Rostros escondidos

Las pruebas de la muerte
son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal…
JORGE LUIS BORGES
La cara extraviada de Cervantes
Don Quijote y Sancho asoman en cada vestigio del páramo. Tras el silencio claveteado de molinos de viento, y desde el fingido umbral de una vigilia, cabalgan las siluetas (trenzadas por Dalí, Picasso, Chagall, Cézanne, Goya, Corot, Daumier, Delacroix, Fragonard, Doré, Pollock, Vela Zanetti) del escuálido hidalgo de la Mancha y su paje rollizo. Empero, el genuino talante de quien urdiera las andanzas de aquella pareja impar constituye hasta hoy un misterio.

Dicen que Miguel de Cervantes Saavedra es ‘El caballero de la mano en el pecho’ de El Greco. Doctos cervantinos, tienda aparte, dudan que en vida de don Miguel alguien plasmara su efigie sobre un lienzo. Inclusive el retrato de Cervantes que cuelga en la Real Academia Española (atribuido a Juan de Jáuregui) se ha tildado de apócrifo, de inauténtico.

Abundan los grabados y las estampas de los nombres ilustres del Siglo de Oro español (de Góngora, de Lope, de Calderón, de Mateo Alemán, de Quevedo). Pero nada sabemos, es triste, de la fisonomía de Cervantes. Cuanto podamos imaginar ahora de aquel rostro perdido lo despacha vagamente el mismo don Miguel (con 66 años) en el prólogo de sus Novelas Ejemplares:

“Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal condicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…”.

Et illud dixit. Hoc est verum…
El hombre de los mil rostros

¿Quién fue en realidad William Shakespeare? No se conserva su partida de nacimiento, por lo que no sabe si nació realmente en Stratford-upon-Avon en 1564. Tampoco puede asegurarse que acudiera a la escuela y tuviera conocimientos de gramática latina. ¿Qué hizo durante los ‘años oscuros’, transcurridos entre su boda en 1582 y su aparición en Londres, en 1592, como parte de la compañía de Lord Chamberlain? Todos sus manuscritos se perdieron en un incendio del teatro The Globe. Algunos de ellos, nunca publicados, estarían ocultos quizás en su tumba en la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford.

De igual manera, las seis firmas que se conservan de él presentan todas distintas ortografías. Hay diferentes retratos, muchos posteriores a su muerte, y no se sabe cuál de ellos es el que lo describe fielmente. Ciento cincuenta o doscientos años después de su muerte, distintos críticos comienzan a plantearse si el Shakespeare de Stratford es realmente el autor de las obras que se le atribuyen. Sus detractores se basan en la idea de que un hombre procedente del vulgo no puede tener una gran cultura, una gran formación clásica, ni un gran vocabulario (en las obras de Shakespeare aparecen más de 21,000 vocablos diferentes; Harold Bloom afirma que en Shakespeare “se han alcanzado muchos de los límites posibles del lenguaje”).

Tampoco podría haber viajado tanto como para ubicar sus obras en lugares tan diversos, ni conocer tan al dedillo la historia de Inglaterra. Por si fuera poco, debería saber distintas lenguas para tener lecturas de autores cuya influencia se aprecia en su obra. Y hay además en ella múltiples referencias al mundo del derecho, la medicina, el protocolo y la cetrería, que un hombre de la masa es imposible que pudiera dominar.

Algunas teorías surgen entre quienes afirman que la obra de Shakespeare fue escrita por otros literatos. En primer término, se apunta a que el verdadero autor era Christopher Marlowe, graduado de Cambridge, creador teatral de reconocido prestigio en la época, pendenciero y espía de la Corona inglesa, que muere en el 1593 en una reyerta de taberna por asuntos de dinero. Justo el año en que curiosamente Shakespeare comienza a publicar y a ser conocido. Ambos tendrían por entonces la misma edad, pero mientras uno era un desconocido, el otro contaba en su haber con una extensa producción. Los defensores de esta tesis afirman que también hay muchas similitudes en la obra de ambos autores, como la influencia de Ovidio, el uso del verso blanco, los conocimientos de la historia inglesa, y más. Así las cosas, ¿fingió Marlowe su propia muerte y continuó publicando bajo el pseudónimo de William Shakespeare?

Otros apoyan la idea de que Shakespeare era Francis Bacon (1561-1626), un célebre filósofo, político, abogado y escritor, padre del empirismo filosófico y científico. Bacon estaba vinculado a la masonería y era miembro de una sociedad secreta: la orden de la Rosa Cruz. Sus iniciados se llamaban a sí mismos Spear–Shakers (los que agitan la lanza, en honor a Atenea). Es decir, el nombre de Shakespeare invertido, y al parecer es así como figura en las primeras ediciones de la obra del autor inglés.

Los defensores de esta hipótesis dicen también que hay muchas alusiones biográficas que coinciden con la existencia de Bacon. Él vivía en St. Albans, población cercana a Londres que se menciona quince veces en la obra de Shakespeare. En ambos autores abundan las referencias bíblicas, a las leyes y a los clásicos, ambos emplean las mismas citas.

Expertos en criptografía han localizado muchos mensajes secretos distribuidos en sus obras, como uno que afirma que el autor de ellas es sir Francis Bacon. En 1917, un estudioso austríaco especializado en la obra de Bacon, Alfred von Weber-Ebenhof, publica un libro donde concluye que sir Francis no sólo es el autor de la obra de Shakespeare, sino que también ha escrito el Quijote. Se basa en lo siguiente: ciertas frases concretas del diario de Bacon aparecen tanto en el Quijote como en la obra de Shakespeare. En el juego de máscaras creado por Cervantes, el español se confiesa como padrastro del Quijote e insinúa que el verdadero autor es un cronista morisco llamado Cide Hamete Benengeli. Según Ebenhof, esto se traduciría como Cide (Señor o Lord), Hamete (Bacon o jamón), Ben (hijo) y Engeli (Inglaterra), lo cual significa: “Lord Bacon, hijo de Inglaterra… escribió nuestra historia”.

Vislumbro en esta fase que alguien, en algún instante y en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, advirtió que Cervantes y Shakespeare eran el mismo personaje. Que las prisiones y las deudas y los combates de Cervantes fueron únicamente falsedades que le permitieron disfrazarse de Shakespeare y escribir su obra de teatro en Inglaterra. En tanto que el comediante Shakespeare, el hombre de los mil rostros, escribía el Quijote en España. Esa discordancia entre fechas reales, unida al suceso imaginario de una muerte simultánea, permitió al espíritu de Cervantes trasladarse a Londres, a tiempo para volver a morir en el cuerpo de Shakespeare.

Advierto, en seguida, que no descreo como tampoco afirmo el azar de que Shakespeare y Cervantes fuesen sólo un individuo. Para decirlo con palabras habituales del propio Quijano: “Todo podría ser… todo podría ser…”.

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