La palmita y la bala en el pie del jurado

Una palmita puede convertirse en una bala en el pie de quien la dispara. Nunca antes, en los últimos 25 años, una decisión de un jurado se había convertido en grado tan superlativo en blanco de la indignación colectiva. Nunca antes contra un concurso “se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades”, como dijo Castro en La Historia Me Absolverá. Así como no lo absolvió, tampoco absolverá a los miembros del jurado que sean culpables de tachar del dossier de La Palmita de la Bienal las sílabas Instal. de Instalación y encima escribir la E de Escultura.

Si alguien del Comité Organizador cometió la pifia de hacer el cambio, el presidente del Jurado de Selección que además presidió el Jurado de Premiación, y que sí pudo ver el objeto material, no ya en proyecto, sino en la realidad monda y lironda, debió haber tenido el detector suficiente para regresarla de Escultura a Instalación.

Pero no. Parece que esa no era la intención. La intención era hacerlo por gusto, para fastidiar. Como quien dice “no pasa nada”. Y reírse de un evento que les cuesta credibilidad a los organizadores, al Museo de Arte Moderno y al Ministerio de Cultura. Pero sobre todo al movimiento artístico dominicano. Y a los propios miembros del jurado. Aun más a un evento concebido para dignificar a los artistas visuales dominicanos.

Durante los últimos quince días se han escrito decenas de textos sobre el tema. En especial para mofarse de la Bienal, del Ministerio de Cultura y de sus organizadores. Alguno que otro a favor del jurado.
Realmente muy pocos. Sin embargo, La Palmita ha seguido con su premio espurio y con su falsa fama, llamada a remover conciencias.

Todo indica que se debe anular ese premio. No hay que desgarrarse las vestiduras por eso. Ni se cae en ningún horror, porque como no es un error, sino algo hecho exprofeso, forma parte del terror… municipal y espeso de quienes quieren amedrentar al Estado por el “dejenesoasí”. O que el pensamiento y la creación son libérrimos y los jurados también.

Pero hay límites. Que cuando no los hay, la libertad es libertinaje. Y el libertinaje deja de ser motivación para el arte y da camino a la depravación o cuando menos a la depauperación de un concurso que necesita ser repensado en todos sus puntos. Para que no nos quieran pasar palmitas por arte.

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