Aunque aquel día había empezado con una llovizna ligera, el cielo mostraba un azul intenso, como para ir a la playa, pero Gregorio Luperón prefirió llevarse a su huésped, don Eugenio María de Hostos, por un camino que bordeaba el mar, para un paseo filosófico.
Cuando el patriota puertorriqueño le habló de la modernidad y las comunicaciones, Luperón hizo un alto y le habló con absoluta seguridad y en un francés de complicidad:
- Ese tren lo va a hacer “L’Ulise” cuando sea presidente.
La caminata los llevó desde la Logia a la Fortaleza San Felipe, donde dieron media vuelta, para ir trazando un Plan Nacional de todo.
Una parte del plan lo llevó a cabo Hostos en la Educación, quien con tino y entrega formó los primeros educadores en el 1886.
Y, el tren, fue una realidad luego, como premonitoriamente lo había dicho Luperón, cuando “L’Ulise” envió a monseñor Meriño a Europa a buscar los recursos para esa obra.
Trabajar en el primer tramo desde Las Cañitas fue un verdadero desastre por la especulación con los terrenos. Gregorio Riva, jugó un papel importante por ser un gran empresario, pero no es el gran filántropo, como el león de la pintura.
En la Estación La Vega, donde está el Mercado Municipal, se celebró la inauguración el martes 16 de agosto del 1887 con la presencia de Teófilo Cordero y Bidó, representante del Presidente y acompañado de Hostos. De Moca estuvo Horacio Vásquez, José Brache y Luis Pichardo Brache. De Macorís, José Castellanos, Pelegrín Castillo y Pochín Brea. De Santiago, Augusto Espaillat, Tobías Morel, José Manuel Glass y Manuel de Js. Tavárez.
El tren venía desde Sánchez (Heureaux le cambió a Las Cañitas el nombre por el patricio Francisco del Rosario) cruzando conucos, tocando un pito que llamaba a la gente a que se agolpara, en línea, a todo lo largo de los rieles, como cuando pasan las modernas caravanas “políticas” .
Los conductores, los primeritos que manejaron el tren, eran dos gigantes tan blancos que parecían transparentes, de mejillas muy rosadas, no acostumbradas a los calores caribeños y sudaban, desde sus cabelleras, como el salto de cualquier rio. Uno era rubio y el otro rojo como pitajaya. El camarón era Mr. Malena, escocés, quien llevaba una chatita de whisky en el chalequito y representaba a Mr. Baird.
El servicio de telegrama del tren hacía que la gente lo esperara con puntualidad.
Un total de 14 locomotoras de vapor se movían en su ida y vuelta. Las “del patio”, más pequeñas, desde los barcos a las aduanas (las número 4, 5, 7, 11, 12 y 14). Las de “viaje largo” que recorrían los 105 kilómetros jalaban 30 vagones de carga, los dos de pasajero y el brimbán para el correo.
Para llegar a la Vega se salía a las 6:30 y luego de arrastrarse como una culebra de hierro, llegaba, con la lengua afuera, por los interminables sube y baja de cargas, por las estaciones Chinchones, Arenoso, Almacén (hoy Villa Riva), Yaiba, La Ceyba, Sabana Grande, Barbero, Caobete, Las Guáranas, La Jina ( hacia Macorís), Macorís, La Jina (para Baird), Baird, Zenobí, Las Cabuyas y Bacuí. El viaje completo costaba $3.50 en el primer vagón y $2.50 en el segundo. Entre cada estación había una tarifa que iba desde los $0.25.
El tren no solo sacaba cacao, café, tabaco… en el vinieron al Cibao automóviles, motocicletas, pianos, bicicletas, fonógrafos, vitrolas, muebles, bacinillas, zinc… casi todo.
Era La Vega de apenas 21 calles, 73 manzanas y 789 casas, según el inventario de Enrique Deschamps de 1906.
Entre 1879-80, el gobierno provisional de Luperón había negociado con la compañía escocesa de A.Alexander Baird. Ese proyecto comprendía el tramo Samaná-Santiago, ese que fue inaugurado en 1887 en La Vega. Pero en 1890 se iniciaron los trabajos del tren Santiago-Puerto Plata gracias al “Empréstito de la Westendorp & Co.” por diligencia de Tex Bondt y el gobierno de Heureaux.
El 15 de agosto de 1897, el oleaje estaba fuerte y balanceaba la Goleta Presidente en el puerto del Ozama, aún así obtuvo el visto-bueno del comandante Ozoria para navegar hacia Samaná, y, aunque había una parada programada en el Puerto de Macoris, Lilís prefirió seguir porque quería verse allá con su concubina, la misma que le dio el papelito advirtiéndole de la emboscada de Moca, dos años más tarde.
