Aprendió sus primeras canciones en “El Venus”, para después cantar para el mundo
Elauterio Aragonéz Brito nació el 21 de febrero de 1905 en pleno gobierno de Carlos Morales Languasco, quien llegó a diciembre, de ese mismo año, para cederle el trono a Mon, cuando se impuso a Juan Isidro, Horacio y Federico Velásquez, el único presidente tamborileño (aunque provisionalmente en el Consejo de Secretarios de Estado). La fama de hombre “con cojones” por haber matado a “L’Ulise”, del Partido Azul, lo dejó en el poder hasta el 1911 cuando lo mató el mismo hierro.
Pero ese ambiente político no existía en Ranchito, un pueblito perdido en las lomas de Puerto Plata embriagado de pobreza y nubes, en medio de cafetales. Allí aterrizó la cigüeña que trajo en un bulto verde-olivo, al chiquitín de Liboria y Julián. Sin embargo Elauterio (no Eleuterio) pasó su niñez descalzo y sin escuela en Bajabonico, allá, por la entrada de Imbert.
Para 1915 Liboria tenía cuatro hijos (“Lauterio”, Daniela, Martín y María Eugenia) y un cansancio de cuernos que la hizo mudarse a Quebrada Honda primero, y a Puerto Plata después.
Ella recogió lo que pudo y en la Estación de Quebrada Honda compró un boleto por $2.75 para ella y pagó un peso por cada niño.
La ruta atravesaba lomas, llanuras y pequeños puentes que parecían pedazos de la Torre Eiffel. El paisaje era como un dibujo de Hazard con arbustos que acariciaban los rieles.
En la Estación Puerto Plata, con sus hijos y sus féferes como bacalao, caminó por el malecón como gallina sacá. La furia del mar despedía un huracán y con una sonrisa espumosa y salada, le daba la bienvenida. De ahí fue directo a casa del cubano Amancio Martínez, que administraba uno de los mejores restaurantes, por el Parque: El Venus.
En “El Venus” Elauterio oyó, y se aprendió de memoria, las canciones de moda “te vi pasar cual mariposa”, “en el silencio del camposanto”, y el tango “La galleguita” que él cantaba como loco y mejor que los originales, rayados por la aguja de la vitrola.
Ni la herrería de Juan, ni la zapatería del “Timacle Chu” lograron amarrarlo. Él prefería colarse “de chivo” en el cine que le sirvió de primera ventana al mundo.
Eran las mismas cintas de los Lumière que se venían proyectando en el Teatro Curiel desde 1900 según lo relata Sáez. Eso fue mucho antes del Rex y del Roma.
Con tan solo 16 años y en plena Ocupación (1921) Brito recibió de Liboria una letanía de tililá que terminó con “…uté no se gobieina, ¡Carajo! “ y un encojonamiento violento. Reunió como pudo los $5.10 del boleto del tren para viajar en segunda y se fue, con un truño que no lo abandonó en todo el viaje. Llegó a Santiago mareado y “deguañangao” por lo largo del trayecto, la dureza de los asientos y el humo negro del carbón de las calderas, que penetraba por las ventanas.
En la Estación Marte, sin más bulto que una funda de gallo con una remúa de más, se encaminó por la Calle Sebastián hasta la Plaza de Armas y bajó hasta la San Severo, por El Matadero, donde había una pensión “de mala muerte” que él podía pagar, si no pasaba de la semana. A la semana justa no tenía ni una mota y tuvo que irse a “La casa de las Palmas” de una tal Belica que lo acogió como un hijo.

