Trespatinicidio a tó volumen

Cuando una gallina picotea, emite un sonido de ternura y sabiduría que solo lo entienden sus polluelos, ávidos de alimento y alegría. Eso no está en internet explicado a golpes de interrupciones consultativas, como los chivos que hacían pasar a tantos estudiantes… que no estudiaban.

Nosotros éramos los polluelos con La Tremenda Corte que solo fue posible conectarla con el vulgo con la espontánea manifestación y carga de humor de Leopoldo Fernández y Aníbal de Mar, que nosotros conocimos como Tres Patines y el Señor Juez, cuando sus ocurrencias eran posibles por dos pilitas Eveready bien colocadas en los raditos de moda, de los años 60 del siglo XX.

El que no entendió, no entendió, porque no había “rewind”.

Las últimas voces de los profesores, entre 11 y media y doce se iban apagando y solo esperábamos, con la ansiedad en un hilo, que el timbre sonara para correr con pasos certeros hasta la casa. Allí, con voz de cubano y sin demora, con la puntualidad de cada día, como la voz del Pan de Gente o los dulces del Veganito, nos esperaba con la misma paciencia, después de Ramón de Luna.

El Señor Juez, Tres Patines, Rudecindo y los no menos asiduos, el Secretario con su campanita, y Nananina, resentida, divorciada, con voz de Olga Guillot, llevándose, como guía general, del guión de Castor Vipo o del propio Tres Patines, iniciaban, a la una en punto, la comedia radial que constituía el postre de lunes a viernes.

El manejo del absurdo y la exageración como si fueran caricaturas habladas, se explayaba en cada programa adornado de vocablos de doble sentido, rejuegos de palabra y expresiones idiomáticas inventadas que servían para enriquecer nuestro léxico y volar por las alturas de mundos culturales desconocidos, por encima de Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado o los cuentos de Pedro Animal y Juan Bobo. Nuestra televisión quiso imitarlos, pero ¡¿Con qué cultura?!

Ningún programa, desde aquellas aventuras del cazador Pololo Kazán, mantuvo en vilo a tanta gente pegada a la radio, como La Corte de Pototo y Filomeno.

Al Señor Juez, que no conocimos ni en los periódicos y menos en la inexistente televisión en los campos aledaños a Tamboril, lo imaginábamos gordo, con peluca de Mozart, gafas oscuras con un gorro como si fuera un personaje de un libro de refranes; con un diente de oro y ojos de tortuga. A Tres Patines, con gorra de billetero bailador de son, boca de vendedor de aguacate, pelo escaso y precedido de una calvicie encubierta por algunos pelos que iban de un lado a otro; sonrisa de cura en confesionario, vestido de chacabana blanca y bien planchada por su Mamita.

Como no conocimos ningún gallego en el Cibao, nos creíamos que Rudecindo (Adolfo Otero) tenía cara de borracho de cabaret de mala muerte, de pocos dientes y una gordura que le impedía caminar y hablar como la gente.

De Nananina, Mimí Cal, pensábamos que era gorda, de escasa barbilla, vestida de azul oscuro, dientúa, con moño encima de la cabeza como babonuco para cargar latas de agua del río, collar de perla falsas y de plástico, y un carterón capaz de contener una mandarria y soltarle, en defensa propia, un fuetazo a cualquiera que intentara robarle.

El Secretario, con un cansancio que le pesaba como conciencia de cura pedófilo, solo servía para introducir el programa y saber si la salud del juez estaba bien, describir el resumen del caso a lo que el Juez contestaba con el título del juicio o programa: “…llame ustéd a los complicados en ese Carretillicidio, o Espiriticidio, Amanticidio, Adivinicidio, Alcaldicidio, Allanticidio, Avivaticidio, Politiquericidio, Españolicidio…” hasta los más de 350 episodios grabados.

La tremenda Corte pasó por varias etapas con diferentes personajes pero siempre con Leopoldo Fernández y Aníbal de Mar y una serie de actores que fueron íconos de la producción cómica.

De los actores secundarios que mejor recuerdo se encuentran Simplicio Bobadilla y Comejaibas, Leoncio Garrotín y Rompecocos cuya voz procedía del actor Reinaldo Miravalles, aquel jardinero que se quedó cuidando una casa cuando su dueño se fue a Miami con el triunfo de la Revolución, en “Las doce Sillas”. Miravalles también era Albino Blanco de Mesa. ¿Quién no recuerda a Olegario Cascarilla, a Chin Chon Chaw, al guajiro Guampampiro Canistel y Talanquera, Sindulfo Requeta, al Dr. Vitamino Pildorita, Bonifacio Batilongo, al chofer Yero Carreras, al modisto francés Mesié Gabán y Malapolán?

Cuando veíamos, de reojo, en la Cucurullo con Benito (en casa del músico de la Banda que siempre olvido y que solo Lincoln me acuerda), la emisión televisiva, no olvido a Patagonio Tucumán y Bandoneón, argentino por supuesto, con sonrisa arrogante y ficticia como maquillaje de salón, quien poseía títulos de todo, reconocimientos verdaderos y fabricados y que no sabía de nada nunca pudo reír.

Cuando me retrasaba en la salida de la escuela Benigno Filomeno de Rojas (antigua Colombia y donde estuvo la casona del Club de Damas de doña Trina de Moya), no me perdía nada porque lo iba oyendo a pedazos, de casa en casa.

Hay que destacar al Sr. Juez, un personaje ético, incorruptible y severo, que de haberle tocado el caso Cuñadicidio, hubiera mandado al Castillo del Morro al cuñao con su cuñao, la pastora, el guardaespalda, la hermana y el hermano a una condena, rimada, de 20 años tras las rejas e incautación de TODOS los miles de millones y bienes robados.

Cossssa má grannnnde Chico !!!!

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