Introducción
El maligno, también llamado Satanás o el demonio, no es una fuerza impersonal ni una idea, es una criatura espiritual real, con voluntad e inteligencia, enemiga de Dios y de la humanidad. Así lo afirma con claridad la Sagrada Escritura, lo enseña sin ambages el Magisterio de la Iglesia y lo confirma la experiencia.
Frente a la confusión doctrinal que caracteriza a muchos ambientes actuales, y al olvido sistemático de las realidades invisibles, es imperativo recordar a los fieles la existencia y actividad del maligno. No por miedo ni por obsesión, sino por verdad y por vigilancia evangélica. La Iglesia es madre y maestra también en esta dimensión, enseñando a sus hijos a evitar el pecado y a resistir activamente al tentador, fortalecidos por la gracia de Cristo.
En un mundo que relativiza la verdad, disuelve la noción del pecado y ridiculiza la vida espiritual, el demonio ha encontrado terreno fértil para operar de forma encubierta. Pero la Iglesia, fiel a su misión, no ha dejado de alertar a los fieles sobre la acción real, personal y concreta del maligno. Más aún, nos recuerda que Cristo ya lo ha vencido, y que esta victoria es también nuestra, si permanecemos firmes en la fe y unidos a la gracia de Dios.
En este artículo presento siete aspectos clave sobre el maligno, desde su origen hasta los medios que la Iglesia nos da para hacerle frente, deteniéndome especialmente en la figura de San Benito Abad, cuya fiesta celebramos ayer, 11 de julio, y cuyo legado espiritual es particularmente elocuente en el combate contra las insidias del diablo.
1- Criatura caída
El primer error frecuente sobre el demonio es verlo como una especie de “fuerza cósmica” que rivaliza con Dios. Esto es una herejía de raíz dualista que la Iglesia ha rechazado desde sus orígenes. Satanás no es eterno ni omnipotente. Es una criatura, un ángel que fue creado bueno pero que por su soberbia se rebeló contra Dios.
El Catecismo enseña claramente que el demonio es “un ser espiritual, que fue creado por Dios, pero que se ha vuelto malo por su propia elección” (CEC 391). El Concilio de Letrán IV (1215) lo expresa así: “El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios buenos en naturaleza, pero ellos se hicieron malos por sí mismos”. Esta caída fue un acto libre, definitivo e irrevocable. El pecado del demonio fue el de querer ser “como Dios”, sin Dios, antes que Dios.
Es bueno destacar que el demonio tiene un conocimiento y poder superiores a los del ser humano, pero absolutamente inferiores a los de Dios. El temor desordenado hacia él no tiene fundamento para quien vive en estado de gracia. Aun así, ignorar su existencia o minimizar su acción es caer en su más astuto engaño: “El mayor truco del diablo es convencernos de que no existe”, se ha dicho con razón.
2- Su acción en el mundo es tentar, confundir y dividir
La manera más frecuente en que el demonio actúa es a través de la tentación. San Agustín enseña que el demonio “es como un perro atado: ladra, muerde si puede, pero sólo si tú te acercas”. No puede forzar nuestra voluntad, pero sí insinuar, seducir, sugerir. Su herramienta predilecta es la mentira, como dijo Jesús: “Es mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8, 44).
La tentación no siempre es burda. Puede venir disfrazada de bien, de autonomía, de compasión mal entendida. El demonio conoce nuestras debilidades y las explota. En tiempos de confusión, como los actuales, su acción se manifiesta también en el ámbito doctrinal. Cuando se relativiza la verdad, se desacralizan los sacramentos o se difunde una “misericordia” sin justicia, el demonio aplaude.
Otra táctica muy suya es la división. Divide a los esposos, a las comunidades, a los presbíteros, y hasta intenta dividir el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. La palabra “diablo” viene del griego diabolos, que significa “el que divide”. Allí donde hay discordia, desobediencia, murmuración y sospecha, hay también una grieta por la que se cuela el tentador. La unidad eclesial, en cambio, es signo claro de la presencia del Espíritu Santo.
3- La posesión y otros fenómenos extraordinarios
Aunque menos frecuentes, existen formas extraordinarias de acción demoníaca: posesión, obsesión, opresión. En la posesión diabólica, el maligno llega a tomar control por voluntad y decisión de la propia persona, del cuerpo de una persona (aunque nunca de su alma), provocando a veces manifestaciones físicas, como fuerza desmedida, conocimiento de lenguas desconocidas, aversión a lo sagrado, y más.
La Iglesia, con gran prudencia, establece que antes de declarar una posesión se descarte toda causa médica o psiquiátrica. Sólo el obispo puede autorizar un exorcismo, y debe encomendarlo a un sacerdote sabio, piadoso y formado en la teología espiritual.
