Frontera de sombras
El sol bajaba detrás de la colina cuando el sargento Ortega escuchó pasos entre la maleza. No era raro que cruzaran de noche. A esa hora el calor bajaba un poco y los guardias se relajaban. Pero él no.
—Detente— dijo con voz firme.
Los pasos siguieron. Ortega levantó el fusil. Estaba solo. Los otros dos soldados habían ido a buscar café. Entonces salió una mujer. Tenía el rostro cubierto con un pañuelo sucio y un bulto contra el pecho. El bulto lloró. Era un niño.
—No dispares —dijo en creole, o algo parecido—. Es mi hijo.
Ortega bajó el arma. No por compasión, sino por experiencia. Sabía reconocerlos. No eran criminales. Los criminales cruzaban en grupos, con armas, y no lloraban. Esta mujer estaba sola. Tenía los pies descalzos. El niño también.
—¿De dónde vienes?
—Gressier —dijo ella.
Ortega no sabía si ese pueblo existía. Pero aprendió que lo importante no era de dónde venían, sino por qué. Siempre era lo mismo: hambre, miedo, violencia. A veces todo junto.
La mujer se sentó en el polvo. El niño seguía llorando. Ortega encendió un cigarrillo. Pensó en su hija, que dormía en casa con un ventilador. Y en su mujer, que protestaba cuando él llegaba tarde.
—No puedes quedarte aquí —dijo—. No es tu país.
La mujer no lloró. No suplicó. Solo lo miró. Como quien ya lo ha perdido todo.
Y esa es la frontera.
Haití está roto
No es un juicio moral. Es un hecho. Bandas armadas dominan calles, barrios, ciudades enteras. Secuestran, roban, matan. Las escuelas cierran. Los hospitales también. El gobierno no gobierna. La policía no patrulla. El miedo manda. Y los que pueden huyen. Los que no, sobreviven como pueden.
Del otro lado de la isla, la República Dominicana trata de seguir funcionando. Tiene sus propios problemas, sí. Pero no está rota. Hay gobierno, hay leyes, hay instituciones. No perfectas, pero en pie. Y en ese contraste está el dilema.
¿Qué hacer cuando tu vecino se quema y tú no quieres arder con él? Miles de haitianos cruzan la frontera. Algunos buscando trabajo. Otros escapando de la violencia. No todos cruzan bien. Algunos traen problemas. Otros traen solo miedo y hambre. Muchos no traen nada.
Los dominicanos sienten la presión. Lo dicen, lo gritan. Temen por su seguridad, por su empleo, por su identidad. Temen perder lo que tanto ha costado construir. Pero la República Dominicana no puede ni debe cargar sola con el colapso haitiano. No tiene los recursos. No tiene el deber. Y sin embargo, no puede desentenderse. Porque el desastre está al lado. Porque la frontera es porosa. Porque ignorarlo sería peor.
¿Qué hacer?
Primero: controlar la frontera con firmeza y sin odio. Hay que invertir en vigilancia, en tecnología, en formación profesional. No se trata únicamente de construir muros infranqueables, sino de levantar una muralla de legalidad. Saber quién entra, por qué entra y en qué condiciones.
Segundo: tratar al que entra con dignidad. Si lo hace legalmente, que se someta a nuestras reglas. Que trabaje, que tribute, que se integre. Si entra ilegalmente, debe ser devuelto. Sin odio, pero sin vacilaciones. Una nación sin ley en sus fronteras está condenada.
Tercero: exigir la responsabilidad de la comunidad internacional. Haití no solo es un problema dominicano. Francia lo explotó hasta el agotamiento. Estados Unidos lo ocupó sin dejar instituciones sólidas. La ONU estuvo, pero se fue dejando un vacío. Todos tienen deudas con Haití. Que las paguen. Con recursos, con programas sostenibles, con una intervención seria. No con discursos vacíos ni con resoluciones tibias.
Cuarto: proteger nuestra identidad sin caer en el racismo. Defender la soberanía y el orden no es xenofobia. Es sentido común. Pero hay que tener cuidado. El odio étnico es una trampa. No ayuda. Solo envenena.
Y por último: recordar que la compasión no está reñida con la firmeza. Que un país fuerte es el que sabe decir “no”, pero también sabe cuándo decir “sí” con humanidad. Que ser justos no es ser blandos. Y que proteger al país no significa olvidar que, al otro lado, hay seres humanos desesperados.
La crisis haitiana no se resolverá en un año. Ni en cinco. Pero se puede empezar. Con verdad, con decisión, con aliados. Y con la certeza de que no hacer nada es el peor camino.
Mientras tanto, habrá más mujeres cruzando con niños en brazos. Más soldados despabilados al borde del polvo. Más miradas duras. Más preguntas sin respuesta.
Y lo único que no se puede hacer es cerrar los ojos. Porque cuando uno vive al borde del abismo, lo más peligroso no es el otro. Es dormirse.
