A lo largo de más de tres décadas de trabajo ininterrumpido entre Santo Domingo, Nueva York y Washington, Julio Valdez se ha convertido en un referente para el arte visual dominicano contemporáneo. Su obra transita entre la memoria, la identidad y la experimentación técnica, que asume el Caribe como un espacio en constante transformación. Explora el grabado, la pintura y las técnicas mixtas como campos de diálogo entre lo personal y lo colectivo, entre lo ancestral y lo cotidiano. Su última exposición, “Retrato de pandémicos”, presentó los rostros de quince dominicanos fallecidos por el COVID-19. Por esta obra, Julio Valdez recibió el Gran Premio en la XXX Bienal Nacional de Artes Visuales, y dejó un testimonio de una época marcada por el dolor y la memoria compartida.
Con una trayectoria de más de tres décadas en Nueva York, ¿cómo se articulan en tu obra las memorias de Santo Domingo con las sensibilidades multiculturales que has absorbido viviendo fuera del país?
Vivir entre diferentes culturas me da agudeza de percepción. Para mí, el arte es la esencia de la conciencia. Diría que las memorias son abstracciones de las experiencias vividas, por eso se articulan sin uno pensarlo, a nivel subconsciente.
Tu trabajo ha sido reconocido a nivel internacional. ¿Cómo han influido estos contextos foráneos en tu lenguaje visual y en la evolución de tu obra?
Siento que el reconocimiento internacional es consecuencia del nivel de compromiso con la identidad personal, con mi verdad como artista. Mi lenguaje personal se nutre y enriquece cuando se ve la obra en el contexto de los maestros del continente que nos han precedido. Cuando trabajaba con la galería Latin American Masters en Los Ángeles, era el artista más joven y mi obra estaba siempre rodeada de las de Tamayo, Toledo, Matta, Mérida, Syzslo, Roche, Acosta, Amaral y muchos otros maestros. Lo mismo pasó con galería Botello en Puerto Rico y con June Kelly Gallery en New York con maestros estadounidenses y con Legacy Fine Art en Panamá.
Fuiste artista en residencia en el Studio Museum in Harlem en un momento clave de tu carrera. ¿Qué impacto tuvo esa experiencia en tu práctica artística y en tu visión como creador?
Fue un año realmente importantísimo en mi vida, pues también nació mi hijo en ese tiempo. Fue el momento en que mi madurez creativa se consolidó pues los reconocimientos estaban basados puramente en la calidad y profundidad del trabajo creativo, en el diálogo conceptual y curatorial con profesionales desvinculados del mercado del arte. Al concluir la exposición del Studio Museum, la curadora sénior del museo me aconsejó que ya estaba listo para que probara trabajar con galeristas comprometidos. Que ya mi obra ofrecía un valor que la hacía atractiva y coleccionable.
¿Recibiste el Gran Premio de la XVII Bienal E. León Jimenes en el año 2000. ¿Qué significó ese reconocimiento para ti en relación con la escena artística dominicana?
Para mí siempre ha sido importante mantener la presencia en mi país. Mi obra es un canto a nuestra cultura, que es caribeña y universal a la vez. La pieza premiada en esa bienal fue de mi serie Travesías, que refleja el drama de los naufragios entre nuestras islas. Además fue cuando la sensible y exquisita historiadora franco-venezolana Federica Palomero vio mi obra en persona por primera vez. Ella profundizó tanto en mi trabajo que decidió escribir un magnífico libro sobre mi obra.
El agua es una constante en tu obra, tanto como elemento físico como metáfora. ¿Cómo ha evolucionado este recurso en tu trabajo a lo largo de los años?
La cultura caribeña es principalmente acuática. Vivimos rodeados de agua por todos los lados. Nuestras aguas están cargadas de historias, de excesos, pillajes y de colonialismo. Son las aguas donde los imperios peleaban sus guerras y sus fronteras. En mi obra temprana de 1988-94, los símbolos aludían más a la intención de mantener viva la memoria ancestral de la mitología Taína, la visión del mundo de nuestros habitantes precolombinos en Quisqueya. El enfoque era más en lo que pasaba en la mitología humana, más terrenal.
En tu obra “Retrato de pandémicos”, presentas los rostros de quince dominicanos fallecidos por el Covid-19 y que recibió el Gran Premio en la XXX Bienal Nacional de Artes Visuales, ¿qué impacto ha tenido en tu carrera, podrías profundizar sobre el proceso creativo y el proceso de selección de las figuras representadas?
Durante el confinamiento por la pandemia del Covid-19, encontré en el arte una forma de resistencia y consuelo. Comencé realizando autorretratos diarios sobre mascarillas desechables, transformé este objeto de protección en soporte artístico y símbolo de vida. La muerte de figuras queridas como Jenny Polanco y Víctor Víctor me llevó a crear retratos en su homenaje, a expandir el proyecto hacia otras víctimas del virus. Así nació la serie Retratos Pandémicos, donde la creatividad se volvió una afirmación de existencia ante la pérdida. Gracias al impulso de mi amigo Ezequiel Taveras, presenté quince retratos —incluido uno anónimo— en la XXX Bienal Nacional de Artes Visuales, obtuve el Gran Premio y dejé un testimonio de una época marcada por el dolor y la memoria compartida.
Opinión
Para mí, el arte es la esencia de la conciencia. Yo diría que las memorias son abstracciones de las experiencias vividas. Por eso se articulan sin uno pensarlo, a nivel subconsciente”.
Consideración
Siento que el reconocimiento internacional es consecuencia del nivel de compromiso con la identidad personal, con mi verdad como artista…”.
