En el ámbito de la IA existe una trama vinculada al mundo literario. La he seguido con gran interés y en este julio tomó un nuevo giro: resulta que miles de libros se están destruyendo durante el proceso de entrenamiento de modelos, lo que desató una alarma en el orbe cultural, reflejada en artículos, reportajes televisivos y debates en redes sociales.
Durante siglos, quemar libros fue el azote del totalitarismo contra el conocimiento. Ahora la inteligencia artificial ha inventado una versión más eficiente: comprar el ejemplar, cortar su lomo, convertir sus páginas en datos y el resto a la basura. Anthropic hizo eso con millones de libros para entrenar Claude y un tribunal estadounidense consideró legítimo el proceso porque los ejemplares se adquirieron legalmente, aunque separó esa práctica de la creación de una biblioteca con copias pirateadas. Por esto último, la empresa aceptó pagar 1,500 millones de dólares a autores y editores. Los escritores aceptaron la indemnización y la industria aseguró la norma.
Ahí reside la verdadera historia. El escándalo visible son los lomos mutilados, pero el cambio estructural ocurre después: el conocimiento deja de circular entre lectores y pasa a concentrarse en sistemas privados que cobran por devolverlo reorganizado y desprendido de sus fuentes. Una biblioteca compraba libros para multiplicar lectores, ahora un laboratorio los compra para multiplicar respuestas. El libro desaparece del mundo compartido y sobrevive como ventaja competitiva corporativa.
La ironía es brutal: mientras bibliotecas y universidades reducen adquisiciones por falta de presupuesto, compañías con miles de millones recorren el mercado de segunda mano sin reparar en el precio. El capital tecnológico está comprando lo que el capital público decidió abandonar.
También está liquidando una antigua jerarquía: leer, recordar, contextualizar y saber dónde buscar concedía a la intelectualidad un poder difícil de adquirir. Lo que por décadas llamamos “capital cultural” hoy se comprime en parámetros y se distribuye por suscripción, sin prestigio ni derechos de autor. De ahí la indignación: están enterrando el último lugar donde la intelectualidad era valorada por encima de sus salarios.
