La Fortuna Escarlata: crónica de Nassau

La llaman “la república pirata”, pero eso no alcanza para describirla…

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 5: La traición
Los días siguientes al hallazgo del mapa estuvieron teñidos de un aire extraño a bordo de La Fortuna Escarlata. Aunque las velas se inflaban con vientos favorables y el mar ofrecía calma, la tripulación se veía atrapada en una tormenta invisible. El capitán Graves había ordenado cambiar el rumbo hacia el sureste, siguiendo las coordenadas que el pergamino sugería.

No todos estaban de acuerdo. Los más supersticiosos murmuraban sobre la Insula Somniorum, convencidos de que era un lugar maldito. Recordaban historias escuchadas en tabernas de Tortuga y Port Royal: barcos desaparecidos, tripulaciones enloquecidas, tesoros que devoraban a quienes intentaban reclamarlos. Otros, más prácticos, temían perder tiempo y provisiones en una expedición incierta mientras los mercantes cargados de azúcar y plata navegaban cerca, al alcance de sus cañones.
Elías percibía esa división cada día en cubierta. Los marineros se reunían en pequeños grupos, hablando en voz baja, lanzando miradas furtivas hacia la cabina del capitán donde se guardaba el mapa. Graves, por su parte, parecía cada vez más absorto en el pergamino, como si su destino estuviera escrito en esos símbolos. Pasaba horas encerrado, estudiando el documento bajo la luz de una lámpara, murmurando para sí frases incomprensibles.

Isabela, sin embargo, estaba excitada por la promesa del hallazgo.
—Piensa, Elías —le decía en las noches, cuando se apartaban del bullicio—: un tesoro oculto, más allá de las rutas conocidas. Si lo encontramos, nunca más tendremos que servir a otro capitán.
—¿Y si es una trampa? —replicaba él, inquieto—. ¿Y si ese mapa solo conduce a la perdición?
Ella sonreía, desafiante.
—Prefiero arriesgarme a perderlo todo que pudrirme en Nassau sin haber intentado nada.
Aquel contraste entre su ambición y su cautela tensaba el vínculo que los unía. Sin embargo, Elías no podía dejar de seguirla con la mirada, como si en su determinación encontrara un ancla en medio del mar incierto.
La tensión alcanzó su punto más alto una noche sin luna. Los marineros estaban reunidos en cubierta, compartiendo ron, cuando un hombre robusto y curtido, llamado Harker, se puso en pie y habló con voz ronca:
—El capitán nos lleva a la ruina. Ese mapa es una maldición. Deberíamos volver a cazar mercantes y dejar las fantasías a los locos.
Algunos lo apoyaron con gruñidos y golpes de jarra. Otros callaron, temerosos de desafiar a Graves.
—¡Basta! —la voz del capitán tronó como un cañonazo. Graves apareció en cubierta, con el mapa en la mano y la mirada encendida—. ¿Quién se atreve a cuestionar mi mando?
El silencio se hizo. Solo el crujido de la madera y el rumor del mar llenaban el aire.
—Yo lo cuestiono —dijo Harker, adelantándose—. Los hombres no quieren seguir un fantasma. Y si insistes en condenarnos, tomaremos el barco sin ti.
Elías sintió el corazón en la garganta. Sabía que lo que ocurriría después marcaría el destino de todos.
El capitán no dudó. Desenfundó la pistola y, antes de que nadie pudiera reaccionar, disparó. El proyectil impactó en el pecho de Harker, que cayó como un saco al suelo, con la jarra aún en la mano.
El silencio se rompió en gritos. Algunos marineros sacaron cuchillos y sables, otros se apartaron aterrados. La cubierta se convirtió en un hervidero.
Isabela, rápida, tomó a Elías del brazo y lo empujó contra un barril, poniéndolo a salvo de las primeras estocadas. La rebelión había comenzado.
Elías observó con horror cómo hermanos de mar se enfrentaban entre sí, el acero brillando bajo la luz de las lámparas. Graves rugía órdenes mientras disparaba otra vez, abatiendo a un hombre que intentaba subir al alcázar. Los leales al capitán luchaban con furia, mientras los rebeldes, animados por la rabia, no cedían terreno.
Isabela se lanzó al combate sin dudar. Su daga encontró huecos entre las costillas de un adversario, y sus ojos brillaban con una mezcla de adrenalina y furia. Elías, en cambio, permanecía paralizado, temblando con un sable en la mano sin saber contra quién blandirlo.
La batalla fue corta pero sangrienta. Cuando el amanecer despuntó, la cubierta estaba sembrada de cuerpos. Los rebeldes habían sido derrotados, aunque no sin costo: una veintena de marineros yacía muerta o agonizante. Graves, cubierto de sudor y sangre, permanecía en pie en el alcázar, con el mapa todavía en la mano.
—¡Que esto sirva de lección! —rugió, con voz desgarrada—. El que desafíe mi mando terminará como estos traidores. La Fortuna Escarlata sigue su rumbo. ¡Hacia la isla!
Los sobrevivientes respondieron con un grito apagado, más por miedo que por convicción. Elías sintió el estómago encogerse. Habían cruzado un umbral: ya no eran solo piratas buscando fortuna, sino una tripulación marcada por la sangre y el terror.
Esa noche, mientras los cuerpos eran lanzados al mar envueltos en lonas, Elías escribió en su cuaderno: “He visto a hombres matar a sus propios hermanos por un pedazo de papel. El mapa no solo traza un rumbo en el océano, también ha dibujado la grieta que nos separa. ¿Qué encontraremos en esa isla? Oro, muerte… o quizá algo peor.”
Isabela, exhausta pero viva, se sentó junto a él. Tenía un corte en la mejilla y la camisa manchada de sangre. Le sonrió, como si quisiera restarle gravedad a lo ocurrido.
—El inglés sigue vivo —dijo con ironía—. No lo haces tan mal.
Él la miró con una mezcla de gratitud y desasosiego.
—¿Y si Graves nos lleva a la locura?
Ella sostuvo su mirada, seria por primera vez.
—Entonces tendremos que decidir si seguimos al capitán… o si encontramos la manera de trazar nuestro propio rumbo.

El mar, indiferente, se extendía en la oscuridad. Pero en el interior de La Fortuna Escarlata, las semillas de la traición aún no habían terminado de germinar.

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