Iglesia, que construye puentes entre la vida mundana y lo trascendente. Reginald García Muñoz, en plano más terrenal, es un pontífice que, con sus obras, eleva y dignifica la categoría del espacio citadino.

Saludo con entusiasmo la aparición de este libro singular: meritorio como texto de enseñanza, valiosísimo a modo de obra de consulta, e irreemplazable como fundamento de identidad en la ingeniería dominicana.

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