El fantasma de la Mona Lisa

En agosto no se ve un alma en las calles de París, pero Louis Beroud llegó temprano, una mañana gris, al Louvre.

La calesa permaneció allí hasta que el cochero bajara “touts les affaires” que él necesitaba para instalarse, como cada lunes, a reproducir obras o a preparar los fondos con pinturas clásicas para sus retratos.

Después de la maleta con sus óleos, pinceles y aceites, el cochero volvió por su caballete y el canvas.

Su sonrisa debajo de sus puntiagudos bigotes se asemejaba a la de la Mona Lisa, pero la que Marcel Duchamps pirateó e hizo pasar como obra de arte. Sus pasos eran una fábrica de pisabas que se multiplicaban en el eco de aquel pasillo infinito. Al pasar frente a la Gioconda, la vio como siempre, aunque ella no estaba. Él, acostumbrado a verla ahí, entre “La boda mística de Santa Catalina de Alejandría” pintada por Correggio y “La alegoría de Alfonso”, obra de Tiziano Vecellio, vio el fantasma de la modelo de Lionardo y que según Roberto Zapperi, no era la mujer de ningún Giocondo (“Adios a la Mona Lisa”).

Ese lunes 22 de agosto, el museo cerró y solo se permitía la entrada a pintores que lo visitaban para copiar y estudiar los maestros que Picasso y Apollinaire deseaban fueran quemados para darle paso a la mierda disfrazá de modernidad.

Fue cuando Beroud acotejaba el canvas, en el caballete, que se dio cuenta de que vio visiones y que la Gioconda no estaba en su lugar.

El huequito mostraba cuatro clavos pero Beroud no se alarmó porque era normal quitar un cuadro para tomarle fotos o hacerle algún pequeño retoque.

El robo en realidad fue cuando Vicenzo Peruggia se escondió y amaneció en el museo entre domingo y lunes temprano.

A pesar de las nuevas técnicas antrométricas del detective y jefe de la sección de robos, Alphonse Bertillon y las dactiloscópicas de Ivan Vucetic, el ladrón se quedó dos años dejando que el fantasma de la Mona Lisa recibiera los 100 mil visitantes que venían cada mes a verla.

El cuento de Vicenzo, en los tribunales, de su patriotismo y de querer “devolver a su Italia” algo que Napoleón no robó, porque no le tocó, hizo que los jueces lo dejaran libre.

Lo que Peruggia hizo ni él mismo se dio cuenta porque lo importante de esa historia no es ni la recuperación del cuadro ni haber capturado a Arsène Lupin y menos a Omar Sy.

Con el robo de la Mona Lisa coinciden algunas apariciones técnicas que combinadas crearon: 1° el mayor mecanismo de valoración artística y, 2° el mayor instrumento para querer matar el Arte y crear el engaño del “arte contemporáneo”

1° Todas las obras de Lionardo da Vinci tenían un valor inmenso y un atractivo, pero el robo hizo que la curiosidad se despertara y lo valorara a una cifra que una obra nunca tuvo.

2° La lección de la desaparición de la Gioconda que apareció en todos los periódicos donde las noticias se difundían por el mundo, le enseñó al “Capitalismo salvaje” la importancia de la publicidad del arte mezclado con cualquier escándalo. Mientras mayor sea, mayor el valor de la “obra”.

El próximo escándalo fue la aparición del cubismo y, de buenas a primeras, Picasso se convirtió en famoso y millonario y, a partir de ahí, todos los saltos que dio “La Historia del Arte” no tuvo que ver con Arte, ni belleza, ni pamplinas… tuvo que ver con ESCÁNDALOS y una buena inversión en “críticos” de alabanzas, como si fueran rezadores de alquiler de cualquier velorio de pobre.

De Picasso pasamos a las infantiles pinturas de Miró, el cuadrito negro de Malevich, el orinador de Marcel Duchamps, los rostros embarraos de Francis Bacon, los chorros y salpiques de Pollock, los rolos de Rothko capaz de fabricar 50 “obras” por día para que no se quedara ningún museo sin ellas; las etiquetas de Warhol, las líneas de Stella, las figuras pankinsónicas de De Kooning, los troncos del piloto nazi Beuys disfrazado de escultor, los garabatos de Basquiat, el Zapata maricón, escándalo buscado tanto por gloria como por mariconería que, por lo menos, tenía una factura pictórica, un trabajo artístico, que no tiene nada que ver con el tema; las calabazas con viruelas de Yayoi Kusama.

Pero ninguno hubo que robarlo, con tan solo difundirlos a los 400 vientos y en todos los periódicos y revistas, más las mentirosas y fingidas subastas, donde los cuadros los compran ellos mismos, para hacer creer que existen “personas pensantes” que pagan varios millones por basuras.

Y así llegamos hasta el “guineo de Cattelan”, a una élite mitómana, que se cree el cuento falso que ellos mismos crearon, un verdadero atentado a la inteligencia humana y na que ver con “open mind”, pero sí con esnobismo y esa maldita vanidad de la filosofía del Yo-yo.

La falsedad llegó tan lejos que se inventó que hubo un tal Valfierno, “autor intelectual” del robo del Louvre y, que a fuerza de repetirlo, ya hoy se afirma como un hecho.

El cuento salió por primera vez en el Saturday Evening Post, como una creación de Carson Morton, cuando la prensa de Randolph Hearst se especializó en inventar situaciones sensacionalistas para, explotando el morbo humano, sacarle beneficios a sus publicaciones que pasaban de las dos docenas.

A ellos solo les importaban las ganancias y que la VERDAD y el ARTE se fueran al carajo.

Parece como si las declaraciones de Mark Twain “…no dejes que la verdad se interponga en el camino de una buena historia”, cobró fuerza y vigencia.

Que el segundo retrato del Dr. Gachet de Van Gogh resultara ser falso y hecho por el mismo doctor, no importó ni varió el valor de 80 millones que ya el mercado le había etiquetado.

La “palmita” de la Bienal dominicana, otro escándalo que, inequívocamente, evoca la Era, es una extensión del guineo y un mal mensaje a nuestras escuelas de Bellas Artes y a la sociedad. También a los viveros. Ello hace pensar al premio a Vargas Llosa y las vacaciones en París de José Antonio.

Louis Beroud pintó tantas Giocondas como pudo, todas, debido al escándalo, a un alto precio del que el propio fantasma de la Mona Lisa se ríe a carcajadas.
¡Oui Monsieur!

Posted in Cultura, Gente

Más de gente

Más leídas de gente

Las Más leídas