Anairis Pérez Brito
Especial para elCaribe
El poema “Rabiaca del haitiano que espanta mosquitos”, de Rubén Suro construye un retrato vivo y humorístico de un personaje haitiano que intenta defenderse de un mosquito persistente. Aunque el poema parece, a primera vista, un simple episodio cómico, su trasfondo es profundamente social y cultural. El hablante, mediante un lenguaje popular y fonéticamente transcrito, evidencia la presencia haitiana en el Caribe hispano y, al mismo tiempo, la precariedad que acompaña a los sectores marginados.
El poema utiliza el criollismo lingüístico como recurso literario. La pronunciación modificada -”moquite”, “fuñie”, “sunbie”, “quema oja seque” no solo aporta color local, sino que sitúa al lector en un espacio donde la identidad del hablante es inseparable de su forma de hablar. Suro recoge la musicalidad del habla haitiana en territorio dominicano, celebrando su expresividad y destacando su presencia social. La oralidad, las repeticiones y los modismos convierten el poema en una escena teatral casi cómica, donde la voz del personaje tiene más peso que el mosquito mismo.
La lucha contra el mosquito funciona como metáfora de los problemas pequeños pero constantes que enfrentan los más desfavorecidos: molestias que parecen insignificantes pero que, acumuladas, generan irritación, cansancio y deseos de escapar (“me bua di p’Haiti”). Sin embargo, el tono humorístico transforma la queja en una afirmación de resistencia. El haitiano del poema no se rinde; enfrenta su incomodidad con palabras, amenazas, ingenio y rabia juguetona. A pesar de la pobreza sugerida por “yo quema oja seque” o “yo quema papel”, su actitud revela dignidad y carácter.
Asimismo, el poema expone la mirada intercultural dominico-haitiana. El personaje menciona que el mosquito debería “buscar gente blanque pa que te dé gute”, reflejando tensiones raciales históricas, pero también revelando una conciencia irónica de su propia posición dentro de la sociedad. Su afirmación de que el mosquito se puede “enbenená” si pica a un “negre” alude en tono jocoso al estereotipo de dureza y resistencia corporal, reivindicando la fortaleza del hablante ante las adversidades.
Rubén Suro convierte una anécdota mínima en una representación literaria de la identidad haitiana en el Caribe. A través del humor, la exageración y el lenguaje popular, el poema revela la humanidad, la lucha y la capacidad de resistencia de quienes viven en los márgenes. Más que un poema sobre un mosquito, es un poema sobre el orgullo, la dignidad y la resiliencia cultural.
Uno de los rasgos más llamativos del poema es la representación de la vida cotidiana del haitiano. El acto de espantar mosquitos, repetitivo y aparentemente insignificante, es elevado a la categoría de motivo poético. En la tradición literaria caribeña, la cotidianidad ha sido un espacio privilegiado para exponer la dignidad de los cuerpos históricamente marginados: trabajadores cañeros, campesinos empobrecidos, mujeres que cargan con múltiples formas de opresión.
El poema convierte ese gesto de espantar mosquitos en una especie de danza nerviosa, tensa, ligada a la supervivencia. En este sentido, la rabiaca no es solo un enojo, sino la descarga física de un cuerpo agotado, acosado por plagas, por el clima y por las condiciones laborales adversas. Como señala Benítez Rojo (1998), la literatura del Caribe tiende a “ritualizar lo cotidiano”, otorgándole una significación estética y política. En el poema, el ritmo del lenguaje refleja el movimiento inquieto del trabajador, y el lector percibe la intensidad corporal de la escena.
La rabiaca se expresa mediante un lenguaje cercano, casi performático, que recuerda a la forma en que los campesinos o trabajadores conversan, bromean o se desahogan entre sí. Hall (1990) indica que la oralidad en contextos afrocaribeños funciona como un “espacio de reconstrucción identitaria”, especialmente para grupos desplazados o racializados. En este caso, la voz del haitiano es recuperada no como objeto folclórico, sino como sujeto de experiencia.
La musicalidad del poema refuerza la carga emocional de la rabiaca. El ritmo acelerado imita el movimiento con que espanta los mosquitos, creando una correspondencia entre forma y contenido. Así, el poema se vuelve casi corporal: se lee y se siente al mismo tiempo. Esto lo relaciona con tradiciones afroantillanas donde el cuerpo es vehículo de sentido como el son, la salve, la danza vodú y donde gesto y palabra se entrelazan.
En el poema, la rabiaca es más que una reacción impulsiva: se convierte en un gesto simbólico de resistencia. El haitiano no solo se enfrenta a los mosquitos; se enfrenta a la pobreza, al cansancio, al estigma social y a la precariedad. La rabiaca expresa una rabia contenida que no puede dirigirse contra las estructuras opresivas, pero que aparece en forma de estallido físico.
Autores como Dash (2001) han subrayado que la literatura haitiana y la que representa personajes haitianos en el Caribe suele mostrar la dignidad en medio del sufrimiento, y que emociones como la ira o la frustración funcionan como respuestas humanas ante un sistema deshumanizante. En este poema, la rabiaca es una afirmación del yo: el haitiano aparece como un ser que siente, que expresa, que se defiende dentro de sus posibilidades.
La rabiaca también revela el conflicto entre el cuerpo y su entorno. La figura del mosquito, con su insistencia y su picadura constante, simboliza el acoso del entorno hostil. La reacción del haitiano es un acto de insistencia vital: “estoy aquí, sigo luchando, sigo moviéndome”. En una lectura metafórica, el poema critica las condiciones laborales de los trabajadores haitianos en República Dominicana, especialmente en zonas agrícolas y cañeras, donde históricamente han sido explotados y marginados (Wooding & Moseley-Williams, 2004).figura del haitiano en la literatura dominicana ha sido objeto de múltiples interpretaciones. En ocasiones, aparece estigmatizada; en otras, humanizada; en otras, convertida en símbolo de alteridad.
El poema “Rabiaca del haitiano que espanta mosquitos” se inclina por una representación empática, centrada en la experiencia corporal y emocional del personaje. La frontera, más que dividida por líneas políticas, aparece como un espacio humano compartido.
La rabiaca puede interpretarse como una respuesta al sentimiento de no pertenencia, al desplazamiento y a la discriminación. La persistencia del protagonista frente a los mosquitos puede leerse como la persistencia del inmigrante frente a los prejuicios. Como sostiene Martínez (2013), la literatura de la frontera en el Caribe suele “mostrar el choque y la mezcla de culturas” a través de escenas sencillas que revelan tensiones profundas.
El poema logra, sin caer en paternalismos, mostrar la humanidad de un sujeto que frecuentemente ha sido reducido al estereotipo del trabajador anónimo. Su rabiaca rompe el silencio.
La rabiaca no es solo enojo: es impulso de vida. Es la energía que permite seguir trabajando, seguir moviéndose, seguir sintiendo. En la tradición literaria caribeña Como muestran Césaire, Guillén o Hernández Franco la dignidad del ser negro y del ser trabajador se expresa muchas veces en la corporalidad: en el baile, en la voz, en el gesto, en la risa, en el enojo. Este poema forma parte de esa genealogía.
Finalmente “Rabiaca del haitiano que espanta mosquitos” es un poema breve pero profundamente significativo. A través de la oralidad, el ritmo y la representación de un gesto cotidiano, se construye una figura humana compleja: un trabajador haitiano que encarna la resistencia, la frustración y la dignidad. Su rabiaca no es un simple estallido emocional: es un acto de afirmación ante un entorno adverso.
