Introducción
Este 19 de septiembre he llegado a los 86 años de vida. No puedo pronunciar este número sin que en mi interior se despierte una mezcla de asombro y gratitud. El tiempo vivido ha sido un verdadero don.
Al compartir en breve con ustedes estas reflexiones, no busco hacer memoria de fechas ni de acontecimientos. Más bien, quiero detenerme a contemplar lo que la vida ha ido enseñándome: la gratuidad de existir, la fuerza de la familia y la comunidad, el misterio de la vocación, la enseñanza del tiempo, el valor de lo cotidiano y la esperanza que ilumina el futuro. Son dimensiones que deseo ofrecerles como espejo, para que cada uno también contemple su propio recorrido con ojos de fe.
1- La vida es un don y una tarea
Lo primero que me brota del alma es reconocer que la vida es un don. Nadie se da la vida a sí mismo. La recibimos gratuitamente, como un regalo. Pero junto al don viene la tarea: hacer de esa vida algo fecundo. No basta existir. Estamos llamados a vivir con sentido, a sembrar el bien, a dar lo mejor de nosotros. Se trata, pues, de vivir en plenitud. Y la plenitud no está en acumular cosas, sino en descubrir el sentido de lo que somos y de lo que hacemos.
El tiempo me ha enseñado que las verdaderas riquezas no son únicamente materiales, también son espirituales y humanas. Por eso, al mirar mis 86 años, no pienso en lo que pude haber tenido o logrado en términos humanos, sino en lo que he podido entregar, en lo que he compartido.
Querido lector, permíteme invitarte a que también tú contemples tu propia vida como don y como tarea. Pregúntate: ¿Qué estoy haciendo con los días que Dios me concede? ¿Estoy viviendo de manera que otros puedan encontrar en mí un motivo de esperanza? Cada vida es irrepetible, y a todos se nos confía la misión de hacerla fructificar.
2- Familia, amistades y comunidad
La vida se construye en relación. No es un don solitario. Yo no sería quien soy sin mi familia, mis amigos, mis compañeros de camino, las comunidades y personas que me han acogido.
Pienso, en primer lugar, en mis padres. Ellos sembraron en mí la semilla de la fe y me enseñaron valores que han sido brújula en mi caminar. Pienso también en mis hermanos, que compartieron conmigo las alegrías de la infancia y la juventud.
Más adelante, el camino se fue poblando de rostros y nombres. Amigos entrañables, compañeros sacerdotes y obispos, religiosas y religiosos que me edificaron con su entrega silenciosa, laicos que supieron ser testigos del Evangelio en medio de sus trabajos y familias. A muchos de ellos ya no los tengo físicamente, pero viven en mi memoria y en mi oración.
La comunidad cristiana, la Iglesia, ha sido siempre mi hogar. En cada parroquia, en cada visita pastoral, en cada encuentro con grupos de jóvenes, con familias, con ancianos, descubrí lo hermoso de compartir la fe. A mis lectores les digo: valoren a su familia, valoren a sus amigos, valoren sus comunidades.
3- La gracia de la vocación
De entre todas las bendiciones que el Señor me ha concedido, la mayor es sin duda la vocación sacerdotal. El día en que recibí la ordenación sacerdotal, mi vida quedó marcada para siempre. Ser sacerdote es un don inmenso y al mismo tiempo una gran responsabilidad. Dios pone en manos frágiles un tesoro que no pertenece a uno mismo, sino a su pueblo.
Más tarde, cuando fui llamado al episcopado, comprendí que el Señor pedía aun más: ser pastor de una Iglesia particular, velar por ella, sostenerla en la fe, acompañarla en sus gozos y en sus heridas. No ha sido fácil. Ser obispo es cargar también con incomprensiones, con dolores, con preocupaciones. Pero he experimentado, una y otra vez, que la gracia de Dios basta, y que el Espíritu Santo sostiene incluso cuando las fuerzas humanas se agotan.
