Que esta sea una columna sobre tecnología no la hace escapar de la liturgia de la pelota que en octubre toma su efervescencia. Y precisamente, hace un par de días, el orbe del béisbol volteó sus ojos al anuncio de las Grandes Ligas de incorporar, desde 2026, los “árbitros robot”. No, no serán androides de ciencia ficción, sino un sistema de cámaras que permitirá a jugadores y mánagers desafiar bolas y strikes en tiempo real, con veredicto en segundos.
Para un deporte que ha vivido más de un siglo entre la pasión por las decisiones humanas detrás del plato, el cambio se plantea interesante. El béisbol particularmente ha cultivado su romanticismo en esa zona gris: el gesto del receptor que roba un strike, la discusión que enciende el dugout.
Ahora, la promesa es “justicia”. No es casual: el 60 % de las expulsiones recientes en MLB surgieron de discusiones sobre bolas y strikes. Reducir ese ruido significa un producto menos propenso a la polémica y, sobre todo, más vendible en tiempos donde las apuestas deportivas se multiplican.
Pero el avance no llega sin costo. Los receptores podrían perder su magia para encuadrar; piensen en Buster Posey, quien hacía que lanzamientos peligrosos desaparecieran en la zona de strike con solo un tirón del guante. Y piensen en los aficionados que viven para las crisis ocasionales extrañando ver a un mánager expulsado un martes por la noche.
Los defensores aseguran que no se trata de eliminar el factor humano, pero sí de acompañarlo con una tecnología de arbitraje multideportivo que redefine la “justicia” en el diamante.
Imagino al fanático dominicano, tan acostumbrado a debatir sobre un strike dudoso. ¿será el béisbol mejor sin ese margen de error que tanto alimenta pasiones? Aun así, este es el trato del béisbol con la modernidad: preservar la sensación pero “arreglar” el producto.
Y en esa tensión se juega ahora el futuro de un pasatiempo que nunca ha dejado de reinventarse.
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