Fiat veritas, ars ipsa ars manet

“Que se haga la verdad: el arte, en sí mismo, es arte” y es lo que acontece con el legado de los grandes maestros: aunque sus manos hayan cesado, sus aportes continúan habitando en el tiempo. En su intersección surge el diálogo, a veces silencioso y, otras tantas, conviviendo entre lo cotidiano y lo mediático; entre lo que se cree y lo que es.

“La chaise adulte” (2024) del maestro Iván Tovar, llegó a Santo Domingo con la venia del Ministerio de Cultura, portadora de un gesto evocador que generó la tensión inevitable entre su singularidad y la percepción de quien juzga sin contemplar.

Cada artista es un astro con luz propia, así que la pieza en modo alguno podía eclipsar a la maestra Elsa Núñez, cuya obra estilizada y expresiva, merece respirar en su propio espacio, como lo tiene, dentro del Museo de Arte Moderno.

Desde otra mirada, “La chaise adulte” no pretendía competir, sino dialogar. Pudo habitar como un evento colateral a la Bienal como se propuso, siendo un elemento que complementa y eleva la reflexión, junto a las demás esculturas en la explanada del MAM en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte.

La Bienal debió ser como la niña que mira al toro sin miedo. El conjunto pudo asumirse como una presencia que no intimida, sino que invita, que abre preguntas sobre cómo una obra puede coexistir con otras. El homenaje es a Elsa Núñez, pero el evento lo integran las creaciones de todos los artistas que participan.

La tensión entre monumentalidad y reconocimiento es, en realidad, un recordatorio de que cada artista es un universo que convoca miradas diversas. Más allá de la ubicación, lo que perdura es la obra misma, que, como un murmullo eterno, permanece en la memoria colectiva.

Debemos aprender a encontrar la sutileza en el lenguaje, comprender que el arte siempre deja espacio para el encuentro y el respeto mutuo.

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