María Esther creció viendo a su madre Alba Cedeño entregarlo todo por el prójimo, una lección que se grabó en su corazón y se volvió su misión de vida
En un país donde la familia es el motor del progreso, la historia de Gestión Integral de Salud y Educación de la Familia (GISEF) no es solo la de una ONG, sino la de un legado.
Fundada en 2005 por María Esther Fernández Cedeño, esta institución es el eco de una promesa hecha hace décadas en un hogar humilde, que hoy se traduce en una mano extendida a 12,000 personas.
La génesis de GISEF no está en una sala de juntas, sino en las lecciones de vida de una madre, doña Alba Cedeño. Con solo sexto grado de escolaridad, ella convirtió su casa en un centro de tareas y refugio para los niños más vulnerables del barrio. Su lema era simple, pero poderoso: “En esta casa se estudia”. Iba de puerta en puerta pidiendo uniformes y útiles escolares, convencida de que la educación era la llave para abrirse un futuro.
María Esther creció viendo a su madre entregarlo todo por el prójimo, una lección que se grabó en su corazón y se volvió su misión de vida. “Esta reflexión y mi propia experiencia me impulsaron a formar una organización cuyo objetivo principal es fortalecer a las familias como pilar indispensable del avance social”, relata Fernández Cedeño.
La asociación trabaja en iniciativas como Familia Sana, con charlas que promueven variedad de temas preventivos, el bienestar financiero y salud mental; y tiene Proyecto de Vida para guiar a jóvenes a que descubran sus talentos y construyan un futuro sólido.
A través del programa Intrépidos se revaloriza a los adultos mayores ofreciéndoles alfabetización digital mientras los conecta con voluntarios jóvenes; también lleva a cabo desde hace 10 años conferencias anuales con temas de familia.
“Una historia que recuerdo con cariño es la de Alma, participante de Intrépidos. Llegó con un diagnóstico de Alzheimer y, aun así, decidió no esperar el avance de su enfermedad. Con el acompañamiento, paciencia y afecto de nuestros facilitadores, encendió por primera vez una computadora. Este simple gesto se convirtió en un acto de dignidad que fortaleció su confianza y autoestima, haciéndola sentir nuevamente protagonista de su vida”.
Otro caso es el de Belkis, una emprendedora apasionada por la repostería, que aprendió a usar herramientas digitales y dio un paso clave: abrió su página de Facebook. Desde allí empezó a recibir pedidos de personas desconocidas, lo que transformó su talento en ingresos que mejoraron su calidad de vida.
Pasados ya 20 años de funcionamiento y con doña Alba que disfruta de 88 años, le preguntamos a la entrevistada qué estima que piensa su madre sobre este trabajo.
“Diría, con orgullo, que en nuestro hogar eso era lo que vivíamos a diario: lo poco alcanzaba para muchos. Formación en valores, sacrificios sin quejas, con un propósito claro: que cada uno estudiara para abrirse camino y lograr una mejor vida”.
Y esa es una gran verdad. Una madre que enseñó que servir es la forma más digna de vivir. Aún Alba es feliz cuando puede ayudar, cuando solicita una silla de ruedas para un vecino, pañales para una persona mayor o recolectando ropa para donar a quienes lo necesitan.
“Nuestra madre ha sido nuestro referente y qué bendecidos nos sentimos de haber aprendido de ella que el servicio a los demás es la distinción más grande que un ser humano puede tener”, expresó María Esther.
Reflexión: ¿Cuál es la verdadera ayuda?
Como reflexión final, la fundadora de GISEF cita a Tagore, frase que resume profundamente su labor: “Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y descubrí que el servicio era alegría”.GISEF demuestra que la verdadera ayuda no es dar un pez, sino enseñar a pescar y, más aún, crear un ecosistema donde todos puedan prosperar. Es la materialización de un compromiso que comenzó con la fe de una madre en el poder de la educación y el servicio.
