Relatos de Nathalie García

Por Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Nathalie García (San Francisco de Macorís, 1986) es docente, escritora y gestora cultural. Magíster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), ha desarrollado una trayectoria que integra la educación, la promoción de la lectura y la creación literaria.

Es autora de Casi cuentos, libro de microrrelatos; Quién le pondrá nombre a esta tarde, volumen que reúne cuentos galardonados; y Bonsái de versos, poemario. Su narrativa ha sido incluida en una antología del cuento dominicano del siglo XXI publicada en Zaragoza, España, mientras que parte de su obra ha trascendido fronteras mediante su participación en ferias y festivales literarios internacionales.

Entre los reconocimientos que ha recibido destacan el Premio Joven de la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2019 por su cuento Teniente Sosa; el Premio del Certamen de Talleres Literarios de la Feria Regional del Libro Hermanas Mirabal 2015 por el cuento Un mes de muerta; y la Mención de Honor del Premio Banreservas de Relatos de Merengue por Meicedita. En 2026 resultó ganadora del Premio al Estímulo “Salomé Ureña de Henríquez”, otorgado por el Ministerio de Educación a docentes destacados por la excelencia de su práctica pedagógica.

Es fundadora del taller literario Casa Poe, espacio dedicado a la formación de nuevos lectores y escritores, desde donde impulsa proyectos de animación lectora y desarrollo cultural.

Creo que fue durante la Feria Regional del Libro en Hermanas Mirabal cuando tuve plena conciencia de la dimensión humana y profesional de Nathalie García. Desde entonces nos une una complicidad literaria y educativa muy especial. Como educadora y promotora de la lectura constituye un caso admirable por la persistencia, la creatividad y la entrega con que asume cada uno de sus proyectos.

Es incansable en la búsqueda de nuevos lectores y escritores, a quienes acompaña con entusiasmo y generosidad. Los “nathalistas” —si se me permite el término— están dispersos por distintos lugares y llevan consigo la huella de una creadora que los inspiró y cuya influencia permanecerá en ellos durante toda la vida. Uno puede encontrarla aquí o allá: leyendo, participando en concursos, organizando actividades culturales o diseñando nuevas estrategias para dinamizar sus clases.

Es una abeja laboriosa; una Salomé Ureña de nuestro tiempo o una combativa e infatigable Ercilia Pepín de la ciudad del Jaya. Su vocación educativa y cultural se expresa en una labor constante que ha impactado a generaciones de estudiantes, lectores y escritores.

Los textos que hoy presentamos revelan una escritura de notable intensidad expresiva, sostenida por una mirada crítica hacia diversas formas de violencia, exclusión y desigualdad que atraviesan la experiencia humana. Su prosa combina imágenes de gran fuerza poética con una sensibilidad social que permite explorar, desde múltiples perspectivas, conflictos vinculados al poder, la memoria, la injusticia y la condición femenina. Cada pieza construye una atmósfera propia, donde la brevedad convive con una alta densidad simbólica y emocional, favoreciendo lecturas abiertas y reflexivas. En conjunto, estos textos evidencian una autora capaz de articular compromiso ético, imaginación literaria y eficacia narrativa en un universo creativo de singular coherencia.

