El cierre de la III JCHA, celebrado el pasado 15 de noviembre y dedicado al maestro Iván Tovar, permitió revisar críticamente las configuraciones históricas y estéticas del surrealismo en República Dominicana y el Caribe. Organizado por la Asociación Dominicana de Historiadores del Arte, en coordinación con el Centro Cultural Banreservas, el encuentro reunió un conjunto de ponencias que reafirmaron la necesidad de estudiar el movimiento desde sus desplazamientos, apropiaciones y relecturas.
Resulta imprescindible reconocer la visión precursora de la maestra Ada Balcácer, quien señaló que el panteón surrealista en el Caribe encuentra en nuestro país uno de sus núcleos más fértiles. Su planteamiento se sostiene en una serie de acontecimientos que transformaron el panorama artístico dominicano a partir de la década de 1940.
La visita de André Breton en 1941, seguida de la fundación de la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1942, propició un ambiente para la recepción y reconfiguración de las vanguardias. En este proceso, Jaime Colson que se había formado en Europa, reintrodujo en el arte dominicano un imaginario abierto a lo simbólico y lo experimental.
A este entramado se suma la experiencia del artista español Eugenio Fernández Granell, cuya inclinación hacia el surrealismo fue alentada por el propio Breton durante su paso por Santo Domingo. Músico y periodista en sus inicios, Granell encontró en la pintura un medio que marcaría su trayectoria.
En este cruce de influencias se inscribe Iván Tovar. Su acercamiento al surrealismo se nutrió tanto de la enseñanza de los maestros Gilberto Hernández Ortega y José Gausachs como de su cercanía intelectual con los poetas Franklin Mieses Burgos y Aída Cartagena Portalatín, figuras centrales del movimiento de “La Poesía Sorprendida”. De ese entorno emergió una obra formalmente rigurosa y conceptualmente desbordada, capaz de traducir pasiones, pulsiones y mitologías personales en un lenguaje cargado de erotismo y fascinación.
