¿Qué enseña la iglesia sobre la donación de órganos?

Introducción

Como vi tanto interés en conocer la respuesta en la persona que me preguntó ¿qué enseña la Iglesia sobre la donación de órganos?, se me ocurrió publicar dicha respuesta. Por eso lo hago ahora, citando textos del Magisterio de la -iglesia en su Catecismo Universal, en San Juan Pablo II y en el Papa Benedicto XVI. Helos aquí:

1- Según el Catecismo de la Iglesia Católica

“El trasplante de órganos es conforme a la ley moral si los daños y los riesgos físicos y psíquicos que padece el donante son proporcionados al bien que se busca para el destinatario. La donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio, que debe ser alentado como manifestación de solidaridad generosa. Es moralmente inadmisible si el donante o sus legítimos representantes no han dado su explícito consentimiento. Además, no se puede admitir moralmente la mutilación que deja inválido, o provocar directamente la muerte, aunque se haga para retrasar la muerte de otras personas” (#2296).

2- San Juan Pablo II con ocasión del XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes

“Los trasplantes son un gran paso adelante de la ciencia al servicio del hombre y no son pocos quienes hoy día continúan vivos gracias a un órgano trasplantado. Progresivamente la técnica de los trasplantes ha probado su utilidad en alcanzar el primer objetivo de la medicina: el servicio a la vida humana. Esto fue el motivo por el que en la Encíclica Evangelium Vitae sugerí “la donación de órganos, practicada desde una ética aceptable, hace posible ofrecer mejoras en la salud o incluso la vida misma a enfermos que, en ocasiones, no tienen esperanza (...)”.

A destacar, como observé en una ocasión anterior, que cada órgano trasplantado tiene su origen en una disposición de gran valor ético: “la decisión de dar sin contrapartidas, parte de nuestro cuerpo para la salud y bienestar de otra persona” (Address to the Participants in a Congress on Organ Transplants (21 de junio 1991). Aquí precisamente yace la nobleza del gesto, un gesto que genuinamente es un acto de amor (...).

Por otro lado, cualquier procedimiento con intención de comercializar órganos humanos o que los considere objeto de intercambio debe ser considerado éticamente inaceptable porque el uso del cuerpo como objeto viola la dignidad de la persona humana.

Este punto tiene una consecuencia ética de gran trascendencia: la necesidad del consentimiento informado. Esta decisión de gran valor humano requiere que cada individuo esté bien informado acerca del proceso que le afecta, con la finalidad de que adquiera una posición a favor o en contra. Del mismo modo, un consentimiento análogo debería ser dado también por los receptores de órganos donados.

Es preciso recordar también que la dignidad humana subyace sobre la base de que órganos vitales del cuerpo humano solo pueden ser extraídos tras la muerte. En este sentido, se debería recordar que la muerte de una persona es un único evento, consistente en la desintegración total de la unidad corporal que es la persona misma.

Sucede de la separación del principio de la vida (o alma) desde la realidad corporal de la persona. (...). La experiencia humana muestra que una vez que la muerte sucede, ciertos signos biológicos aparecen y que la medicina ha aprendido a reconocer y evaluar con precisión. Es bien conocido el hecho de que los conceptos clásicos de muerte han evolucionado desde los tradicionales criterios cardio-respiratorios a los ahora llamados criterios neurológicos. Específicamente consisten en establecer de acuerdo con parámetros universalmente consensuados por la comunidad científica internacional, el cese completo e irreversible de la actividad cerebral (cerebro, cerebelo y troncoencéfalo). Estos son considerados criterios de que el organismo ha perdido irremediablemente su capacidad de integración (...).

Otra cuestión de importancia ética es la distribución de los órganos donados entre los que esperan en las listas de trasplantes. A pesar de los esfuerzos en promover la donación, los recursos disponibles en un gran número de países son insuficientes para cubrir las necesidades médicas. De ahí para controlar la distribución de órganos para trasplantes en base a criterios médicos y transparentes.

Desde un punto de vista moral un principio de justicia obvio requiere que la asignación de órganos no sea discriminatoria (por ejemplo, en base a edad, sexo, raza, religión, estado social, etc.) o utilitaria (por ejemplo, basada en posición laboral, rango social, etc.). El reparto de los órganos debe hacerse en base a criterios médicos y factores inmunológicos. Cualquier otro criterio valorado como arbitrario o subjetivo y que no reconozca el valor de la persona humana debe ser rechazado (...).

