Los tres malos de Sergio Leone

Siempre han sido héroes y villanos que sirvieron para consolidar la doctrina Monroe por todo el continente

El “Spaghetti Western” tuvo en Sergio Leone el mayor exponente. Es él quien usó el vaquero para hacer buen cine, ese personaje que ya tanto había acostumbrado al público.

Como moda, sirvió para “la artesanía” cinematográfica que lo siguió, no para hacer arte, más por dinero, una chorrera de películas sin ton ni son, para llenar el espacio y saciar el mal gusto del rebaño.

El nuevo vaquero de Leone es sucio, mal afeitao, más real que el que nos presentó Hollywood desde Tom Mix, Ken Maynard, Gene Autry, John Wayne, Gregory Peck, Randolph Scott y tantos que, fajao a trompá limpia y revolcaos en el lodo, una vez terminada la pelea, aparecían en la escena siguiente limpiecitos, para fingir un romanticismo visual engañoso y falso. Y siempre con héroes y villanos que sirvieron a consolidar la Doctrina Monroe por todo el continente.

Con Leone no, porque todos son malos, desde El Bueno, hasta El Feo.

La psicología del ser humano dispara, con un Colt o un Remington robado en la tienda, a la falsa amistad, a la falsa asociación que tiene como seguro el interés monetario, para darnos una lección quijotesca, sin que nos demos cuenta… que estamos demasiados concentrados en los tiros y cañonazos de aquella guerra absurda, como lo son todas, del Norte azul contra los grises del Sur, racistas, del General Lee, en los Estados Unidos de los años 60 decimonónicos.

El caza-recompensas no busca bandidos fichados para hacer justicia, tiene una sed insaciable de riqueza que destruye todo a su paso, que mata al exsocio, ya padre, ya con familia. Es un oficial corrupto, implacable y cruel, como tantos que cabalgaron en las páginas de la Historia Universal y, que hoy, no se han desmontado de ese caballo de hierro.

Leone corre por las huellas del buen cine italiano de Fellini con sus personajes grotescos. Él los supera a todos con Eli Wallach que hace de Tuco.

Tuco es puro teatro y de una falsedad más que ensayada, es creíble desde el Yin hasta el Yan. Es, sin duda, el personaje central con la mejor actuación. Eastwood sería el perfecto protagonista de “Soso y Siso”, haciendo el papel del primero. Pero nos gusta forzando su accionar, empujándolo para que nos parezca el héroe , con su autosuficiencia, su supremacía, su infalibilidad y su machismo de “hombre Marlboro” de aparente calma o la única forma que conoce para pararse frente a la cámara para no convencer y mucho menos, su perfecta puntería.

Es el celo de Clint, acostumbrado a sus peliculitas de “apaga y vámonos” para la TV de USA, que lo incomoda con cada repetición que Leone le exige para asegurar la calidad. Rechazó el papel que ocupó Bronson y, es recordado por ese film por más pálido e imperdonable que parezca.

Lee van Cleef, que al igual que Jack Palance, no requiere de gran esfuerzo para ser malo. La naturaleza lo dotó de su mirada mefistofélica como de carnet y su sonrisa sarcástica que no la tiene que actuar porque va con él, para caérsenos del altar de héroes, desde el principio, con la muerte del hijo de su excompinche.

Esta película, “El Bueno, el Malo y el Feo”, que vimos poco después de la Guerra de Abril, cogió fama por ser en sí una crítica a las mismas vaqueradas a las que nuestros ojos estaban acostumbrados, con sus guiones simplones, la demostración de buenos jinetes al galope por los mismos caminos, con la misma diligencia que nos hipnotizaba con el giro al revés de sus ruedas , en una ilusión óptica que resume todo el sentido del cine y de la vida.

La vimos en el Cine Independencia que se instaló en la Estación Tamboril que había construido Horacio cuando Mon siguió rodando aquel tren que Lilís había inaugurado pomposamente el 16 de agosto de 1897 en Santiago.

El cine que se fue con el viento de los nuevos tiempos, soplado con celulares y plasmas personales, vuelve a proyectarse sin aquellos aparatos aparatosos, iluminados por el choque de dos carbones que le daban un temblor al telón como de penumbra esclarecida con velas. En la misma pantalla de la Biblioteca que no fue, aparecen los mismo bandidos, malos todos, se oyen las pisadas con sus espuelas de cascabeles, el eco de los sonidos inventados por Ennio Morricone, el trote de herraduras de caballos y hasta se huele la pólvora de los cañones, en este noviembre lluvioso.

Cuando se fue el cine, como el Cinema Paradiso, los ventarrones de la modernidad no se llevaron solamente aquellas imágenes que nos cortaban de la realidad, se apoderaron de la esencia, del roce humano, del contacto social que aquellos espacios nos daban.

El cine, en ese tornado, se fue junto a las retretas del Parque, junto al caminar se llevó el lado humano para dejarnos encerrados en nuestras yipetas de vidrios ahumados, para no tener que saludar a nadie; nos dejó un parque vacío y sin sombra, sin yunyuneros, unas calles sin peatones repletas de motoristas ruidosos e irrespetuosos, nos dejaron el hoyo de los que buscaron “el éxito” en otras ciudades y que volvieron sin rostros como zombies, ayudados por la IA para resaltar un talento que no tienen y para encubrir ambiciones y orgullos. Vinieron con una ciudadanía sin identidad, pero con el mismo olor del bacalao a cuestas. Se quedaron tres viejitas que siguen yendo a la Iglesia a oír el mismo cuento mal contado. Nos quedó el hueco de los que se fueron y volvieron ostentando riquezas y gentilicios ajenos con sus limosnas de “caridad” y sus prisas por regresar, “que aquí no hay pastillas para la vejez… como allá”. Nos dejaron una juventud perdida entre el humo de hooka y la ilusión de riqueza al vapor sin haber leído una sola línea de Tomás Hernández Franco. Nos dejaron un pueblo de esclavos modernos perdidos en sus horarios de sobrevivencia fabricando “lo que sea y poi baisa” para llenar miles de contenedores que van a saciar el consumo mundial de porquerías y vanidades, en nombre del Progreso.

El cine volvió enredado en una nostalgia que se hunde en una vorágine de esperanza, oyendo en la lejanía, el son, que no pudo retornar.
(Este escrito no está redactado con IA. Se usó IN, inteligencia natural).

Vaqueros
Leone corre por las huellas del buen cine italiano de Fellini con sus personajes grotescos. Él los supera a todos con Eli Wallach que hace de Tuco”

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