Las nuevas industrias creativas

El peligro también está en construir una industria donde solamente sobrevivan quienes saben comportarse como algoritmos.

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Durante décadas, las industrias creativas funcionaron con una idea bastante sencilla: encontrar a alguien con talento antes de que los demás descubrieran que lo tenía. Una discográfica buscaba al próximo gran músico, una editorial apostaba por un escritor desconocido, un medio de comunicación apostaba por una figura con formación y criterio y una productora encontraba actores con talento, mística y respeto. El negocio consistía precisamente en eso: descubrir.

Ahora ocurre algo curioso. Antes de escuchar tus canciones conviene demostrar que ya existe una multitud dispuesta a mirarte, antes de leer tu manuscrito importa cuánto mueve tu nombre en Instagram o antes de darte una tribuna en el medio quieren saber cuántos seguidores tienes y cuanta viralidad generas. La industria instauró un modelo extraordinario: que el creador haga previamente parte de su trabajo, cree la audiencia, construya su marca, produzca contenido, hágase viral y demuestre que vende. Después, cuando buena parte del riesgo haya desaparecido, quizá alguien decida apostar por usted.

Es comprensible comercialmente, pero también resulta bastante deprimente, porque existe una diferencia entre encontrar talento y encontrar a alguien que ya aprendió a venderse.

Y entonces llegó la inteligencia artificial. Ahora cualquiera puede producir canciones, imágenes, videos, textos y campañas a una velocidad impensable hace cinco años. También puede analizar tendencias, optimizar publicaciones y alimentar diariamente esa criatura insaciable llamada algoritmo.

El problema es que, si la puerta de entrada depende cada vez más de las métricas, la IA puede terminar acelerando justamente aquello que ya estaba deformando las industrias creativas: la sustitución del talento por la capacidad de capturar atención.

Imagine al próximo Borges intentando conseguir editorial en 2026: “Excelente manuscrito, señor Borges. ¿Cuántos seguidores tiene en TikTok?” O a Bob Dylan frente a una discográfica: “Nos encanta lo que haces, Bob. Vuelve cuando tengas un millón de reproducciones”. Quizás exagero, aunque cada vez menos.

En los últimos años hemos temido y advertido los experimentos para que la inteligencia artificial sustituya a los artistas, pero tal vez estamos mirando al sospechoso equivocado. El peligro también está en construir una industria donde solamente sobrevivan quienes saben comportarse como algoritmos: publicar constantemente, perseguir tendencias y convertir su personalidad en producto. Porque, cuando dejamos que la popularidad decida quién merece una oportunidad, podemos terminar consiguiendo exactamente lo que pedimos: muchísimos seguidores y cada vez menos artistas.

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