A la Casa Blanca de Trump se le hundió el techo el martes, pero en Texas, Estado predilecto de Elon Musk y convertido en su republiquita particular, donde están sus grandes negocios, la debacle es demoledora. No porque invirtiera cerca de 500 millones de dólares en la campaña del perdedor, eso resultan cheles para él, sino porque tendrá que hilar fino para recoger los calificativos proferidos y las descalificaciones hasta personales a las nuevas autoridades desde el 3 de enero. Hombre inteligente, creyó una apuesta fácil en un Estado republicano desde 1988, pero ahora sus principales proyectos están asentados en terreno movedizo, y ya se susurra que será de los primeros en desfilar por el Congreso demócrata para ser investigado, o mortificado, quién sabe.
