Bajo el cielo sin fronteras Memorias póstumas de Isabelle Eberhardt

Autor: BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA

Capítulo I. La niña que no aceptó el espejo

N ací en Europa, pero jamás aprendí a habitarla. Mi infancia estuvo rodeada de libros y sospechas. Mientras otras niñas aprendían bordados y reverencias, yo escuchaba conversaciones sobre política, religión y filosofía. Se esperaba de mí docilidad; ofrecí preguntas. Se esperaba silencio; respondí con estudio.

Recuerdo un atardecer en el jardín de nuestra casa. Tenía apenas trece años. Un visitante, amigo de la familia, me observaba con esa mezcla de condescendencia y curiosidad que los adultos reservan a las niñas demasiado inteligentes.

—Mademoiselle Isabelle —me dijo—, ¿qué desea ser cuando sea mayor?
No dudé.
—Libre.

El hombre rio.

—La libertad no es una profesión.
Yo lo miré fijamente.
—Es la única digna.

Aquella respuesta fue considerada insolente. Para mí fue una revelación. Desde temprano comprendí que el mundo femenino europeo era una habitación cerrada. Matrimonio, respetabilidad, discreción. Tres barrotes dorados. Mi espíritu se agitaba contra ellos como un pájaro contra el cristal.

Leía sobre Oriente con fervor. No el Oriente fantasioso de los pintores académicos, sino el mundo real del islam, con su rigor y su grandeza espiritual. En el monoteísmo austero percibía una fuerza que contrastaba con la religiosidad tibia de mi entorno.

Cuando mi padre murió, el vínculo que me retenía se debilitó definitivamente. La casa se volvió más estrecha. Las miradas más vigilantes. Una noche, al cerrar un libro de historia árabe, comprendí que debía partir. No hubo escena dramática. No hubo discurso. Solo una certeza silenciosa.

El viaje hacia Argelia fue un desprendimiento progresivo. Con cada kilómetro sentía que algo en mí se deshacía: expectativas ajenas, identidades impuestas, nombres que no elegí. La primera vez que contemplé la extensión árida del interior argelino, sentí miedo. No el miedo físico —aunque ese vendría después— sino el temor de quien se asoma a su propia verdad.

El desierto no ofrece refugio psicológico. Amplifica lo que uno es. En una pequeña ciudad del sur, conocí a un anciano marabú. Su rostro estaba surcado de arrugas profundas como cauces secos. Me observó en silencio largo rato antes de hablar.

—Tú no eres de aquí —dijo finalmente.
—No —respondí.
—Pero tampoco eres de donde vienes.

Aquella frase me atravesó.

—Busco un lugar —murmuré.

El anciano negó suavemente con la cabeza.

—No busques lugar. Busca camino.

Esa noche anoté en mi cuaderno: “No pertenecer es una forma de pureza.” Fue el comienzo de mi metamorfosis.
Pronto comprendí que, para moverme con libertad en aquel mundo, debía adoptar una apariencia masculina. La decisión no fue teatral; fue pragmática. Las mujeres estaban recluidas en espacios que yo no quería habitar.

La primera vez que vestí ropa de hombre, sentí una extraña mezcla de alivio y vértigo. Frente al espejo no vi impostura, sino posibilidad. Dejé de ser Isabelle para convertirme en Si Mahmoud. No fue traición a mi sexo; fue ampliación de mi ser.

Con ese nuevo nombre comencé a recorrer aldeas y caminos polvorientos. La hospitalidad de los pobres me enseñó más que cualquier tratado filosófico. Compartí pan duro, té amargo, historias contadas a media voz bajo la noche estrellada.

Una tarde, mientras avanzábamos hacia un oasis lejano, un joven beduino me preguntó:

—Mahmoud, ¿por qué viajas sin caravana propia?
—Porque no poseo nada —respondí.

Él sonrió.

—Entonces posees lo esencial.

No entendí de inmediato. Más tarde comprendí: quien no tiene carga puede seguir al viento. Sin embargo, la sombra del dominio francés estaba siempre presente. En los puestos militares se respiraba una tensión sorda. Los oficiales observaban a los indígenas con mezcla de desprecio y temor.

En una ocasión, un capitán francés me interrogó con desconfianza.

—¿Es usted europeo?
—Lo fui —respondí.
—¿Y ahora?

Lo miré fijamente.

—Ahora viajo.

Su ceño se frunció.

—Eso no es una nacionalidad.
—Es la única que me interesa.

Aquel intercambio marcó el inicio de mis fricciones con la autoridad colonial. Yo no era una militante política, pero mi simpatía por los nómadas me colocaba en una posición incómoda.
Comencé a escribir con mayor urgencia. Sentía que debía testimoniar aquella realidad antes de que fuese deformada por relatos oficiales.

En uno de mis textos apunté: “El europeo habla de civilizar; el beduino habla de resistir. Entre ambos, el desierto guarda silencio.” Ese silencio sería mi maestro.

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