El Manuscrito de Santo Domingo

Crónica periodística entre las leyendas y las sombras

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 3. El Callejón de los Muertos
Volví a Santo Domingo con la sensación de cargar un peso invisible. El viaje a Baní me había dejado insomne, con el eco del galope persiguiéndome en cada silencio. Quise convencerme de que había sido una alucinación, pero el hedor a azufre que impregnaba mi libreta no podía explicarse con lógica.

La ciudad me recibió con un aire más denso de lo habitual. El tráfico rugía, los vendedores voceaban, los turistas se fotografiaban sonrientes en el Parque Colón. Pero debajo de ese bullicio había otra vibración, como si la ciudad estuviera consciente de mi regreso.

Fue en un café de la calle El Conde donde escuché por primera vez el nombre: el Callejón de los Muertos.

Un joven estudiante de historia, al que conocí revisando mis notas, se inclinó sobre la mesa y me susurró:

—Si de verdad quiere conocer la otra cara de Santo Domingo, busque el callejón.
—¿Dónde está?
Él negó con la cabeza.
—No se dice en voz alta. Ni siquiera todos lo encuentran. Solo se muestra a quienes la ciudad quiere marcar.
Me quedé en silencio. No necesitaba más pistas. Ya había aprendido que cuanto más intentaba alejarme de lo inexplicable, más de frente me lo encontraba.
Esa misma noche salí a caminar sin rumbo. Las calles estaban tranquilas, la humedad pegajosa, y las farolas lanzaban sombras deformes sobre el empedrado.
Fue entonces cuando, entre la calle Hostos y la 19 de marzo, vi un pasaje angosto que no recordaba de mis paseos anteriores. Una abertura entre dos casas coloniales, oscura como la boca de un túnel. Un letrero oxidado colgaba torcido: Callejón de los Muertos.
Mi corazón se aceleró. No lo pensé. Entré. El callejón era estrecho, tan angosto que podía tocar las paredes con ambas manos. El olor a humedad era penetrante, mezclado con algo más: hierro, óxido, tal vez sangre antigua.
Avancé despacio, anotando en mi libreta: “Paredes sudan como si respiraran. Aire inmóvil, pero cargado. El pasaje parece infinito”.
De pronto, escuché pasos detrás de mí. Me giré: nadie. El pasillo estaba vacío.
Seguí caminando, y entonces lo oí: un lamento. Largo, profundo, como un gemido de dolor contenido por siglos.
—¿Quién anda ahí? —pregunté, mi voz resonando más fuerte de lo que esperaba.
Las paredes devolvieron un eco deformado: “…quién anda ahí… quién anda ahí…”.
De las piedras mismas emergieron siluetas. Hombres encadenados, mujeres con rostros cubiertos, figuras que parecían marchar en fila hacia algún cadalso invisible. Todos se desvanecían y reaparecían, como si la historia estuviera atrapada en un bucle interminable.
Entre ellos, distinguí a un hombre de rostro afilado que me miraba directo. Alzó una mano, señalándome. Su boca se abrió, pero lo que salió no fueron palabras, sino un grito mudo que retumbó dentro de mi cráneo.
Me tapé los oídos, aunque el sonido venía de dentro.
—¡Basta! —grité.
Las sombras se detuvieron. El silencio fue total.
Entonces apareció ella: la anciana del rosario negro, la misma que ya me había advertido antes. Caminaba despacio hacia mí, aunque sus pies no tocaban el suelo.
—Ya lo ve, Fidel Madera —dijo con voz grave—. La ciudad no olvida. Aquí, los muertos no descansan. Caminan hasta que alguien los nombre.
—¿Quién es usted? —pregunté, desesperado.
Ella sonrió, mostrando unos dientes imposibles de tan blancos.
—Soy la memoria. Soy lo que usted vino a buscar.
Y extendió su rosario hacia mí. Las cuentas negras brillaban como carbones encendidos.
—Escriba —ordenó—. Escriba lo que ve. Porque cada palabra suya abre la puerta un poco más.
Quise negarme, pero mi mano se movió sola, sacando la libreta y escribiendo: “Los muertos caminan en Santo Domingo. Y me exigen ser contados”.
Cuando levanté la vista, la anciana y las sombras habían desaparecido.
Salí del callejón tambaleando. El letrero oxidado ya no estaba. Miré atrás: el pasaje se había cerrado, convertido en una simple pared de piedra.
Me dejé caer en un banco del Parque Duarte, respirando agitado. Abrí la libreta. Allí estaban las palabras que había escrito… y una línea más, con esa caligrafía extraña que ya había visto en otras ocasiones: “El Callejón ya está dentro de ti.”
