61 años de mi ordenación sacerdotal

Introducción

Celebro 61 años de aquel día que marcó para siempre mi vida. El 23 de enero de 1965, por la imposición de manos de monseñor Juan Félix Pepén Soliman, fui ordenado sacerdote. Fue el momento en que el Señor me tomó definitivamente para Él y me confió su pueblo. Desde entonces, mi vida dejó de pertenecerme solo a mí.

Aquella ordenación tuvo además un significado especial para la Iglesia dominicana y para mí en lo personal: fui el primer sacerdote ordenado para la Diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey, creada en 1959. Una diócesis joven, nacida bajo el amparo de la Virgen, con grandes desafíos pastorales y con un pueblo profundamente creyente. Desde ese día comprendí que mi sacerdocio estaría íntimamente unido a esa tierra bendita y a la devoción altagraciana que ha marcado mi vida y nuestra identidad como nación.

Sesenta y un años después miro atrás con profunda gratitud. He vivido mucho, he visto mucho, he aprendido mucho. He conocido la alegría serena del deber cumplido y también el peso de la cruz. Pero, sobre todo, he experimentado la fidelidad de Dios, que nunca abandona a quien confía en Él.

1-El llamado, misterio que me precede
Toda vocación sacerdotal nace en el corazón de Dios antes de hacerse audible en el corazón del hombre. Mirando atrás, reconozco que el Señor me llamó mucho antes de que yo supiera responderle. Me llamó en mi familia, en la fe sencilla que recibí allí, en la devoción mariana aprendida desde niño, en el ambiente creyente de mi pueblo Higüey, donde la Virgen de la Altagracia educa el corazón, incluso antes de que uno lo sepa.

El llamado no fue una voz estruendosa, sino una atracción interior, persistente, serena, después de leer un libro de la vida de Jesús, del jesuita José Julio Martínez. No entendía entonces la magnitud de aquel sí, ni las renuncias que implicaba, ni las alegrías que traería consigo. Hoy comprendo que Dios no revela todo de una vez, porque nos asustaríamos. Él pide confianza, no cálculo. Y esa confianza ha sido, durante 61 años, el cimiento de mi caminar sacerdotal.

2-El día de la ordenación, una marca para siempre
El 23 de enero de 1965 permanece grabado en mi alma y corazón como un antes y un después. La imposición de manos de monseñor Juan Félix Pepén Soliman fue el acto sacramental mediante el cual Cristo mismo me configuró como sacerdote suyo, para siempre.

Ser ordenado como primer sacerdote de la Diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia fue una gracia que entonces no alcancé a medir del todo. Con los años he comprendido la responsabilidad que implicaba: ayudar a construir una Iglesia particular, acompañar a un pueblo creyente, sembrar donde otros habían comenzado antes con sacrificio y entrega.

Ese día entendí también que el sacerdote no se pertenece ni vive para sí mismo. Su tiempo, sus capacidades, sus planes y hasta sus límites quedan entregados. Desde entonces, mi vida quedó definitivamente unida al altar, a la Palabra y al pueblo de Dios.

3-El sacerdocio es don para ser partido y repartido
En estos 61 años he aprendido que el sacerdocio no es un privilegio, como creen muchos. Es un don para gastarse. El sacerdote está llamado a ser pan partido, vino derramado, presencia, incluso cuando no es correspondido.

Celebrar la Eucaristía ha sido siempre el centro de mi vida. Todos los días celebro la misa, y en 61 años, cada vez que la celebro y pronuncio las palabras de consagración, experimento un santo temblor. Cristo se ha servido de mis manos pobres para darse como alimento a su pueblo. Ninguna rutina ha logrado borrar ese asombro. Cuando el sacerdote pierde el asombro, pierde el alma del ministerio.

También el sacramento de la reconciliación ha marcado profundamente mi ministerio. Escuchar confesiones es entrar en tierra sagrada. Allí el sacerdote aprende a ser humilde, a no juzgar, a ser instrumento de la misericordia de Dios.

4-Alegrías que justifican toda una vida
Si hoy tuviera que responder a la pregunta de si ha valido la pena ser sacerdote, mi respuesta es clara: sí, ha valido la pena, y mil veces sí. Ha valido la pena cada obra realizada, cada sacramento celebrado, cada desvelo y cada dificultad.

Las mayores alegrías han venido de la gente sencilla. Por ejemplo, cuando he visto que a través de mí una vida se reconcilia con Dios o una familia se fortalece y viven en unidad. También cuando un joven descubre su vocación por medio nuestro. Hermanos, no hay recompensa mayor que ver actuar a Dios y saber que uno fue solo un instrumento.

He sido testigo de la fidelidad de Dios en medio de la fragilidad humana. Y eso llena el corazón de una alegría inmensa.

5-Las pruebas y la cruz en el camino
No sería honesto hablar de estos años sin mencionar las pruebas. El sacerdocio no está exento de sufrimientos. Ha habido momentos de incomprensión, de prueba y de dolor. Y también han venido de quienes debían comprender mejor. No lo digo con amargura, sino con realismo evangélico.

Estas experiencias, lejos de destruir y acabar la vocación, la han purificado. Me han ayudado a comprender mejor el misterio de la cruz y a unirme más a Cristo. La perseverancia en la vocación sacerdotal podría decir que se mide por la permanencia junto a la cruz, como lo hizo María Santísima.

6-El servicio episcopal como prolongación del sacerdocio
Cuando el Señor me llamó al episcopado, bien sabía que no se trataba de dejar de ser sacerdote, sino de vivir el sacerdocio de otra manera, más amplia, más exigente. El obispo sigue siendo, ante todo, un sacerdote, llamado a servir y a entregar la vida por su pueblo.

He procurado ejercer este ministerio con espíritu pastoral, cercano, consciente de que la autoridad en la Iglesia es servicio. El pueblo no espera que nosotros seamos príncipes, sino pastores que huelan a ovejas, como nos dijo el recordado Papa Francisco. Nada me ha dado más satisfacción que sentirme padre, hermano y compañero de camino.

7-María de la Altagracia, madre y compañera
No puedo hablar de mi vida sacerdotal sin mencionar a Nuestra Señora de la Altagracia. Ella ha estado presente desde el inicio. A ella le consagré mi vida y vocación.

Este fin de semana vuelvo a Higüey, a presentarme ante su imagen, darle gracias y encomendarle lo que resta del camino. Hacerlo es siempre una necesidad interior. En ella he encontrado el modo más humano y evangélico de vivir el sacerdocio.

8-Mirando el futuro con paz
A los 61 años de ordenación, no hago grandes planes. Solo pido al Señor la gracia de permanecer fiel hasta el final, de servir mientras me conceda fuerzas, y de presentarme un día ante Él con las manos vacías de méritos, pero llenas de confianza. Cuando llegue ese momento de rendir cuentas, sé que me juzgará con amor y misericordia.

Si volviera a nacer, volvería a ser sacerdote. Y si hoy debo resumir estos años en una sola palabra, esa palabra es gracia. Todo ha sigo gracia. Todo sigue siendo gracia.

Conclusión
CERTIFICO que al cumplir mis sesenta y un anos de sacerdote, dejo constancia que todo ha sido gracia de Dios.

DOY FE en Salvaleón de Higüey a los veinticuatro (24) días del mes de enero del año del Señor dos mil veintiséis (2026).

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