Nadie, absolutamente nadie, pensó que el sargento Jota T. se atrevería a traerla.
Era medianoche de un 23 de diciembre. Ella lo miraba con extrañeza desde sus ojos de linterna y enamorada como una gata.
- Aquí es la cosa – dijo él quitándose el uniforme. Se acomodó en una cama de dos pisos junto a una pila de ladrillos. Él prefería las alturas y ella, cansada también, se durmió en aquel refugio.
Vestida de negro, como cuervo de primavera, no pensó quitarse el vestuario. Si tenía pintalabios, colorete o sombra sobre sus párpados, es imposible de establecer. Era una noche de un gran apagón y no había ni luna, ni estrellas.
Ella pensó en los últimos días en Moca y se durmió, a pesar de los ronquidos militares que ya parecían un desfile patriótico acompañado de un cornetín y un serrucho boto.
Al otro día, 24, la gente se movía por todo el pueblo buscando el juguete de la noche y la libra de chicharrón para celebrar aquellas navidades. La construcción iba bien, pero ese día no se oyó ni un solo martillazo. Solo las miles de luces que parpadeaban en el parque repetían el clanclán de las campanas.
Cuando los ronquidos, como toque de corneta, pasaron a acordeón agujereado, el sargento se levantó. Para su sorpresa, su acompañante nocturna lo esperaba para el desayuno, aún vestida de negro y un poco desubicada. Nunca había viajado tan lejos y la brisa del motor la afectó y la desorientó.
El guardia le habló con voz de guardia y le explicó la regla del juego a Amor. - Sobre todo no te fíes de Toña. Dile que sí a todo.
Toña iba y venía. Cruzaba el río, saludaba a los carpinteros, a los ingenieros, desenterraba los duros recuerdos y se quedaba pensativa. Ella no hablaba. Con tan solo mirar se sabía si le caías bien, o lo contrario. También podía ser fría e indiferente.
En las discusiones de los guachimanes nunca intervenía. Le gustaba observar el juego de dominó, pero no emitía juicio y menos si discutían de pelota o de política.
A Amor, la acompañante del Guardia, la veía de lejos y, obviamente envuelta en una aureola de celos como nube de agosto. Ella supo dominarse para no crear un lío y no disgustar al Guardia. Lo de ella y el Guardia “eran amores perros”.
El Guardia no era viejo, tendría unos 30 y pico corto y se afeitaba, como un ritual pagano, puntualmente cada tres días. Poseía una mirada inclasificable y una sonrisa opaca, tal y como aprendió en los cuarteles. Era especialista en mecánica que solo le servía para uso personal y, se puede decir que era un muchacho servicial, leal, aunque un poco interesado.
A pesar de que todos los días tenía sueños diverso, solo jugaba el 69, un capricho de antaño en su familia que le ha dejado una cuenta enorme de maldiciones, resabios y pérdida. Nunca se ha sacado un peso y, lo peor, es que no se atreve a dejar de jugar pensando que una vez lo haga, “ei maidito 69 va a salir”.
Como guardia se ha ganado un dinerito en sus horas libres, en la construcción de la Casona. Él es árbitro de las discusiones gigantescas diarias, y voz de altoparlante, de los carpinteros para evitar que no se maten a martillazos limpio, arriba de los andamios.
Toña los mira y se ríe, prefiere sentarse al lado del ingeniero rubio que es sumamente amable y siempre le dice cosas bonitas y, que el Guardia, por supuesto, no las oye.
El Rubio es hombre de confianza de su jefe, que solo trabaja con gente honesta y con capacidad. De vez en cuando consulta con el Ing. Polanco que sabía que no se necesitaba gente de la Capital para rehacer la Casona.



Aquel 24 por la noche fue decisivo cuando, a medianoche, los montantes tronaron como si cayera un aguacero de mayo. El cielo se iluminó con una lluvia de luces casi mayor que las que se ven el 31.
Toña, que se había quedado del otro lado del rio no oyó los consejos de Ágata y lo atravesó. El ruido la enloquecía, su cerebro estaba por estallar. Corrió a ciegas entre escombros, matorrales y materiales de construcción y llegó hasta la puerta del Guardia. Tocó insistentemente hasta que él le abrió.
Inmediatamente entró como si estuviese perseguida, se subió a la cama y ahí quedó temblorosa, completamente desnuda.
Amor, al verla, lanzó un FFFFuuuuffffff y poco a poco se bajó de la cama, salió con pasos de bailarina de ballet clásico y no se volvió a ver nunca más por la Casona del Presidente Horacio.
(Nota: escrito sin IA). l
