Hoy, un algoritmo cree saber quién eres antes de que tú mismo lo sepas. ¿No me crees? Fíjate que ya sabe qué música te calma, qué titular te indigna, qué producto compras cuando estás triste, a quién le escribes cuando necesitas ventilar algún problema. Sabe mucho más de lo que crees.
Pero eso es predicción, no es autoconocimiento. No tengo que explicarte la diferencia, ya que un algoritmo detecta patrones de comportamiento, mientras que el autoconocimiento implica comprender el Porqué, detrás de esos patrones. Es decir la inteligencia artificial puede decirte qué haces; solo tú puedes entender por qué lo haces.
Hablaba con un amigo sobre el riesgo de tercerizar el criterio propio, le explicaba que cada vez delegamos más decisiones al algoritmo: qué leer, qué pensar, incluso qué sentir sobre un tema. Tú me dirás; “bueno es una manera rápida de resolver, y dedicarme a lo que importa” y yo te diría “sí y no”…Piensa; cuando dejamos que un sistema externo nos diga quiénes somos, perdemos el músculo de preguntárnoslo nosotros mismos.
He visto esto en proyectos técnicos, como en procesos de coaching: personas que pueden describir con precisión su perfil de consumo, pero que se quedan en blanco cuando les pregunto qué quieren realmente para su vida. Conocen sus patrones de clic mejor que sus propios valores.
En este contexto, detenerse a preguntarse “¿esto que siento es mío, o es lo que el algoritmo me mostró para que lo sienta?” se vuelve casi un acto de resistencia.
Vuelvo a aclarar que, siendo empresaria en el mundo tech, jamás voy a rechazar la tecnología, lo que pido es que no deleguemos la tarea más humana que existe: mirar hacia adentro” a otros, especialmente a un algoritmo.
Estoy convencida de que el autoconocimiento genuino no se automatiza, y que por el contrario requiere lo que ninguna IA puede ofrecer todavía: la difícil y necesaria tarea de la introspección, la voluntad de equivocarse, y el tiempo que no se puede acelerar.
Te dejo tres preguntas que el algoritmo no puede responder por ti:
¿Qué decisiones he tomado últimamente por convicción propia, y cuáles por inercia de lo que el entorno digital me sugiere?
Si mañana no tuviera acceso a ninguna pantalla, ¿sabría qué quiero hacer con mi tiempo?
¿Estoy formando mis opiniones, o solo reaccionando a lo que ya me confirmaron que iba a pensar?
Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta que un modelo de lenguaje pueda darte con precisión, porque no son preguntas de datos: son preguntas de sentido.
Creo que el verdadero desafío al que nos enfrentamos es que no estamos compitiendo con la IA por quién procesa más información, no se trata d eso; estamos en riesgo de perder algo mucho más valioso: la capacidad de generar criterio propio en un mundo diseñado para ahorrarnos ese esfuerzo.
