Prólogo de Balaguer al libro De Décima De Alix
Ya en la Era de Trujillo, la Librería Dominicana hizo una edición en dos tomos con una selección y prólogo de Balaguer. El primer tomo salió en 1953 y el segundo en 1961.
La prosa de Balaguer es melcochosa y llena de cursilería. Desde aquellos versos distribuidos en 3 poemas que “homenajeaban” a Ercilia Pepín hasta su Cristo de la Libertad y la “Cruces Iluminadas”. Llenos de un sentimentalismo artificial, vacío, muchas sensiblerías. De hecho, si sus elogios a Ercilia hubiesen sido reales, él hubiera desempeñado un papel digno, como Secretario de Educación, y no hubiese mantenido unos sueldos de miseria y un atraso escolar.
La profesora rural Altagracia Jiménez Mercader (mi madre) cuenta que cuando se hizo una huelga de profesores exigiendo aumento salarial, él respondió con una frase que no se le olvidó nunca: “… los profesores no son más que aves de paso…” cosa que hirió en lo más profundo el sentimiento de los maestros.
Sin embargo, a pesar de todo eso, y tampoco sin creer en sus disculpas y excusas de que él “era un cortesano atrapado en las redes de la tiranía”, lo que él escribió en ese prólogo fue lo mejor que hizo en su carrera “literaria”. Ahí está el Balaguer cibaeño orgulloso de sus orígenes, del Navarrete que no olvidó, aunque no hizo nada por mejorar la suerte de sus habitantes. Yerra Balaguer, sin embargo, al describir a Alix como un personaje inculto. Tanto los libros, como su propia décima, lo coloca como uno de nuestros grandes poetas como lo afirmara Tomás Hernández Franco, con más propiedad para hablar.
Las ocurrencias de Alix fueron esas “charlatanerías” que Balaguer mismo nunca se atrevió a escribir por limitación y pudor. Por eso su admiración e identificación.
Reproducimos a continuación algunas expresiones de Balaguer en su prólogo de 1953:
La moral y la literatura
I
La publicación de este volumen de Juan Antonio Alix, en el que se han recogido muchas de sus composiciones pornográficas, plantea, acaso por primera vez en la República, el problema de la moral en la literatura. ¿Deben o no proscribirse de la obra literaria las creaciones reñidas con la urbanidad y con las buenas costumbres? (El dotor se “sincerisa”como lo hacía en su estrecha relación con Rosita Fadul, que como Alix, le hacía sus chistes rojos que él celebraba, muerto de la risa. Nota del autor). Una respuesta afirmativa, dada en forma categórica y sin ninguna clase de reservas, condenaría a la destrucción o al olvido una gran parte de las mejores joyas de las letras universales. Semejante sentencia privaría a la humanidad de los madrigales a Lesbia, obras de pornografía encantadora que valen tanto, entre las creaciones inspiradas por la sociedad de entonces a las musas del Alto Imperio, como los discursos de Catón y los aforismos de Séneca. Nadie se resignaría, sin duda, a que los tesoros literarios de la humanidad fueran mermados con la destrucción de los cuentos de Bocaccio, manjar saboreado en las mesas de todos los papas y de todos los príncipes del Renacimiento, o con la pérdida de los aciertos de ingenio y de dicción que el olvido de la urbanidad y de la moral han inspirado en el mundo entero a las musas de la invención dramática. (…)
(…) Acaso la verdadera inmoralidad de la obra literaria reside, más que en las formas mismas, en el estrago que puedan causar las ideas cuando se presentan revestidas de apariencias falsas o cuando tienden, a sustituir con hombre fiel a sus convicciones, es más digno de admiración ante la moral y ante la historia, aunque sus ideas acerca de los gobiernos monárquicos nos parezcan hoy equivocadas, que el propio Milton que un día hace el elogio del tiranicidio y de la libertad, y otro día se acoge a la sombra del poder para transformarse en un conservador rabioso. La suprema inmoralidad literaria, ¿no es acaso la que se exhibe en la obra del escritor venal o del poeta perdulario, dignos uno y otro de los célebres apóstrofes de Alfieri contra las letras asalariadas? Decía el abate Galiani, refiriéndose a la literatura de la época del Terror, que la elocuencia consistía entonces en el arte de decirlo todo, sin ser llevado a la Bastilla. La palabra, esa mano del espíritu, según la admirable definición de Charrón, ¿puede en esas circunstancias conservar su virtud como fuerza educadora del sentido moral del hombre? ¡Desconsoladora condición del genio!¡Miseria del destino! ¡Fatalidad de la inteligencia! El hombre escribe, y busca la eternidad prometida en las propias criaturas de su dolor, en los propios hijos de su espíritu, pero las miserables circunstancias de la existencia anulan en él la llama inmortal y lo convierten a menudo en un esclavo de la vida y del tiempo.