Cada cristiano tiene una vocación. No todos están llamados al ministerio ordenado, pero todos están llamados a algo grande. Por ejemplo, a vivir en el matrimonio, en la vida consagrada, en la entrega generosa del laicado. La vocación da sentido a la vida, la orienta, la llena de significado.
4- El paso del tiempo
Cumplir 86 años es mirar de frente al tiempo. El tiempo no se detiene. Avanza con un paso muy firme. Un servidor lo ha notado en pequeños detalles: en la lentitud de mis pasos, en la disminución de las fuerzas, en el cabello canoso, en las arrugas que han surcado el rostro. Con todo esto debo decir que el tiempo no es un enemigo; es un maestro.
Cada etapa tiene su belleza y su misión. Hoy, ya no soy aquel joven de mirada ardiente que caminaba con paso ligero. Soy un hombre mayor, que camina despacio y trata de dejarse ayudar.
Queridos todos, no teman al paso del tiempo. Lo importante es vivir cada etapa con gratitud y fidelidad, sin pretender volver atrás, sino aceptando con paz lo que llega.
5- El valor de cada día
He procurado vivir cada día como si fuera el último. No en el sentido de una urgencia ansiosa, sino como quien sabe que cada jornada es irrepetible y valiosa. Cada amanecer es una nueva oportunidad de hacer el bien, de reconciliarse, de tender la mano, de agradecer. Todavía hoy sigo levantándome cada día con el deseo de cumplir la voluntad de Dios.
Les invito a que ustedes también valoren cada día. No lo desperdicien en la queja o en la indiferencia. Vivan con intensidad, en el presente, sabiendo que cada día es un regalo de Dios.
6- La esperanza cristiana
Si algo sostiene mi vida hoy, es la certeza de la esperanza cristiana. La fe en Jesucristo me asegura que la muerte no es el final, sino el comienzo de una vida plena en Dios. He aprendido a mirar la muerte sin miedo, como un paso necesario hacia el encuentro definitivo con el Padre.
Sé que llegará el día en que el Señor me llame. No sé cuándo ni cómo, pero lo espero con paz. Hasta entonces quiero seguir caminando, sembrando esperanza, ofreciendo lo que tengo y lo que soy. La esperanza me permite mirar al futuro sin angustia, con la serenidad de quien confía en que al final del camino nos espera el abrazo de un Dios que es Amor.
A ustedes, quiero animarlos a vivir también en esta esperanza. No dejen que el mundo les robe la certeza de que nuestra vida tiene un destino eterno. Quien cree en Cristo sabe que la última palabra no la tiene la muerte, sino la vida.
7- Todo ha sido gracia
Cuando contemplo estos 86 años, no encuentro una palabra más justa que esta: gracia. Mi vida ha sido un don que me fue confiado y que Dios ha sostenido con infinita paciencia. Cada etapa me ha enseñado que nada de lo verdaderamente valioso se explica sin su amor.
La familia, la Iglesia, los amigos, la vocación, el tiempo, lo cotidiano, todo ha sido gracia.
Hoy no celebro mis fuerzas, porque ellas solas hubieran sido insuficientes. Celebro la misericordia de Dios, su fidelidad, su amor.
Y esta es la convicción que deseo transmitir a quienes leen estas líneas: también sus vidas, con todo lo que tienen de lucha y de belleza, son gracia. Nada se pierde en las manos de Dios. Incluso lo que parece frágil, incluso lo que duele, puede convertirse en semilla fecunda cuando lo dejamos en su corazón.
Por eso, al llegar a este aniversario, lo único que puedo decir con serenidad y verdad es: todo ha sido gracia, todo sigue siendo gracia, y todo será gracia en la eternidad a la que caminamos.
Conclusión
CERTIFICO que al cumplir mis 86 años de vida, he querido ofrecer algunas reflexiones a la luz de la experiencia de los años.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los diecinueve (19) días del mes de septiembre del año del Señor dos mil veinticinco (2025). l