Con el mote de “Puerto Plata” y una caja de limpiar zapatos, se instaló en el Parque Duarte que había dejado de llamarse Central, tres años antes, en el centenario del natalicio del cabecilla de los Trinitarios.
Elauterio Aragonés tenía cara redonda, como los “jinchaítos” de Moca; ojos achinaos, sonrisa fácil y natural, peinado hacia atrás como los gangsters italiano que se adueñaron, años más tarde, de las grandes ciudades de Estados Unidos. Su mirada, entre tímida o pícara, “asigún” y una voz de trueno. Temperamento pacífico, aunque tenía afición por el boxeo, y a pesar de la pelea que tuvo con Magliano, quien se quedó con su mujer un año después de volver al infinito.
El parque era su hábitat y su escenario. Después de limpiar varios pares a sus clientes, se subía a la glorieta a cantar como si fuera un predicador evangélico moderno, pero sin altoparlante, a pura garganta.
Don Rafael Marcelino, del restaurante “La Diana”, en el primer piso de la glorieta, le daba sus monedas y le sacaba sus platos de las sobras de sus clientes. Después de comer bigotes de spaguetti, salía cantando “O sole mio” que retumbaba en el altar de La Iglesia Mayor, la Iglesia del Carmen, el Club de Damas, la comisaría de la Policía de la Gobernación, en el Centro de Recreo y en el Hotel Central de Laito Guerrero, cuna del anterior que pasó a ser el Restaurante Yaque (calle Las Rosas esq. Sebastián).
Cuando se enamoró de una tal Angélica Martínez se desencantó, poco después del encuentro, porque ella no quiso nunca decirle en dónde vivía.
Pero por la barranca del río, por la calle Talanquera, conoció a “Lindita” lo que hizo que se buscara un trabajo serio. Fue a parar a la “Casa Thomén” a empacar tabaco al tiempo que sus notas barítonas hacían temblar los muros de aquel almacén oscuro y aburrido. Eran unas óperas interminables que él convertía en piezas de serenata.
Para 1922, cuando Chicho Vicini creía que era el presidente del país, un tal Lilín lo entusiasmó para ir a cantar al Coney Island de Santo Domingo y, aprovechando el viaje, se presentó en el Hotel Fausto los jueves y domingo, fijo. Simultáneamente hacía presentaciones en el Restaurante Trocadero, al lado del Teatro Travieso (luego Max en la Mella con Duarte).
En 1924 Elauterio quiso probar suerte en San Pedro de Macorís, pero el progreso no fue como se lo pintaron y el empleo de cargador de sacos de azúcar no le endulzó ni la vida ni el bolsillo, pero sí le dio más músculos que Eduardo el Fuertú.
Cuando supo del “concurso del Jabón Candado” volvió juyendo a Santiago y ganó con “Amar, eso es todo”, con letra y composición del maestro Julio Alberto Hernández y con ella entró a su mundo.
Los dos segundos de gloria se fueron más rápido que el agua de un barril sin fondo. El dinero ganado lo repartió entre viejas deudas, regalitos y la bohemia que ahora contaba con los músicos Chencho, Piro y Binvenido. Regresó al parque, ahora con la verja de Batlle y, bajo las sombras de los robles, por la vera del “obelisco del 17”, que se erigió como homenaje a los restauradores, aunque en realidad fue un monumento de rabia y rechazo a la intervención del 16, cantaba sus lamentos esclavos “…soy lucumíiiiiii, cautivo. Sin la libertaaaaaaaad no vivo…” Era la cantaleta del joven “Puerto Plata” que no dejaba que se oyera la misa, son su “voz de locomotora añugá y al galope”, como decía el padre.

Venían luego los momentos de silencio después de pasarse la mañana entera, como ruiseñor alegre de las seis, para quedarse pensativo, perdido, como náufrago en alta mar.
Don Julio lo incluyó en su “Cuadro Artístico” y lo presentó en el Teatro Colón de la Calle San Sebastián cuando Alfonso Aguayo iniciaba los trabajos del Hotel Mercedes en el 1926 y a Ercilia se le veía en medio de la construcción de su Escuela México.
Volvió a Puerto Plata al otro Teatro Colón, el de los Ginebra, al que asistieron todos los músicos de la Banda para ver a su jefe, Juan Francisco García, tocar, con virtuosidad, el piano.
En la presentación en la Casa Edilicia de Bajabonico en 1927, recordó su infancia como si nunca hubiese salido de allí. Elauterio remenió los setos de madera de aquella casona cuando el trueno de su boca chocaba en aquel recinto de dos pisos.
Para el 28, el final del gobierno de don Horacio, Sturla lo llevó a las ondas de H1X dedicado a doña Trina y le solicitó una beca para estudiar canto en Italia. Ella le dijo que “ese muchacho canta mejor que Caruso”.
En el mismo1928 conoció a Rosa Elena Bobadilla, en el Teatro Independencia, la que devino Rosa Elena Brito y ella lo transformó en EDUARDO BRITO, “… que nadie entiende cómo se crió con ese nombre”.
De ahí en adelante se presentó en New York, Europa, La Habana, Colombia, Venezuela, grabó queseyocuantas canciones y definitivamente se convirtió en EL DUEÑO DE LA NOCHE.
Si no me creen, que yo no estaba, pregúntenselo a Wilson Hernández o a Arismendy Martínez.

Comienzos
En “El Venus” Elauterio oyó, y se aprendió de memoria, las canciones de moda (…) y el tango La galleguita que él cantaba como loco…”
Romance
En el mismo 1928 conoció a Rosa Elena Bobadilla, la que devino Rosa Elena Brito y ella lo transformó en Eduardo Brito…”
