J. R. Lantigua: la sutileza del trato

Ha partido de este plano José Rafael Lantigua, y con él se va un modo de habitar la cultura: el del intelectual pausado, elegante, esencialmente generoso.

A través de los años, tuve la oportunidad de conocer al hombre detrás del cargo, a quien sin estridencias sabía acercarse con delicadeza, responder con minuciosidad y convertir cada diálogo en un pequeño ensayo. Era admirable su capacidad de escribir como quien escucha, y de escuchar como quien piensa. No se trata solo de suponerlo, sino afirmarlo.

En una ocasión le solicité su colaboración para una feria provincial del libro en mi natal Santiago Rodríguez. No solo envió un mensaje grabado para promover el evento, sino que donó una caja de libros de su autoría, gesto que recibí como una muestra no solo de compromiso cultural, sino de su fino sentido de la cercanía. Era así: profundamente atento, incluso en los detalles más sencillos.

Sus respuestas -y aun más, sus desacuerdos- venían envueltos en una diplomacia que no restaba firmeza. Sabía situar a las personas y a las ideas en su justa dimensión, sin herir, sin imponer. Tenía una cortesía que no era formalismo, sino forma de pensar y de vivir.

Como ser humano me pareció excepcional: generoso, sobrio, discreto, con esa elegancia natural que no busca llamar la atención, pero deja huella.

Su legado no se mide solo por sus libros ni por los cargos que ocupó, sino por la huella sutil que deja quien supo construir con palabras y con gestos. En tiempos de ruido y prisa, Lantigua fue -y seguirá siendo- un recordatorio de que la cultura también es forma, y que la forma puede ser fondo.

Paz al alma de un hombre que hizo de la palabra un acto de respeto, y de la cultura, un espacio para el encuentro y la memoria. Hasta siempre gran amigo.

Posted in Crítica Cine, Cultura

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