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Pese a lo difícil del proceso, Aylin Maríñez nunca perdió la sonrisa ni las ganas de vivir

Recuerdo el año 2017 cuando en los pasillos de una oficina trabajaba junto a Susana Báez, que en aquella época se encontraba centrada en un propósito: buscar por todos los medios y formas salvar a su hija de un cáncer agresivo en su edad adolescente.

Por esos días la frase “se busca sangre para la hija de Susana” era algo que sus compañeros de labores no queríamos escuchar, pues se nos removía el corazón de solo pensar lo peor, pero había que ser fuerte y hacer las diligencias.

Pasaron años de sufrimiento, tratamientos, escasez de dinero, internamientos, cirugías, horas de incertidumbre, pánico, experiencias que se quieren lejos de uno, pero a algunos les sucede.

Tras un tiempo sin saber del caso, contacto a Susana y me llevo la grata noticia de que Aylin Maríñez, su hija de ahora de 17 años, superó el rabdomiosarcoma embrionario tipo botrioide que mantuvo su vida al límite, y se convirtió así en una sobreviviente de una enfermedad complicada.

Remontándonos a esa época, le pregunto a Susana cuál fue su reacción al enterarse de que su hija tenía cáncer: “Recuerdo que fui sola en mi hora de almuerzo del trabajo a buscar los resultados, ya teníamos la sospecha de que solo faltaba confirmar.

Fue devastador, solo pensaba en cómo le diría Aylin y a mi mamá que teníamos que batallar con un tipo de cáncer del que no tenían casos registrados en nuestro país y no sabían cómo tratar”.

Enfrentar la realidad ocasionó en ellas un cambio de 360 grados, primero pasaban los días buscando opiniones médicas, visitaron más de cinco oncólogos y solo encontraban información en libros o por casos internacionales, hasta que un amigo de la familia le habló del caso a la directora de pediatría del Instituto Oncológico Dr. Heriberto Pieter, con quien iniciaron la etapa del tratamiento.

Aylin Maríñez durante su proceso de tratamiento.

Pese a que el cuadro de salud de la joven era delicado, su mamá nunca pensó que la perdería, “sabes, la vi casi desahuciada; en su tercera cirugía las cosas se complicaron, pero ella siempre estaba tan tranquila y dispuesta que eso me mantuvo de pie y siempre esperando lo mejor”.

Para Báez lo más difícil que recuerda de la experiencia era cuando veía Aylin llorar de dolor, observar el gran desgaste físico que tuvo en tan poco tiempo, ver a la abuela de la niña desesperada por cómo su nieta se agravaba y saber que los pronósticos no eran alentadores, “pero Dios siempre fue bueno y Aylin siempre estaba alegre y eso me llenaba el alma”.

De esta experiencia, Susana dice: “Uff, creo que estas líneas no serán suficientes para describir todo lo que aprendí; a ser resiliente, paciente, empática, a ser madre, hija y lo más importante, aprendí a ser más humana. Nunca me pasó por la cabeza pasar por un proceso como este en mi familia y mira, me tocó a mí directamente y gracias a Dios salimos victoriosos”.

A través de Susana tuvimos acceso a Ailyn, quien ahora tiene 17 años, vive en Pedro Corto, en San Juan de la Maguana y es estudiante de Medicina en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

Ella pasó por más de 50 internamientos, 3 cirugías en menos de 5 meses y 30 rondas de quimioterapia. En términos físicos tuvo un cambio y fue la extirpación de su ovario derecho debido a que el tumor estaba alojado allí.

De eso, a Aylin solo le queda una cicatriz en el abdomen, pero a ella eso no la acompleja en lo más mínimo. Es una “guerrera nata” que manifiesta que se siente muy feliz por dos razones: ha aprendido lo importante que es vivir cada momento y por decir “estoy sana”.

Dentro de las remembranzas de la joven, “recuerdo cuando lloraba de dolor, cuando me tenían que inyectar unas 14 veces porque mis venas estaban tan delgadas que no se visualizaban, ver cómo compañeros del hospital morían, observar a mi abuela y a mi mamá llorar al ver que yo no estaba bien, son momentos muy difíciles que no quiero volver a vivir”.

De pronto, pasamos a hablar de aquella palabra que le llega a la mente al verse recuperada, a lo que nos dice “resiliencia es la palabra mía y de mi madre”.

¿Cómo visualizas tu futuro?, le pregunto. Me dice: “Me veo siendo una gran doctora, ayudando a personas como me ayudaron a mí, me quiero especializar en cirugía plástica u oncología, ya eso el tiempo lo decidirá; quiero dar testimonio sobre mi proceso con el cáncer y demostrarles que sí se puede”.

Aylin deja un mensaje a las personas que se encuentran enfermas con algún tipo de cáncer, en especial a las adolescentes que lo están pasando, indica: “Mientras estuve en ese proceso nunca pensé en la muerte, solo pensaba en seguir adelante, no te diré que es fácil, porque no lo es, siempre tener una mente positiva y que sí se puede”.

Seguidamente, Susana recomienda a las madres que están pasando por este proceso, “lo que siempre le dije Aylin es que era un proceso difícil, doloroso, pero no imposible”.

Y entonces llega un momento de agradecimiento en esta entrevista. Ellas tienen muchas personas que fueron y son ángeles en su camino, pero en especial reconocen a los doctores que con su amor, paciencia y conocimientos ayudaron a la joven en su curación: Isabel Dionicio, Álvaro Gartner, Leiry Jorge, Glenny Acosta, Máxima Pichardo, Wendy Rivera y a todo el equipo de pediatría del Instituto Oncológico Dr. Heriberto Pieter

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