elCaribe rinde homenaje a Juan Marichal con esta serie de 16 entregas sobre, quizás, el juego más famoso de las Grandes Ligas.
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16° Inning
(T1) Bolling sacó a Marichal de esos recuerdos y con el tercer lanzamiento pegó un flai al right directo al guante de Felipe. (T2) A Aaron le pasó lo mismo y murió con flai al center field. (T3) Con Aaron abajo y dos outs, Marichal se confió y Menke le soltó una línea (T4) de hit por el left que no tuvo trascendencia ya que Larker Bateó un rolincito que Marichal fildeó sin dificultad y que Peruchín remató para el tercer out. Marichal no se dirigió al dugout directamente, se desvió hacia la primera para felicitar a Cepeda y, en el camino, llegó Mays, quien le dio una palmada en el hombro al tiempo que le decía: “Te voy a regalar un jonrón”. Dieciséis innings parecen mucho para un solo lanzador, pero no hay que olvidarse del estilo del juego que apenas empezaba a cambiar y a utilizar más relevos. El 1º de septiembre de 1906, los Red Sox, llamados en ese entonces Boston American, perdieron 4 a 1 frente a los Philadelphia Athletic en 24 innings. John Coombs le ganó a Joe Harris en un juego que duró 4 horas y 45 minutos. En 1918, Lefty Tyler y Art Nehf se enfrentaron en 21 innings y Milt Watson lanzó 20 innings contra el mismo Tyler. El 30 de abril de 1919 Oeschger pichó 19 innings contra Buleigh Grimes. El 1º de mayo de 1920, Leon Cadore y Joe Oeschger, con 28 años cada uno, iniciaron un juego en el Braves Field de Boston que comenzó a las tres de la tarde y a las seis cincuenta tuvieron que suspender por oscuridad. ¡26 innings! El juego terminó empatado 1-1 entre Brooklyn Robins (más luego serían los Dodgers) y los Boston Braves (Bravos de Milwaukee y de Atlanta). Esa era la forma de jugar. Eso explica la gran cantidad de juegos completos de los píchers anterior a los años 70. (T1) Kuenn se aparece en el plato sonriente, mira de reojo al quécher que se da cuenta y cambia la seña. Alvin Dark luce sereno y oscuro al lado de la tercera. Se agarra la gorra con las dos manos, se sacude un pie, se rasca la oreja derecha y da una palmadita. Kuenn sabe que debe esperar el primer strike. Spahn lanza una curva que llega de piconazo y sigue hacia atrás. Boca Negra, en el Estadio Cibao, la hubiera cantado strike si le hubiera dado la gana: “Dio un piconazo, pero luego pasó mitad-mitad”, hubiese argumentado.
Con un poco más de serenidad Spahn realizó su rito, levantó la pierna derecha y soltó otra curva que se pegó bastante, sin llegar a golpear al bateador. Una bola más y un strike que no se podía confundir. Al final Kuenn se decidió y sacó un flai al center field que Dillard se llevó como si nada. (T2) Willie Mays apareció con la misma sonrisa de siempre, se paró en home y estudió a Spahn, acechándolo. El número 24 siempre hace pensar en aquella jugada en que, corriendo como un loco y mirando pa’ arriba, mostró su número para grabarlo por siempre en los fanáticos del béisbol. La atrapada fue más que espectacular. Era el primer juego de la Serie Mundial entre los Gigantes de New York y Cleveland en el Polo Ground del alto Manhattan. El frío se sentía cuando el otoño ya terminaba ese 29 de septiembre de 1954. Las hojas de los árboles coloreaban todos los paisajes. Con dos bolas y un strike Vic Wertz soltó un estacazo entre center y right que sorprendió a Mays. A toda carrera hacia la valla y, a último momento, Mays atrapó la bola, se cayó, se levantó y tiró a segunda. Todo el mundo tuvo que volver a sus bases pues salieron con el batazo. Spahn no le tenía “pero ni un tantito así de confianza” a Mays y al primer lanzamiento sintió que se le cayó un pedazo de cielo sobre la cabeza. La pelota voló entre left y center con una fuerza que ni los vientos de la bahía desviaron. La bola subía, subía, subía. ¡Se fueeeeee! Es uno de los jonrones más famosos de la historia del béisbol. Todos sus compañeros salieron del dugout a recibirlo en home y, por supuesto, el ampaya miraba fijamente para comprobar que Mays pisara el diamante. Dark se quedó en la cueva. Toda su alegría la vivía por dentro. Por fuera se limitó a esperar a Mays y darle su mano de pianista. San Francisco dejó en el terreno a los Bravos. “What a game!” repetían en las radios de ese país. Marichal felicitó