TENIENTE SOSA
Está sangrando. Una pedrada en la frente puede matar. Se esconde tras el camión, pero este arranca y solo deja un ronquido.
Hace días viene pensando en su futuro. Había considerado retomar sus estudios. Lanzar bombas a los estudiantes no es lo suyo, pero no se piensa lo mismo con la frente rota.
– ¡Encuéntrenlo!
Corre. No le queda gas. El lacrimógeno se le cayó junto con el arma. Se cubre entre los barriles de basura. Hace intento de respirar profundo, pero ese rincón huele a mundo podrido y a demandas incumplidas.
– ¡Se escondió por allá!
Los cristales vuelan como granizos afilados y los comercios cierran sus puertas a toda prisa. Todo es lanzado y a nadie le importa lo que se tira, cuando se tira con tanta rabia.
Era una protesta cualquiera, un día cualquiera. Cuando bajó del camión solo llevó un par de bombas con él. Luego entendió que no es de escolares buscar a un policía con tanta insistencia.
– ¡Sigan buscando!
Necesita un plan. Observa, desde los escombros, que el neumático ha cobrado vida y que el humo es, ahora, un gigante que no colabora con la justicia.
– ¡Miren, es la suela de una bota!
Se olvidaron las consignas y por qué esto llegó a ser esto. Todo se resume a encontrarlo. Sus piernas tiemblan. Lleva mucho tiempo agachado. Ha logrado camuflarse entre las hojalatas y el cartón. Los otros actúan con seguridad, saben que pronto lo encontrarán. Se alejan un poco.
Improvisa una venda que cubre la herida. Una piedra furiosa puede ser peor que una bala. Contempla la posibilidad de salir y enfrentarlos. A su entender, la ciudad necesita orden y la policía, respeto.
Llega una ambulancia. La atacan con pedradas. Ésta intenta devolverse, pero obstaculizan su paso.
– ¡Quémenla!
Abren las compuertas. Lanzan una botella con algún tipo de compuesto. Explota y el chofer sale desorbitado.
– ¡Muévanse, hay que encontrarlo vivo!
Esto es demasiado. Recuerda el día en que le salvó la vida a su compañero. Ese favor está pagado; lo elevaron a Teniente. Piensa en que no debió bajarse del camión o que ellos debieron volver con refuerzos.
Un silencio de fuego cubre el entorno. Intenta mirar. Le espanta la idea de que lo tengan rodeado. Teme más a la calma que a los verdugos.
Escucha que se acercan. Encuentra un tubo. Lo toma. Algo es algo y peor es morir de rodillas. Esto ya no es por la Patria. Es por su apellido.
Desmantelan su refugio.
– ¡Míralo, agacha’o!
Sale al frente. Su cara tiene un glaseado de sangre. Esto turba a los desaprensivos, por lo que aprovecha y les va encima. Le rompe los dientes a uno. Otro lo ataca por detrás, pero se mantiene en pie. No quiere que hablen de él en pasado.
– ¡Me ha salido bravo el tenientico!
Continúa. Tumba dos. Le quedan más de veinte. No importa. Esto sirve de catarsis.
Lo sorprenden con un batazo en la rodilla. Llega la prensa y toma fotos. Todo queda grabado.
– ¡Esto es un mensaje para el General! ¡Aquí no hay miedo, coño!

Una punzada en el costado. Ya sabe que no seguirá sus estudios. No se queja. Por su mente viajan los últimos episodios: camión, bomba, ambulancia, fuego.

Lo arrastran al medio de la calle. Una patada en el pecho de quien se supone es el jefe. Quiere vomitar. Intenta levantarse, pero sus extremidades no responden. Siente que le pisan la cabeza y es lo último que siente.

NOTAS
Barres, porque para eso te pagan una miseria. Cargas la vecindad en tus ojos de anciana y en tus brazos que, de tanto esperar pensión, se han alargado hasta el cansancio.

Tomas la escoba con dignidad. Danzas como si no fuera tarde para dar la talla. Te duele la espalda porque los años ya te perdonaron lo suficiente.

Llega el supervisor que solo sabe gritarte y obligarte a barrer lo que no se puede borrar.

Si mi guitarra pudiera empuñar un canto que llegase a ese sol mulato y le quemase la cara al que te injuria sin razón.

Barres de prisa, no sea que piensen que no puedes más. Te observo desde la escuela de música y siento que pude haber llevado tu nombre o ser la carne que habitas desde antaño. Si mi piel hubiese sido ese acordeón que se dibuja en tu cuerpo remoto, tal vez entendería algunos porqués.

Te empujan para que recuerdes que tu rendimiento ya no es óptimo. Te veo balancearte a punto de caer. Estoy tan triste por ti que se me queda en el cuerpo tanto llanto.

Terminas la jornada, guardas tu escobillón. Todo ha quedado impecable excepto mis ojos que ahora saben de ti.

Posted in Cultura, GenteEtiquetas

Más de gente

Más leídas de gente

Las Más leídas