El rito del exorcismo no es magia, como muchas veces se piensa. Es oración oficial de la Iglesia, fundada en la autoridad de Cristo. El exorcista actúa “in persona Ecclesiae”, y su autoridad no radica en su santidad personal, sino en la potestad conferida por la Iglesia. En la mayoría de los casos, sin embargo, las personas sufren influencias ordinarias del demonio, más que posesiones, y necesitan sobre todo dirección espiritual, sacramentos, vida interior o asistencia médica.
4- San Benito, escudo espiritual contra el demonio
San Benito Abad, patriarca del monacato occidental, fue un verdadero maestro en el arte del discernimiento espiritual y la lucha contra el diablo. Su vida, relatada por San Gregorio Magno, está llena de episodios donde resplandece su autoridad espiritual frente al demonio: visiones, milagros, resistencia a las tentaciones, y una paz invencible ante las asechanzas del maligno.
La célebre medalla de San Benito, como toda cruz, con la cruz y las palabras Crux sacra sit mihi lux, non draco sit mihi dux (“La santa cruz sea mi luz, no sea el demonio mi guía”), se ha convertido en signo de protección. No tiene valor en sí misma, pero es eficaz como signo de fe en Cristo crucificado y en la intercesión del santo.
San Benito enseñaba a sus monjes a “no anteponer nada al amor de Cristo”, y a “mantener siempre ante los ojos la muerte” como forma de vigilancia espiritual. Su vida de oración, silencio, trabajo y obediencia fue una escuela perenne de resistencia contra el enemigo. En este tiempo, más que nunca, necesitamos redescubrir esa sobriedad espiritual.
5- Las armas del cristiano
San Pablo nos exhorta a revestirnos “con la armadura de Dios” (Efesios 6, 11), porque nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra “los espíritus del mal”. Esta armadura está compuesta de elementos espirituales: la fe, la Palabra de Dios, la oración perseverante, la caridad, y especialmente los sacramentos.
La confesión frecuente rompe las cadenas del pecado, expulsa al demonio y fortalece la voluntad. La Eucaristía es el alimento de los fuertes: quien comulga en gracia de Dios se vuelve templo del Altísimo y fortaleza inexpugnable contra el mal. El demonio odia la Eucaristía porque es Cristo real, presente y victorioso.
El Santo Rosario ha sido, en manos de los santos, un arma invencible. San Pío de Pietrelcina lo llamaba “el arma contra Satanás”. La lectura orante de la Palabra de Dios ilumina y deshace las tinieblas. El ayuno, practicado con rectitud, libera de ataduras espirituales. Todos estos medios están al alcance de cada cristiano.
6- La Virgen María, terror de los demonios
La Virgen María, la llena de gracia, es enemiga irreconciliable del maligno. Desde el Génesis (cf. Génesis 3, 15), la Escritura anuncia una enemistad radical entre la mujer y la serpiente. Esa mujer es María, la nueva Eva, que con su “sí” reabrió las puertas de la salvación.
Los exorcistas lo atestiguan: cuando se invoca a la Santísima Virgen, el demonio tiembla. A veces la insulta, la teme, se retuerce al oír su nombre. ¿Por qué? Porque ella es todo lo que él no puede ser: pura, humilde, obediente. En María no hay ninguna sombra de pecado, y por eso brilla con toda la claridad de Dios.
Consagrarse a Ella, invocar su auxilio, rezar el Rosario, y vivir en comunión con su corazón inmaculado, son formas de hacer de nuestra vida un bastión inexpugnable contra las artimañas del diablo. “Ella te aplastará la cabeza”, dice la Escritura. Y así será.
7- El discernimiento entre lo espiritual y lo psicológico
No todo lo que nos perturba espiritualmente viene del demonio. El discernimiento es necesario para distinguir entre una tentación espiritual, una condición emocional, o una situación psicológica. Una espiritualidad madura sabe identificar los movimientos interiores y no atribuir todo al enemigo.
San Ignacio de Loyola, en sus reglas del discernimiento, enseña a detectar cuándo el buen espíritu actúa y cuándo lo hace el mal espíritu. El demonio puede disfrazarse de ángel de luz, susurrar falsas consolaciones o promover escrúpulos disfrazados de piedad.
El acompañamiento espiritual, la confesión frecuente, la obediencia a la Iglesia y el estudio del Evangelio ayudan a afinar este discernimiento. En una época como la nuestra, donde abundan los gurús, lo esotérico y las falsas soluciones espirituales, urge volver a las fuentes limpias de la tradición católica.
Conclusión
CERTIFICO que si quieres continuar profundizando en este tema, puedes acudir a mis libros Discernimiento de espíritus, El combate contra el maligno, El maligno en el Nuevo Testamento y Así lo dijo el Papa Francisco sobre el maligno.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los doce (12) días del mes de julio del año del Señor dos mil veinticinco (2025). l