El 16 se levantó como nuevo, se montó temprano en el tren Presidente del Ferrocarril Central Dominicano junto a los pasajeros que completaban la comitiva que lo acompañaba. El segundo y tercer vagón llevaba más pasajeros del tren burocrático. El cuarto estaba repleto de comida y bebidas que el Presidente tenía a mano para estos viajes. En el quinto vagón iba su quitrín que él casi nunca usaba porque prefería su viejo alazán, compañero de mil batallas restauradoras.
En Moca lo esperaba su compadre, el General Perico Pepín y un pequeño batallón de 20 soldados con carabinas que pesaban más que un andullo de tabaco amarrao con cables. Saludó a los incontables compadres, a quienes les impregnó su perfume parisino y partió a Santiago por el viejo camino que en la ocupación, sería la Carretera Duarte. Llegó al corazón mismo de la ciudad para asistir a la misa en su honor en la Catedral que sería su tumba y que él, con la experiencia de Onofre de Lora, había construido.
Ese día estaba nublado, aunque menos que cuando una mujer lo había querido insultar comparándolo con las nubes, allá en su vecindario, cerca de la Iglesia Las Mercedes. Pero ni el calor impidió que, enredao en un disfraz de emperador, inaugurara el Palacio Consistorial, construido por el belga Louis Bogaert, el mismo de los sapo; el Parque Colón, frente a la casona de dos pisos donde vivía Yoryi Morel, por la Iglesia La Altagracia.
Se dirigió a pie, de sur a norte, por la Calle San Sebastián (hoy 30 de Marzo) acompañado por las autoridades locales y en especial por doña Eloisa Espaillat, viuda de don Ulises Francisco, Juan Antonio Alix, el joven Pedro Batista y al arzobispo de la ciudad.

La Estación Marte y el Cementerio de en frente quedaron inaugurados. Esta es la inauguración oficial al tramo Santiago-Puerto Plata donde se aglomeraron todos los seguidores del Partido Azul y miles de curiosos, lambones, matones, vestidos con sus trajes domingueros y tocados de sombrero canotier (sombreros casabe) o gorras escocesas que se pusieron de moda cuando los gangsters la alternaban con sus lujosos panamás blancos y una Thompson de peine redondo de 100 balas.
Tanto el tramo Santiago-Moca como el de Moca-La Vega habían sido negociados desde 1894 y 1896 respectivamente con la A.A Baird, Glasgow (de E.U. y Reino Unido) y la San Domingo Railway Cy. Por £ 500,000 y £ 80,000. No fue hasta 1909, cuando se realizó, en el Gobierno de Mon, ese tramo completivo, que lo hizo Horacio Vásquez, incluida la Estación Tamboril, aunque a Mariano lo enculille.
Años pasaron de abandono y deterioro de la Estación, cuando en Puerto Plata se instaló el absurdo Cuerpo de la Defensa Civil. El trencito que se exhibía en el jardín se podría sin que nadie se interesara en ese pedazo de Historia.
Se tuvo que esperar al año 2050 para que se creara un Museo que ha sido la atracción principal turística junto al Fuerte San Felipe, La Logia y las playas.
En el Museo se puede apreciar, el pasillo exterior debajo del alero circundante, todo en ladrillos originales igual que los mosaicos interiores de la época, que fueron pisados por el propio Presidente Heureaux, Luperón, Hostos, Maceo, Jaime Colson y su amigo Tomás Hernández Franco, el barítono Eduardo Brito y tantas personalidades que lo abordaron cuando este recorría, en 4 horas, el trayecto desde el viejo muelle hasta la Estación Marte.
Ir de Puerto Plata a Santiago era un paseo maravilloso y a nadie le importaba que se tardaran subiendo y bajando mercancías. El viaje costaba $3.50 pesos en primera clase y $2.55 en el segundo vagón.
Habían paradas, aunque no necesariamente estaciones, en San Marcos, Sabana, Agüita, Barrabás, Corozal, Bajabonico (Imbert), Pérez, Llanos de Pérez, Quebrada Honda, Las Lajas, Higüero, Altamira (La Piedras), Copey, Túnel, Cañada Bonita, Guanábano, Navarrete, Las Lavas, Palmarejo, Las Lagunas (Villa González), Quinigua, Jacagua y Gurabito.
Aunque se creía que “la cultura no da voto”, el síndico que construyó el Museo del Tren, ha sido reelegido 3 veces porque, además de museo, en lo que era el almacén de la estación, hay una escuela de arte llamada Lionardo en honor al esplendor de Florencia en época de ese famoso pintor. ¡Oye esa vaina!