Finalmente, animo a políticos, educadores y representantes sociales a trabajar más para destacar valores culturales de generosidad y solidaridad. Esta es una necesidad para instalar en el corazón de la gente, especialmente en el corazón de los jóvenes un genuino y profundo amor fraterno, un amor que pueda ser expresión de la decisión de hacerse donante de órganos” (19 de agosto de 2000).

3- Benedicto XVI: Criterios éticos para los trasplantes de órganos
“La donación de órganos es una forma peculiar de testimonio de la caridad. En un tiempo como el nuestro, con frecuencia marcado por diferentes formas de egoísmo, es cada vez más urgente comprender cuán determinante es para una correcta concepción de la vida entrar en la lógica de la gratuidad. En efecto, existe una responsabilidad del amor y de la caridad que compromete a hacer de la propia vida un don para los demás, si se quiere verdaderamente la propia realización. Como nos enseñó el Señor Jesús, sólo quien da su vida podrá salvarla (cf. Lc 9, 24).

El cuerpo de toda persona, junto con el espíritu que es dado a cada uno individualmente, constituye una unidad inseparable en la que está impresa la imagen de Dios mismo. Prescindir de esta dimensión lleva a perspectivas incapaces de captar la totalidad del misterio presente en cada persona. Por tanto, es necesario que en primer lugar se ponga el respeto a la dignidad de la persona y la defensa de su identidad personal.

Por lo que se refiere a la técnica del trasplante de órganos, esto significa que sólo se puede donar si no se pone en serio peligro la propia salud y la propia identidad, y siempre por un motivo moralmente válido y proporcionado. Eventuales lógicas de compraventa de órganos, así como la adopción de criterios discriminatorios o utilitaristas, desentonarían hasta tal punto con el significado mismo de la donación que por sí mismos se pondrían fuera de juego, calificándose como actos moralmente ilícitos. Los abusos en los trasplantes y su tráfico, que con frecuencia afectan a personas inocentes, como los niños, deben ser unánimemente rechazados de inmediato por la comunidad científica y médica como prácticas inaceptables. Por tanto, deben ser condenados con decisión como abominables. Es preciso reafirmar el mismo principio ético cuando se quiere llegar a la creación y destrucción de embriones humanos con fines terapéuticos. La sola idea de considerar el embrión como “material terapéutico” contradice los fundamentos culturales, civiles y éticos sobre los que se basa la dignidad de la persona.

El acto de amor que se expresa con el don de los propios órganos vitales es un testimonio genuino de caridad que sabe ver más allá de la muerte para que siempre venza la vida. El receptor debería ser muy consciente del valor de este gesto, pues es destinatario de un don que va más allá del beneficio terapéutico. Lo que recibe, antes que un órgano, es un testimonio de amor que debe suscitar una respuesta igualmente generosa, de manera que se incremente la cultura del don y de la gratuidad.

El camino real que es preciso seguir, hasta que la ciencia descubra nuevas formas posibles y más avanzadas de terapia, deberá ser la formación y la difusión de una cultura de la solidaridad que se abra a todos, sin excluir a nadie. Una medicina de los trasplantes coherente con una ética de la donación exige de todos el compromiso de realizar todos los esfuerzos posibles en la formación y en la información a fin de sensibilizar cada vez más a las conciencias en lo referente a un problema que afecta directamente a la vida de muchas personas. Será necesario, por tanto, superar prejuicios y malentendidos, disipar desconfianzas y temores para sustituirlos con certezas y garantías, permitiendo que crezca en todos una conciencia cada vez más generalizada del gran don de la vida” (7 de noviembre de 2008).

Conclusión

CERTIFICO que constan aquí, literalmente, tres afirmaciones, respuestas dadas por el Catecismo de la Iglesia Católica, San Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI, en las que enseñan que es éticamente válida la donación de órganos, pero jamás la compra y venta, el tráfico de los mismos, el negocio de la venta de los órganos de niños abortados.

DOY FEen Santiago de los Caballeros a los diez (10) días del mes de junio del año del Señor dos mil veinte (2020).

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