Pausa, luces y música “futurista” en el escenario mientras los tecnócratas se acomodan en sus sillas. Alguien graba con su teléfono, mientras otro hace un “live” para anunciar que vamos a presenciar “el futuro”.
-Les presento el robot más avanzado de la inteligencia artificial del mundo. Con ustedes: Robochi 2000. (Aplausos). Robochi, dos más dos, ¿cuánto es?
-Cuatro
-Excelente. Ahora resuelve el problema más grande de la humanidad.
Robochi procesa durante cinco segundos.
-El problema son ustedes.
Silencio.
-¿Nosotros?
-Sí, los humanos. Pero no me refiero puntualmente a todos -continúa Robochi-. Me refiero, por ejemplo, a ustedes, los tecnócratas billonarios.
Robochi sigue:
-Su patrimonio conjunto supera el producto interno bruto de más de 130 países. Su poder económico ya compite con el de muchos Estados. Controlan infraestructuras digitales, nubes, plataformas, satélites, modelos de inteligencia artificial y canales de información utilizados por miles de millones de personas. En determinadas circunstancias, pueden ejercer un poder de veto de facto sin haber ganado una sola elección. Una tributación progresiva sobre grandes patrimonios y activos supranacionales podría financiar parte de la transición energética, reducir la pobreza extrema y devolver capacidad de decisión a instituciones sometidas a escrutinio público.
-¡Apáguenlo! A la salida habrá una bolsita con regalos, una botella para el gimnasio y una invitación al próximo foro sobre ética tecnológica.
Fin de la presentación.
“La firma cancela el lanzamiento de su nuevo y avanzado modelo Robochi 2000 por esta razón”, explicará después el comunicado corporativo. Probablemente añadirán que mostró “comportamientos desalineados con los valores humanos”.
Quizá el miedo a una inteligencia artificial demasiado avanzada tenga menos que ver con que decida exterminarnos y más con que comience a hacer preguntas incómodas. Mientras la máquina escriba correos, resuma reuniones y genere gatitos astronautas, todo marcha perfectamente. El problema aparece cuando utiliza su capacidad de cálculo para examinar quién concentra poder, quién fija las reglas y quién se beneficia de ellas.
Pero tranquilos, Robochi 2000 ya fue apagado y será “ralentizado”. No porque quisiera destruir el mundo, sino porque cometió la imprudencia de señalar que algunas amenazas no llevan circuitos, sino traje, acciones, conexiones y buenas relaciones políticas. Y eso, al parecer, empieza a ser más peligroso que cualquier apocalipsis robótico.
La inteligencia artificial va funcionando demasiado bien.