a Spahn, de quien se hizo amigo y quien luego vino al equipo a jugar en el año 1965. Aunque este no ha sido el juego más largo, era uno de los más emocionantes y que debió tomarse en cuenta para el Cy Young de ese año que le fue dado a Koufax. Con estos 16 innings, Marichal aseguró su entrada al salón de la Fama de Cooperstown luego de 16 años en las Mayores. Si bien Koufax ganó 25 juegos en 1963, Marichal también. Con todas las estadísticas a su favor Koufax ganó el Cy Young. Sin embargo, Koufax nunca hubiese podido realizar la hazaña de Marichal de los 16 innings porque al zurdo de los Dodgers había que meterle el brazo en hielo después de 9 innings, lo que hizo que se acortara su carrera. Por supuesto que influyó el hecho de que muchos de los periodistas, que son quienes eligen, eran racistas. Pero, en fin, aun sin Cy Young en su carrera, Marichal se retiró muy satisfecho de ser uno de los más famosos lanzadores de las Ligas Mayores de los Estados Unidos de Norteamérica. Tampoco hay que olvidar que ese mismo año Marichal lanzó un no-hitter y fue seleccionado al juego de estrellas. En un análisis de la MLB sobre los mejores píchers de los años 60, colocan en el número uno a Marichal; en el dos a Bob Gibson y en el tres a Koufax. Bunning para el cuarto, Drysdale para el quinto, McDowell en el sexto, Dean Chance en el séptimo, Jim Kaat en el octavo, Mike Cuellar noveno y Jim Perry en el décimo lugar. El retiro de Koufax en 1966 sorprendió a muchos y, más, a Buzzie Bavasi, quien lo necesitaba para atraer gente al play. Durante varios años él estuvo manipulándolo en contra de Drysdale para darle un salario de miseria, igual que como hicieron con Marichal, aunque él estuviese de acuerdo. Era un efectivo chantaje que solo Anne Widmark, esposa de Koufax, descubrió. A partir de ahí Koufax y Drysdale exigieron un salario a su gusto y juntos lograron $125,000 y $110,000. Esto fue el fin del dominio de los propietarios de equipos y la llave para Curt Flood y su rebeldía. El salario mínimo en 1966 era de $6,000 dólares y los equipos eran dueños del jugador por 6 años. Cuando lo liberaban eran firmados por otros equipos por otros 6 años y le daban el salario que querían. Una verdadera esclavitud. Cuando los japoneses le ofrecieron $500,000 a Drysdale, los Dodgers buscaron todos los abogados posibles para impedírselo. Se iba Drysdale y Koufax, que hacían una unión, aunque de dos, pero unión, o sea, un sindicalito. Eran el “duo dinámico”, por la serie de Batman. Al final Bavasi, como buen comerciante, resultó un gran estafador. En 1975, Flood aprovechó la liberación de Andy Messermith y Dave McNally de sus contratos para crear la Proclamación de Emancipación del Béisbol. Luego los salarios altos también contribuyeron a destruir el espíritu deportivo del juego. La NBC le ofreció a Koufax un millón para que fuera comentarista deportivo durante 10 años. No se sintió a gusto y rompió el contrato. Hablar no es lo mismo que jugar y él no era negociante. Muy pocos peloteros han entendido el deporte como él y la artritis del codo izquierdo le ayudó a comprenderlo. Koufax dice, en su autobiografía: “La existencia de un atleta es una vida autodestructiva”. Siempre se ha sabido que el béisbol es deporte y espectáculo, solo que desde que Curt Flood exigió salarios justos para los jugadores, no como deportistas sino como parte de un espectáculo millonario.

Los jugadores eran esclavos de compra y venta y el sueldo era el que se le diera. Por eso el lío de los $75,000 pesos a Marichal cuando Koufax ganaba $125,000. Pero al espectáculo no le bastaban el buen picheo o los jonrones ocasionales y se inventaron miles de escenarios como “atracciones”, entre los que están el baile de mujeres semidesnudas, lo que hace de la mujer un objeto. El resultado es que ya la familia va menos al estadio, las madres no quieren que sus niños y jovencitos asistan a esa degradación. A mí me encantaba el baile del Guayaberudo en el séptimo inning, era un apoyo al equipo a ritmo de “leña lleva el burro”, un merenguito pegajoso que animaba a la fanaticada. Pero ni el Guayaberudo ni Cucharimba tuvieron que presentarse en paños menores sobre el dugout. “No, yo no soy fanático de ningún equipo. A mí me gusta el béisbol”, decía Buck Canel. FIN
(Escrito sin Inteligencia Artificial)
