Ahora nadie envejece. Envejece la cédula, que todavía no ha aprendido a mentir.
Hasta mi madre pone filtros a las fotografías. Un día recibí una suya y tuve que mirar el nombre para saber quién me escribía. Habían desaparecido las arrugas, las manchas, los años y casi toda evidencia de haber vivido. Pensé que cualquier día terminaría preguntándole a aquella muchacha digital cómo estaba mi madre.
Los filtros llegaron para corregir lo que la naturaleza insiste en recordar.
Uno se toma una fotografía y comienza la reconstrucción. Las ojeras. Las canas. La barriga. La nariz. Los dientes aparecen blancos, aunque el café de treinta años diga lo contrario.
El negro quiere salir más claro. El blanco quiere salir bronceado. El viejo quiere parecer joven. El joven quiere parecer importante. Nadie parece demasiado satisfecho con el ciudadano que encontró esta mañana frente al espejo.
Después publicamos la fotografía y esperamos los elogios. “Qué bien te ves”. Naturalmente. No soy yo.
Lo curioso ocurre cuando conocemos personalmente a alguien que solo habíamos visto en las redes. Uno llega al restaurante buscando a una persona que sencillamente no asistió. En su lugar aparece otra con quince años más, algunas libras adicionales y una cara que el teléfono había declarado inconveniente.
La política también descubrió los filtros.Ya no basta retocar fotografías. Ahora se retocan candidatos. Les corrigen la voz, la ropa, los gestos y las palabras. Les recomiendan abrazar niños, visitar mercados, comer empanadas y sonreír ante personas que probablemente nunca volverán a ver.
También les borran el pasado. Ese filtro resulta más caro. Lo manejan asesores.Un candidato puede amanecer moderno, sencillo, sensible y preocupado por los pobres, aunque durante veinte años haya pasado frente a ellos sin disminuir la velocidad.
Después llegan las elecciones y descubrimos que también nosotros usamos filtros.Vemos solamente aquello que queremos ver. Quizás por eso deberíamos recuperar la vieja costumbre de mirarnos sin retoques. Con las canas. Con las arrugas. Con los años.
Con la cara que tenemos. Pero tampoco pidamos demasiado.
Una fotografía sin filtro todavía puede soportarse. Un candidato sin filtro sería otra cosa. Podríamos reconocerlo. No lo sé.
Demuéstrame que estoy equivocado…