Me reí, un ruido nervioso y hueco. Porque sabía que era verdad: aquel pasaje oscuro ya me habitaba. Y aunque intentara huir, lo llevaría conmigo donde fuera.
Esa noche entendí que no había vuelta atrás. No era un espectador ni un cronista. Era parte de la historia. Y la ciudad lo sabía.
Capítulo 4. La Ciguapa en las montañas de Constanza
El calor húmedo de Santo Domingo me había empapado los huesos. Necesitaba aire fresco, y lo encontré en el viaje hacia Constanza, en el corazón de las montañas. Tomé una guagua hasta La Vega y luego una camioneta que subía por carreteras serpenteantes, entre pinares altos y nubes bajas que acariciaban las lomas.
Constanza parecía otro país: frío, montañas verdes, aroma a tierra húmeda y a fresas recién cosechadas. Los lugareños hablaban más despacio, como si el tiempo se hubiera estirado en esas alturas.
Venía tras la pista de la Ciguapa, criatura que había leído en viejas recopilaciones de folclore: mujer de cabellos larguísimos, piel morena, desnuda y salvaje, que vivía en las montañas y encantaba a los hombres para llevarlos a la perdición. Una especie de sirena terrestre, pero mucho más inquietante.
En una fonda del pueblo pregunté con inocencia por la Ciguapa. El silencio fue inmediato. Las conversaciones se detuvieron, las cucharas dejaron de sonar contra los platos. Una mujer mayor me miró con severidad.
—No nombre a esa cosa en voz alta, forastero. Llama lo que no debe llamarse.
Yo sonreí, fingiendo calma.
—Soy periodista. Solo recojo historias.
Un campesino de rostro curtido soltó una risa amarga.
—Historias, dice. Si la ve, no regresa. Esas mujeres no son de este mundo. Se llevan el alma, y lo dejan a uno como un animal perdido.
Otro añadió:
—Lo único que las delata son los pies. Caminan al revés. Así engañan a los que las persiguen.
Me estremecí. Apunté todo en mi libreta, aunque sentía las miradas clavadas en mi nuca.
Un joven llamado Julián, que trabajaba como guía turístico, se me acercó después.
—Usted de verdad quiere verla, ¿cierto?
No supe qué contestar. Parte de mí quería negarlo, otra parte estaba ansiosa por comprobar el mito.
—Lo puedo llevar al monte esta noche —me dijo—. Pero si algo pasa, no diga mi nombre.
Acordamos encontrarnos al anochecer.
El frío de la montaña calaba hondo mientras subíamos por un sendero rodeado de pinos. Julián llevaba un machete al cinto y caminaba con paso seguro. Yo apenas veía a través de la neblina.
Nos detuvimos en un claro. El viento silbaba entre las ramas. Julián me indicó sentarme en una roca.
—Si quiere verla, espere en silencio. Ella siempre se acerca al que anda solo.
Me dejó allí y se alejó unos metros.
La oscuridad era total. Solo el murmullo del bosque, los grillos y el latido acelerado en mis sienes.
Al principio pensé que era el viento. Un susurro leve, como voz femenina. Luego, un aroma extraño, mezcla de flores dulces y tierra húmeda.
Y entonces la vi. Una figura se deslizó entre los árboles. Su cabellera negra le cubría el cuerpo entero, brillando con un resplandor propio. Sus ojos eran dos pozos oscuros que me miraban sin parpadear.
Caminaba hacia mí con movimientos lentos, hipnóticos. Y cuando bajó la mirada, lo noté: sus pies estaban invertidos, los talones al frente, los dedos hacia atrás.
Un escalofrío me recorrió entero.
—Fidel… —susurró con una voz suave, imposible, como si me conociese.
Me puse de pie, temblando. La criatura sonrió, mostrando dientes afilados.
—Ven conmigo…
Sentí una fuerza invisible empujarme hacia ella. Todo mi cuerpo quería seguirla, hundirme en ese bosque infinito de su cabellera. La libreta cayó de mis manos.
Un grito me sacudió. Era Julián, que blandía su machete y gritaba oraciones.
La Ciguapa lanzó un chillido agudo, inhumano, que hizo temblar las ramas. Su cuerpo se desvaneció en la neblina como humo. Yo caí de rodillas, jadeando. Julián me levantó de un tirón.
—¡Le dije que no la buscara! Esa no es mujer, es condena.
Regresamos al pueblo en silencio. Al llegar a la fonda, Julián se marchó sin despedirse. Subí a mi habitación y recogí la libreta del suelo. Al abrirla, encontré una nueva frase escrita con esa caligrafía ajena: “La Ciguapa ya te reconoció. Volverá a buscarte.”

Cerré la libreta con rabia, pero la voz de la criatura aún resonaba en mis oídos: “Fidel… ven conmigo…”.
Supe que no sería la última vez que escucharía ese llamado.

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