Como especialistas, crecemos con la ilusión no solo de comprender el arte, sino también de acercarnos a sus creadores. Se les puede querer con pasión y coleccionar sus obras, pero el deseo de explorar sus caminos y de aquilatar sus valores artísticos nos dispersa. Esto solo brota de una raíz espiritual, de la tolerancia, la paciencia y, muy especialmente, del respeto.
No podría estudiarse la obra de Ada Balcácer —ni la de ningún artista— sin conocer su personalidad.
Naturalmente, podríamos apropiarnos de las medidas, del peso formal y estético de una obra por su materia y finalidad; asimismo, afanarnos por su historia y las variaciones que ha experimentado. En todos esos esfuerzos nos guía el afán por conocer, pero la puerta tras la cual mora el secreto que nos permite llegar a la esencia de la creación es el alma. Hay que apelar a la sensibilidad, pues es el camino más directo para la comprensión del arte y de los artistas.
La obra de Ada se desprende de una historia de vida: la suya. Contemplar su producción visual es revivir en uno mismo su tránsito, sus sentimientos y motivaciones. Muchas fueron las veces en que me guió para comprender su trabajo; ahora me queda, como a los demás estudiosos y diletantes, la voluntad plena ante la impresión que pueda suscitarme cada una de sus piezas.
Mientras nos dejamos seducir por el contenido de las obras, se movilizan en nuestro subconsciente los grupos de sentimientos que se corresponden con la impresión que podamos tener al respecto. La mirada va recorriendo, con fidelidad y paciencia, los colores, las formas, los volúmenes, los efectos de luces y sombras… hasta hacer aflorar una emoción propia: ya no la del artista, sino aquella basada en nuestra sensibilidad y experiencia, aunque conservando en el trasfondo la visión del creador. Entonces experimentamos el valor del legado, ese que trasciende al tiempo y a la propia vida, y que permanece en la memoria histórica, como acontece con la obra de la maestra Ada Balcácer.
