Un hombre de éxito

Llovía torrencialmente, como si la cresta de una ola gigantesca cayera sobre La Habana.

Me refugié, corriendo con pasos de chivo, en una casona que parecía abandonada, como casi todas. Sus puertas, de almacén antiguo, estaban abiertas y desde el fondo apareció una niña con carita de Alicia en el País de las Maravillas.

  • Entre señor, no se moje- ya la invitación que yo mismo me había dado, quedaba legalizada en su declaración de ternura que solo se aprende en un hogar de amor y respeto, y, en una escuela de verdad. Suena a Moral y Cívica, pero es así.
  • ¡Lucía!… ¡¿Quién es?!
  • …es que llueve, y un señor…
  • Buenas tardes. Tome asiento… como en su casa. Lucía me sonrió desde sus 10 añitos, confundiéndome, quizás, con su abuelo.
  • Esteban Roa- me presentó su mano.
  • Yo soy su papá.
    Me senté en una de las mecedoras que mecía desde el siglo pasado, de la misma edad de las puertas.
  • Era de mi abuelo. Fue un viejo luchador contra la dictadura de Machado, pero cuando fue traicionado por Javier, lo encerraron en el Castillo del Príncipe. Era el mismo Javier de la película.
    Aquella casa me parecía conocida, o tal vez era el ambiente de “La novela de mi vida” de Padura que me hacía una jugada.
  • No, no. Padura no ha vivido aquí… es un pretencioso que se cree la reencarnación de Hemingway.
    Lucía apareció con una tacita de café y una sonrisa del tamaño de Cuba.
  • Mire mi socio, si a esto le ponemos una gota de ron, podría caminar por las nubes, pero anoche pasaron unos compañeros y me vaciaron la reserva… te lo debo.
  • No hace falta, gracias – respondí sin saber cómo corresponder aquella amabilidad.
    Él hablo como 10 codos y ella lo complementaba. Al descubrir que yo era pintor, me fusilaron con una metralla de colores de Lam, Menocal, Fabelo, Portocarrero, Carreño, Kamyl y la colección de Sorolla en el Museo Nacional de Bellas Artes, unos 30 cuadros que recientemente los cubanos se negaron a prestarle a España, no fuera que corrieran la misma suerte que el oro venezolano en los bancos ingleses.
  • Que idiotas no somos – dijo la niña.
    Entonces la lluvia se detuvo. Solo el sentimiento de usurpador, de entremetío, me hizo salir de aquel espacio cargado de cultura. Mi timidez me soplaba al oído “estás estorbando” … pendejadas de formalismos que habitan en uno desde la niñez.
    Seguí el rumbo de los turistas, pero un eco de enjambre de abejas chismosas me perseguía con las voces de Esteban Roa y Lucía.
    En un parquecito, una señora con un envase en las manos, se inclinaba para darle la ración correspondiente a cada gato que se le acercaba y algunos hasta le exigían, con sus patitas, que era su turno.
  • Somos pobres, pero aquí no se muere de hambre ni un solo gato – me dijo como si yo le hubiese preguntado. Sonreí con la mejor de mis sonrisas, la que ningún turista le hubiese ofrecido.
    Al llegar a la calle Cuba 159, entre Tejadillo y Empedrado, leí aquel letrero: CAFÉ SOLÁS. Por un momento me pasó por la cabeza, que por el pecho no iba a ser, que allí se podía uno beber un café a solas o que solamente vendían café.
    Entré y el enigma se resolvió en las paredes. Los afiches de Raquel Revuelta o Lucía, me hicieron reír. ¡Claro! Qué Sola ni qué soledad, ¡Solás!, Humberto Solás.
    El nieto se me apareció como si hubiesen frotado alguna lámpara iraquí, con una sonrisa mayor que la de Lucía, la niña de la casona de la lluvia, como la llamaba.
    Me atreví a preguntarle que cuál le había gustado más, señalando los afiches.
  • Un Hombre de Éxito – me respondió sin titubeos.
  • … de hecho, es de la que más hablaba mi abuelo – precisó.
    Después de pedir un par de Stella y, como no había un alma aquel lunes, me acompañó en la azotea y fue como la continuación del conversao en la casona de la lluvia.
    Pero el nieto, más que vendedor de “trapos sucios”, cervezas y vinos, resultó ser un filósofo.
  • El éxito de la Revolución no es la pobreza en que vivimos, como irónicamente dicen en Miami… es el orgullo de saber que estamos rodeados como cuando aquel general español, Valeriano Weyler, para hacernos rendir por hambre y sed, y no pueden, porque tenemos la razón.
  • ¿Y de qué viven? – otra vez me atreví, ya en confianza.
  • El principal alimento son los libros, la inmensa cantidad que logramos distribuir a 5 centavos en cada casa del país; las viejas películas que siguen proyectándose en los mismos cines: “La muerte de un burócrata”, “Las 12 sillas”, “Se permuta”, “Conducta”, “Retrato de Teresa”, “La carga al machete”, “El Brigadista”, “Los pájaros tirándole a las escopetas”, “El Hombre de Éxito”… Nadie quiere ser un traidor y tenemos una deuda muy grande con El Caballo.

Aquí –continuó– el éxito es poder caminar con la frente en alto. Lo que se logra tiene que ser ganado, no robado ni usurpado. No es como en otros países que los títulos se compran y los puestos son despojados por el clientelismo político.

En el entusiasmo del nieto, que remataba con Martí, volvía a ver aquella película, mientras me hablaba en blanco y negro. ¿Fue en el Capitolio, frente a La Catedral, o en el Leonor?

Solo me faltaba una fundita de palomitas de maíz y los comentarios de Funfa, para hacer el viaje completo, que no lo borran los que se creen hombres de éxito porque volvieron a sus barrios con más cadenas que un esclavo africano de la colonia, porque poseen apartamentos de lujo, o se van, cuando les dé su gana, a New York a ver los Yankees, ni los que presenten pergaminos de homenajes que nunca fueron, o tengan grandes cantidades de dinero en alguna Whirlpool, y la alta posibilidad de no haber leído un solo libro en su inútil vida; que solo tengan cómplices y asociados en vez de amigos y que no exista, en su “existencia”, una Eva que le brinde, sin miedo ni amenazas, una miserable manzana.

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