Serpico

Este filme, Serpico, es un ejemplo paradigmático para señalar obras críticas que generen memoria. Y contar el pasado es justicia, contrario a quien piense que es nostalgia. Este filme no es un sencillo thriller de la historia real de un policía honesto. Sí muestra que el Estado que debería protegerte es el mismo que te destruye, y con eso muestra los límites de una denuncia cualquiera. El filme tiene un vigoroso rigor documental. El director Sidney Lumet sigue a Frank Serpico en su soledad. La formidable actuación de Al Pacino capta sobremanera al hombre que se niega a aceptar sobornos como medio de vida y, como es lógico, esa actitud lo tacha de paria entre los policías del Nueva York de los 60 y 70, cuando la corrupción se impuso como un sistema de lealtades contra la integridad, frente al silencio e impunidad donde la camaradería es mayor entre policías corruptos y criminales de toda índole. Esos años vividos por nosotros son de fuerte contraste con la realidad dominicana de esos tiempos tenebrosos, cuando la Policía Nacional de los “12 años” operaba enterita como escuadrón de la muerte contra todo lo que oliera a oposición contra el régimen balaguerista, tales como Amín Abel Hasbún, Amaury Germán Aristy y sus compañeros de Los Palmeros, entre otros, o aquella atroz masacre del Club Héctor J. Díaz en 1971 —secuestrados, torturados y ejecutados por policías— que más que meros excesos aislados: mostraban el sello de una política del gobierno de Balaguer. Ahí están publicados documentos desclasificados por EE. UU. que confirman que Washington monitoreaba y aguantaba ese genocidio. Los cables de la CIA y del Departamento de Estado describen “operaciones de seguridad” que en realidad eran ejecuciones extrajudiciales, y la administración de Nixon aprobó cuotas azucareras para “estabilizar” el régimen de Balaguer. La Guerra Fría era así una tecnología de represión exportada. Es una diferencia brutal. En USA, un hombre aislado denunció y, aunque recibió un balazo en la cara, generó, con su testimonio valiente, la Comisión Knapp y reformas parciales. En cuanto a RD, denunciar significaba morir. Mientras Serpico sobrevivió, ni Amin ni simples muchachos de barrio tuvieron esa suerte. Serpico es, entonces, un espejo deformado. Lumet filma el costo moral de la integridad en una democracia. La historia dominicana filmada en “339 Amín Abel” (que dirigí) muestra el costo físico de la disidencia en una dictadura. Como vemos, el cine es aquel que reconstruye la memoria de un pueblo, en lugar de simplemente entretener capitaneado por egos. Serpico es un recordatorio incómodo: aquí la policía no solo robaba. Mataba. En Netflix.
HHHHH Género: drama policial. Duración: 130 minutos.

Posted in Crítica Cine, Cultura, GenteEtiquetas

Más de cultura

Más leídas de cultura

Las Más leídas