II
En la literatura pornográfica, es menester distinguir lo que es verdaderamente inmoral de lo que es simplemente sucio, lo que se halla en oposición con las buenas costumbres de lo que solo afecta a la urbanidad y a la cultura. Algunos capítulos del quijote, como aquel en que se narran los apuros de Sancho tras la aventura de su amo con un cuerpo muerto (Parte Primera, Cap. XX), opiniones ingeniosas las leyes y las verdades universalmente consagradas. Mayores males que los chistes de Quevedo y que las sátiras de Luciano, han causado en el mundo los libros en que hace Proudhon la apología del anarquismo y los versos sublimemente cínicos en que hace Shelley el elogio del incesto entre hermanos. La risa de Rebelais ha hecho sin duda menos daño que la rebeldía blasfema del Himno a Satanás de Carducci, o que las páginas en que Voltaire parece haber vertido, con alegría morbosa, todo el veneno encerrado en las siete copas del Apocalipsis.
Lo que hace más inmoral la literatura no es, por otra parte, el empleo de expresiones pornográficas o el uso de formas incultas y de maneras poco urbanas, sino más bien el rebajamiento de la palabra escrita que abdica de su potestad orientadora para trocarse en arma quebradiza, capaz de romperse al toque del temor o al de la lisonja. Nunca lució más triste el trono de la palabra que el día en que la cabeza de Cicerón, clavada en Los Rostros, anunció al mundo la muerte de la libertad antigua y la ruina de la elocuencia romana. La pluma vale, como garantía del equilibrio social, cuando la mueve la pasión del bien, o cuando la inspira la verdad; pero representa menos que la esclavina del mercader y que la argolla del esclavo cuando contribuye a hacer más grande el desamparo de la virtud, sacrificada por los galanteadores de la historia. Muchas veces lo que merece respeto no es la idea de que se hace eco la pluma; no es la concordancia entre la ley moral y la palabra que la expresa, sino la convicción con que el escritor sostiene sus principios y la lealtad con que los defiende frente al mundo. Jeremías Collier, símbolo del batallador irreductible, de él respiran mal olor y están llenos de cierta gracia natural, pero inurbana en la que todo sobra menos el pudor y la limpieza. Nadie, sin embargo, osaría condenar en nombre del decoro o del pudor esas páginas malolientes que a todos nos cautivan no solo por el arte que el autor ha empleado en la narración de sucesos tan viles, aunque tan humanos, sino también porque las faltas que allí se cometen contra la urbanidad no ofenden ni nuestro sentido moral ni nuestra delicadeza. De desacatos de esa especie está lleno el arte primitivo. En los poemas de Homero, el más grandioso de los monumentos literarios de aquella época, se describen las escenas más vulgares con una simplicidad de estilo y de imagen que no se concebirían en la literatura moderna, es decir, que no podrían tener cabida en un arte hecho por hombres que han perdido el sentido directo de la naturaleza. Los reyes homéricos, echados de bruces sobre la tierra, beben en las fuentes sagradas el agua de los ríos, y pronuncian, con palabras estercolarias, terribles juramentos, espantosas admoniciones que salen de sus bocas coloreadas con la espuma sangrienta de la venganza. La nodriza de Orestes, en una de las tragedias de Esquilo, habla con graciosa intimidad de los sitios en que el niño cumplía sus actos naturales, y la de Julieta, en el drama de Shakespeare, alude con igual desembarazo a escenas semejantes de la niñez de la heroína del más delicado de los poemas de amor concebidos por el genio del hombre.
(continuará, siempre sin IA).
