Los pleitos continuos de Gerard contra Matilda, delante de sus hijos, el pequeñín Jean-Michel y sus dos hermanas, provocaron que ambos se separaran y que él, joven, se fuera a las calles a deambular y entrar al bajo mundo de New York cargado de delincuentes y drogadictos. Muchos de estos se la lucían demarcando sus territorios y hasta se entretenían pintando paredes gigantescas y trenes, con un “arte” nuevo, diferente, que escondía mensajes codificados, entre las pandillas dedicadas a la venta de drogas: El graffiti.
Los trazos parecían sacados del cuadro “mujer bajando la escalera” de Duchamp, y muy cercano a un “cubismo abstracto” colorido y violento.
Esa es la primera escuela “artística” de Basquiat que andaba pa’rriba y pa’bajo, con un moño de sus trenzas rastafaris en babonuco, y una cara de inocencia marchita, tratando de vender sus dibujos para comer, como Enmanuel en el parque Colón de Santo Domingo.
El día que Basquiat se coló en un restaurante, de “high light”, junto a Warhol, el camarero, “sacaborracho”, lo agarró por el cuello de la chaqueta Lee de vaquero, y no lo pateó rumbo a la calle porque Andy le dijo “… he’s with me” en un inglés de Palacio Buckingham.
Sentados, comieron y bebieron a su antojo, mientras Basquiat se apuraba a mostrarle sus dibujos y trataba de venderle un par. La panza primero.
Andy, con su sonrisa seca y malintencionada, lo veía sin verlo desde su peluca de cabuya blanca, calculando “como joder al negrito”.
En la medida que lo estudiaba, de pie a cabeza, preparaba el plan para el jovencito “que ya, después de cinco copas de vino”, le caía en gracia.
Ese día fue el primero de la “gran vida” que se dio Basquiat y el inicio de su breve calvario sobre el Planeta Tierra.
- Esos dibujitos no sirven de nada- le dijo. Ven a mi taller y escoge 50 telas de gran formato y píntalas como te dé la gana, que ya tiene fecha tu exposición.
Warhol, gran publicista y conocedor de todos los “críticos”, coleccionistas, dueños de galería y ya pago por el Congress Cultural for Freedom, tenía luz verde para captar “talentos” que se sumaran al proyecto de “artistas libres”, muy diferente a los artistas sometidos a pintar bien, obligados por Stalin y sus herederos, en una Guerra Fría sin sentido.

Basquiat fue vendido y colocado en lo mas alto del ranking mundial de las cotizaciones, era, sin duda, EL REY DEL GARABATO, con dinero por rumba y con posibilidad de darse la droga mas cara y la cantante más famosa: Madonna… con el permiso de Andy.
Ese alto-bajo mundo, en el que cayó como paracaidista de avioneta ametrallá, le permitió trasladar todos los disparates de graffiti que había hecho en las calles como SAMO, y venderlos a los “grandes coleccionistas” que tenían que incluirlo, por “sugerencia” de Andy.
Y eso no se puede confundir con el movimiento que encabezó Jean Dubuffet en Francia cuando descubrió las pinturas de los pacientes de los hospitales psiquiátricos. Para él, ese arte espontáneo, sin referencias, sin formación académica, sin compromiso, era un arte despreciado y desconocido.
Dubuffet consiguió reunir una colección de más de 5,000 obras en “la Compagnie d’Art Brut” que se expuso en el Chateau de Beaulieu de Lausana en Francia. Art Brut no es bruto de brutalidad, ni rústico, es más el “bruto” cuando se define un diamante sin talla, ni pulidos. Algunos escritores de arte hablaban de “privitivismo” y otros de “arte infantil” o “naïf”. También cualquier manifestación artística fuera de la cultura oficial se le conoció como “arte marginal”.
Aquí conocimos a Carlos Goico clasificado, sin encaje, en un supuesto “expresionismo figurativo” y a Nadal Walcott, como “naïf”, sin perspectiva ni proporciones académicas en sus dibujos.
Basquiat cayó en la trampa de Warhol atraído por la fama y el dinero fácil de la “factoría”, nombre perfecto a la fábrica de basura por un equipo armado por él como si fuese un pacto diabólico de alguna secta para producir mucho dinero, y él como el gurú.
De ese grupo se salva Francesco Clemente, con una obra de valores estéticos marcados.
Los jóvenes artistas que no entendieron la existencia de ese engranaje que Andy construyó, muy inteligentemente, no pueden entender por qué sus basuras, “que son mejores”, no se venden igual que las de él, si acaso se venden.

Porque Andy, que era un experto en publicidad, aprendió lo que es el engaño publicitario, cómo se crea una campaña de algo para que el público lo perciba como “el mejor producto”, el más necesario, aunque no lo necesiten; el imprescindible en nuestras vidas. Esa especialidad de publicista, Warhol la aplicó, conociendo a la perfección, las características de la sociedad de consumo, sus leyes, sus mecanismos de promoción y, lo más importante, las cabezas de las instituciones y el modo de relacionarse con ellas.
Su “obra” fue un producto para ser consumido al igual que todos los que formaron parte de su Factoría, que no atelier.
El producto creado no tiene que ser bueno, y no lo era, de eso se encarga su talento de vendedor de cosas y sus relaciones construidas con el ingenio y el objetivo de que todos ganen: coleccionistas, dueños de museos, directores de casas de subastas y el “artista” de marras.
El producto de Basquiat fue envuelto en papel exótico con fragancia de millones a la vista. Y así fue. Basquiat pertenece al segundo mundo del arte, sin valor estético. Voilá!
(Escrito sin chatGPT ni IA).
